Histeria


Voy al dentista. Mientras espero el metro imagino en las vías perros y gatos perdidos. Sé que no están ahí pero la angustia es como si estuvieran. Sé que lo que mi imaginación inventa no tiene la consistencia de lo real, pero mi angustia es tan auténtica como si la tuviese. Pienso "estoy loca" pero sé que no lo estoy; no lo estoy porque sé también que no voy a ponerme a pegar gritos berreando que alguien detenga el metro, que hay que hacer algo por aquel perro que me mira a los ojos desde la vía o por el gato, que también me mira, agazapado indiferente, altivo como si no fuera él quien está en peligro.

Llega el metro y me siento junto a una mujer con chaqueta de chándal color rosa; dormida, profundamente dormida y la cabeza caída hacia otro lado. Me fijo en su brazo dormido y sube y luego baja suavemente, como cuando miro sestear a los gatos. Vamos, que no está muerta.

A la parada siguiente entra una pareja. Un hombre y una mujer mayores, aun no ancianos, con anoraks, pantalones, gafas, pelo recogido en cola de caballo ella, rubia, con botas y su bolso al hombro; el hombre descalzo. Descalzo el hombre totalmente sin calcetines ni nada. Descalzo. Descalzo con unas chanclas, de goma, de piscina, de verano, en la mano. Las deja caer al suelo y pienso va a sacar unos zapatos y a ponérselo; pero lo que saca es una bolsa de plástico, mientras habla con la mujer en tono tranquilo como de cualquier cosa normal que no oigo, mete en ella las chanclas y la guarda, con mucha convicción, tan sereno, en una mochila y van los dos a sentarse en dos asientos libres. Una mujer sentada frente a mí mira los pies del hombre.

La mujer de la chaqueta de chándal color rosa sigue profundamente dormida. No ha movido la cabeza, ni un músculo, pero el brazo sigue subiendo y bajando suavemente, como las barrigas de los gatos. Pienso debería zarandearla pero pienso también hará el trayecto habitualmente y debe de tenerle pillado el tranquillo, se despertará al llegar a su parada.

Luego, entre otras gentes, entra una mujer negra - no mucho - con dos niñas. La mayor es negrísima y se sienta y pide una galleta a la pequeña, de pelo tan rizado pero casi rubio, y muerde la galleta mientras la casi rubia mira un libro sentada junto a la mujer enfrente. Pienso saben estar lejos de sus orígenes. Cuando llegan a su parada la madre (pienso) dice vamos, cierra el libro. Y salen y yo pienso que no sabría ir en metro con dos niñas, que las agarraría temerosa de que alguna se quedara dentro y ya no la encontraría; o que alguien agarraría a alguna, reteniéndola, a mala idea, y me entra sudor frío.

Llego al fin a mi parada y la mujer de la chaqueta de chándal rosa sigue dormida. Me pongo de pie y la mujer que va sentada a mi otro lado la mira. Pienso decir lleva así todo el rato no sé si debería zarandearla; pero no digo nada. No digo nada y salgo del metro pensando si la mujer seguirá allí, dando vueltas, como en un tiovivo, en la linea circular que por eso se llama circular...

De regreso pienso que voy a encontrarla allí, otra vez; pero en el vagón no está. Enfrente de mí una mujer gruesa y muy escotada se lima las uñas, a mi lado un hombre joven lee un periódico con un titular que dice "Vas a matar pero no a que te maten".

El jardín del edificio de cristal está llenito de botes de refresco vacíos y plásticos que la gente arroja por entre los barrotes de la verja.

Llego a casa. Me duelen los brazos, las piernas, las cervicales, como si me hubieran pegado una paliza.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.