Ensayo o reflexión


Einstein lo dijo, que si las abejas desapareciesen a la humanidad le quedarían cuatro años de existencia. No ha quedado constancia de que dijese algo referente a cuántos le quedarían caso de desaparecer los mosquitos trompeteros, las moscas tse-tse o, llevando las cosas a ciertos extremos, las cucarachas.
Se carece de noticia de que nadie haya jamás intentado exterminar a las abejas — aunque sí la hay, en los últimos años, de que por razones desconocidas se empezaron a extinguir y que ello causó inquietud, y que los científicos se pusieron manos a la obra de averiguar los porqués —; se sabe de su utilidad, y se aprecia la miel de sus colmenas, y el Hombre es lo suficientemente egoísta como para no destruir aquello de lo que obtiene beneficio.
Parece haber sí un cierto consenso entre todos los seres racionales del planeta en cuanto a que el mosquito trompetero, la mosca tse-tse, las cucarachas, las moscas comunes, los piojos, las garrapatas y otros tantos y cuantos serecillos diminutos pero muy antipáticos e indeseables no sirven absolutamente para nada.
Metiéndose en cuestiones religiosas y filosóficas se puede afirmar que salvo elucubraciones no se sabe el porqué ni el para qué de la Creación; sí se puede atisbar que fue perpetrada — “perpetrada” (escrito adrede en lugar de “construida” o “llevada a cabo” o “edificada” o, por quitarse de filigranas, sencillamente “creada”) porque a las alturas de civilización y de progreso a que en estos comienzos del siglo XXI estamos no parece, a la vista del panorama que el mundo ofrece, sino que su finalidad fuese otra que el tan solo fastidiar — por una mente superior y enormemente sabia que, como es obvio y al correr irremisiblemente parejos los conceptos de “sabiduría” y de “bondad”(hay, sin embargo, opiniones que cuestionan este criterio), obliga, de por sí, a entender que la Creación fue para bien.
Y si la Creación fue para bien parece razonable admitir que todo cuanto en ella se contiene también lo es; así pues y por tanto, hay que entrar por el aro y transigir con que el mosquito trompetero, la mosca tse-tse, las cucarachas, las moscas comunes, los piojos, las garrapatas y otros tantos y cuantos serecillos diminutos pero muy antipáticos e indeseables sí sirven para algo, ¿pero para qué?
¿Por qué malgastaría Dios — o el correspondiente “hacedor” désele el nombre que se le quiera dar en función de si se es creyente o ateo o agnóstico o cualquiera de tantísimas cosas como se pueda ser — su precioso tiempo, tan recién como quien dice creado, en elaborar seres tan pequeños e inservibles pero que requerían un trabajo tan fino, tan delicado, para total no servir para nada ni ser valorado?
¿Se imaginan lo engorroso que debió de ser el elaborar los ocelos — ojos simples de los insectos; también se da este nombre a ciertas manchas — y, más laborioso todavía, los ojos compuestos con sus correspondientes centenares de facetas? Y, todo ese esmero, para adornar a unos bichejos cabrones que vienen a zumbarte en plena siesta e incluso a pegarte un picotazo en la mejilla y levantarte una roncha…
Tiene que haber otros motivos. Y en el peor de los casos y si no los hubiera tómese, a modo de experimento, todos los ingredientes de que están compuestos, vamos a imaginar, el cuerpo y el alma (porque algún alma tendrán o de lo contrario serían “seres inanimados” cuando obsérvese, sin embargo, como corren las muy condenadas) de una cucaracha.
Considérenlo un trabajo de científico aplicado que, con todos los ingredientes tomados en las exactas proporciones, combinados y distribuidos en diferentes montoncitos de manera que “con esto de aquí tengo para las patas con eso otro de allí para el color negro del cuerpo y con aquello de más allá para los élitros”, se pone manos a la obra de elaborar una cucaracha que, además, ha de tener vida.
No quiero pecar de escéptica, pero juraría que nadie lo ha conseguido.
Es más — y de composición mucho más simple, como en el caso del agua , que parece una cosa tontorrona —, aprovisiónese el científico de dos H y una O y, luego, que nos cuente si se bebió el resultado.
Pero me he desviado mucho del origen y para qué de esta disertación mía. Adonde en realidad quería yo ir es a que valoramos, respetamos, aquello de cuya utilidad o beneficio somos conscientes. De los mosquitos trompetero — la mosca tse-tse y el resto de animalejos enumerados puede consultarse más arriba — no se tiene constancia de que merezca la pena el que pervivan e, incluso, algunos, como la ya mencionada cucaracha, se pone bastante empeño en que desaparezcan de este mundo.
No se ha conseguido, es verdad, y creo que hasta incluso se asegura que serían ellas capaces de sobrevivir a cualquier tipo de hecatombe o de desastre; pero… ¿Qué sucedería si desapareciesen?
¿No cabría la posibilidad de que a la larga nos percatásemos de que tal o cual cosa muy esencial para la subsistencia de los humanos estaba desapareciendo?
¿Qué sucedería si tras mucho analizar y estudiar y echar cuentas nos percatásemos de que estaba siendo por culpa de haber terminado con las cucarachas?
Se me ocurre, entre tanto, una reflexión y, por qué no, una súplica:
No destruyas nada que no seas capaz de crear. 

Nota: Los enlaces que figuran en este escrito están hechos a páginas que he encontrado en internet; si el administrador (o dueño o titular o como haya que llamarlo) la elimina o la restringe los enlaces en cuestión no irán a ninguna parte, pero ahora mismo (las 18:30 del sábado 4 de diciembre de 2010) están bien hechos y funcionan correctamente.                     
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Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.