No miento si aseguro que la conocía

Miraba con obstinación hacia abajo, sin apartar los ojos del jaspeado de su falda como si en las motitas blancas del tweed fuera a encontrar alguna respuesta.
– Son cosas que nadie tiene derecho a hacer.
Dijo. Y seguía dando vueltas al anillo en su dedo índice. El anillo que le vi por primera vez a los pocos días de haber dado por finalizada nuestra amistad y ya nunca pude saber cuál era su procedencia, cómo había llegado a ella o quién se lo había regalado; porque lo que con toda seguridad era fijo es que ella misma no se lo había comprado.
Sí, dinero gastaba, el que tenía, claro; no más. Pero nunca lo empleaba en adquirir cosas, objetos que no fueran susceptibles de ir envejeciendo o de ser víctimas del deterioro propio del trascurrir del tiempo.
Quiero decir ni joyas, ni muebles, ni un jarrón ni cualquier otro de los enseres de que más o menos todo el mundo se va poco a poco abasteciendo por la sencilla razón de que es bonito, o quedaría bien en tal o cual rincón, o por si algún día no tengo dónde poner unas flores.
No. Flores, varias, un ramo, nunca lo tenía; alguna vez una flor, una, una rosa y esa la ponía en un florerito pequeño — sí, un florerito, tenía un florerito — que andaba por la casa desde hacía años pero de no haberlo tenido las habría puesto sin sensación ninguna de carencia en un vaso.
Muchas veces, mirándola de lejos, caminar por la calle, por ejemplo, me preguntaba yo qué pensarían de ella quienes nada más la vieran sin conocer datos de su realidad tan distorsionada y subjetiva, tan diferente si se la consideraba desde su propia evaluación o desde la evaluación mía a pesar de que no miento si aseguro que la conocía.
–Volvía a casa, a primera hora de una tarde de agosto.
Contaba. Y que al oír pasos a su espalda miró hacia atrás y la pedigüeña se le acercó “con ese gesto repulsivo que ponen con intención de dar lástima” y le pidió dinero.
– No se lo di. Ella insistió y anduvo a mi lado unos pasos.
Que entonces se paró y le dijo únicamente “déjame”; y la otra la mandó a la mierda y se alejó vociferando “gilipollas”.
– La hubiera matado — dijo —; esas son las cosas que me hacen sentir odio y comprender que haya quienes lleguen a matar solamente por indignación y por desprecio.
Que mucho se habla en el mundo de agresiones e injusticias pero que si no es agresión que vayas caminando, sin meterte con nadie, y un ser grosero y zafio se sienta con derecho a abordarte, pidiéndote algo que no tienes ninguna obligación de darle, y porque se lo niegas te insulta.
– Te digo de verdad que vivimos en un mundo horrendo. Y lo más espantoso de todo es darse cuenta de cuánta ira puedes sentir sin haberla buscado. Así, sin saber ni cómo.
Y los dedos se le crisparon sobre la falda y repitió con rencor que la hubiera matado. Que la hubiese golpeado hasta hacerle saltar sus asquerosos sesos sin sentir pesadumbre ninguna.
– Aquel ser despreciable estaba indignado contra mí por unas monedas que eran lo que ella quería y yo le negué — jugaba de nuevo con el anillo y sonreía triste — y yo estaba furiosa porque una desconocida que nada me importa tuviera acceso, así, tan limpiamente, a convertirme en una asesina…, sólo en potencia, claro, ya lo sé — suspiró y echó la cabeza hacia atrás —; pero es mi sentimiento lo que me preocupa, lo que me alarma.
Y que “a ese guiñapo ya lo matará su propia vida sin necesidad de que me manche yo mis manos”.
Y las alzó, sus manos, y las extendió frente a sus ojos con sus dedos muy abiertos y se miró las palmas.
– Míralas — dijo, y le resbalaban lágrimas por las mejillas —, están limpias y la ley es así: si el daño que haces no se ve y tus manos permanecen limpias estas libre de culpa.
Y añadió “es enloquecedor”.


Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.