Génesis


Afrodita dijo...
Hoy, casi un año después de que el Aventurero tuviese la excelente idea de editar este blog, cuando se han tratado y debatido muchos de los puntos (o muy pocos, considerando cuántos contiene el libro y que estamos tan sólo en los comienzos del segundo capítulo) he querido ― con motivo de la pregunta formulada por Enrique en su comentario del día 17 de septiembre, a las 19:54, en el punto 2.5 ― echar la mirada atrás para fijarme de nuevo en los orígenes y, en una especie de paralelismo o juego de palabras entre un término y otro, en el Génesis.
Enrique pregunta “¿Por qué primero se hizo la luz y, después, el Sol, la Luna y las estrellas?”.
Es ciertamente curioso y algo en lo que por lo general no se repara que la luz fuese creada antes de que lo fuera la fuente de la que los humanos entendemos procede la luz que conocemos como tal, la misma luz que la tecnología ha tratado de imitar (con éxito, es verdad, o ahí están sistemas de iluminación que no tienen nada o casi nada que envidiar a la denominada “luz natural”), la luz que parece obligado entender como ajena, llegada de fuera, para iluminar lo que sin su presencia estaría siendo absoluta tiniebla que no ofrecería, tan siquiera, la posibilidad de imaginar luz o su ausencia.
Pero resulta obvio ― si damos el Génesis por bueno o, al menos, lo aceptamos como veraz aun con todas las salvedades y consideraciones a que pueda remitir el hecho de que mucho de lo en él escrito puede verse sometido a diferentes interpretaciones y considerando, también, que mucho de lo en él contenido no se presta a la especulación porque se trata, directamente, de afirmaciones ― que esa primera luz creada era, no sé cual, pero otro tipo de luz, y que lo era (sigue siendo) en sí misma y no generada o producida por ningún otro tipo de objeto.
El caso es que, con motivo de ver formulada la pregunta he acudido de nuevo a leer el Génesis y, ahí, nada más echarle la vista encima, me han llamado por primera vez la atención los versículos que rezan: 1 En el principio creó Dios los cielos y la tierra. 2 Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.
Así, como se ve, copiado y pegado tal cual.
Si estas son las primeras palabras del Génesis, si lo que Dios creó en aquel primer día fueron los cielos y la tierra, si el Espíritu de Dios ya para entonces se movía sobre la faz de las aguas, ¿no produce un puntito (yo lo llamaría puntazo) de perplejidad el preguntarse por el origen de las aguas?
Luego, casi de inmediato, en el segundo día (que a saber a qué extensión de tiempo mensurable estaría correspondiendo cada uno de aquellos días) ― y vuelvo a copiar y pegar ―:
6 Luego dijo Dios: Haya expansión en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas. 7 E hizo Dios la expansión, y separó las aguas que estaban debajo de la expansión, de las aguas que estaban sobre la expansión. Y fue así. 8 Y llamó Dios a la expansión Cielos. Y fue la tarde y la mañana el día segundo.
De lo que parece inexcusable deducir que fuera, por encima del cielo, vuelve a haber agua. Y el Génesis no da explicaciones de que más allá de esa “otra agua” exista cualquier otro “algo”.
(Continúa)
Afrodita dijo...
(Continuación)
A día de hoy se saben muchas cosas del Cosmos (o del Universo, siempre me armo bastante lío con eso), y de sus estrellas y galaxias, y de distancias enormes, y de agujeros negros y de no sé cuantísimas más que yo desconozco y de otras muchas de las que no puedo ni acertar siquiera a barruntar cuál o cómo es la absoluta ignorancia de su existir que con apabullante profusión me adorna; alcanzo, tan sólo, a sorprenderme de que no parezca haber noticia de esa otra agua.
Por otra parte no faltan aseveraciones de que la vida comenzó en el agua.
Resulta también intrigante que, habiendo llegado los humanos a saber cómo hacer tantas cosas, no haya habido ningún listo que haya dado con la clave de cómo fabricar algo tan tontorro o elemental como es el agua cuando, por añadidura, el agua es (creo) lo único absolutamente imprescindible para la subsistencia.
A cualquier otra cosa (qué socorrida y qué ambigua es la palabra “cosa”) se le puede encontrar un sucedáneo, o algo que la sustituya. Pero al agua no.
Toda esta disquisición mía viene motivada ― ya lo he escrito al principio ― por la pregunta planteada por Enrique en el punto 2.5 y me ha parecido que, bueno, por qué no exponerla. Pero como al mismo tiempo me doy cuenta de que se sale por completo del tema tratado en ese punto he preferido depositarla aquí, donde no va a interferir en la atención ni en el interés de nadie; en este lugar ya apartado y lejano donde el que llegare lo hará por puro azar (o por destino) y si gustara o desease dialogar sobre ella podrá aquí hacerlo sin los apremios a que empuja en cualquier circunstancia de la vida la actualidad de cada momento.
Y, ya puestos, se me ocurre preguntarme también por qué no dice nada el Génesis de la creación del aire.


Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.