El mundo este que llamamos nuestro




Miraba esta tarde una película, en la televisión, Vidas rebeldes.
Estaba empezada y Marilyn Monroe conversa con Clark Gable sentados a una mesa mientras desayunan en un ambiente rodeado de silencio. De la conversación se desprende, o eso es tal vez algo más tarde, que ella viene de Chicago y se maravilla de este lugar con este ambiente y esta paz.
Luego salen al exterior y se ve que sí, que el lugar es apartado, y solitario.
A ella le parece un paraíso.
Luego, más adelante — y no es que vaya a contar la película — la cosa se complica cuando ella se encuentra con que (y él no lo oculta) este hombre con el que en un principio le ha parecido que sintoniza tan bien se dedica para sobrevivir a cazar caballos salvajes que luego vende a un tratante de ganado que a su vez los vende para sacrificar y que sirvan de comida para perros y gatos.
La película digamos que termina bien.
Después de haber cazado con lazo los caballos y de haberlos atado Montgomery Clift vuelve a soltarlos, Marilin sonríe aliviada, Clack Gable decide cambiar de vida y acuerdan que se marcharán juntos a la ciudad.
Vamos, que la idea que se suele tener de que en los lugares paradisíacos la vida es idílica y un remanso de paz no se ajusta tal vez mucho a la realidad.
Pero, una cosa que me ha impactado especialmente — y no porque sea algo que no sepa, pero cuando se oye en palabras pronunciadas por otro parece que la noción que ya se tiene adquiere más cuerpo — es cuando Clark Gable le pregunta “¿o qué crees que hay en la lata cuando compras comida para el perro?”.
Yo sufro cuando imagino a los gatos de Oquendo (y a todos los demás gatos del mundo y a todos los animales que se me pasan por la cabeza) expuestos a los peligros de los coches que pueden atropellarlos, y a la inquina que muchas personas les tienen y que pueden causarles cualquier tipo de daño; pero pienso también que los animales en su medio se valen por sí mismos, y se buscan su alimento, y se matan por subsistir los unos a los otros pero, siempre, ciñéndose exclusivamente al instinto que la Naturaleza les ha dado, y no haciendo más daño a su presa que el estrictamente imprescindible; y siempre también, ese es un matiz importante, no por matar porque sí o para hacer ningún negocio sino por simple e ineludible necesidad.
Pero… las mascotas que tenemos en las casas y que son “nuestras”. Ellas en su libertad cazarían pájaros, imagino, y todo tipo de animalejos pequeños que ellos “entiendan” como su dieta. Y el pájaro sería muerto por el gato sin quebrantar ni agredir las normas de la Naturaleza que creó al gato y al pájaro.
A los que tenemos en las casas tenemos que alimentarlos de pienso, o de comidas elaboradas con carne de animales que han sido sacrificados en los mataderos. Es decir, que gato que yo haya recogido de la calle estará a salvo, pero su seguridad y su confort estarán implicando que por ellos y tantos como ellos se sacrifican (sin la sabiduría ni el saber hacer con que su instinto natural sí lo haría) más animales en los mataderos de lo que ya supone el consumo humano.
Y, volviendo a la película, queda la sensación de que pese a todos los inconvenientes y el tumulto de las ciudades cabe la sensación de que la vida puede ser más feliz porque va a ser menos cruel.
¿Pero es menos cruel el oficinista trajeado que no se mancha las manos y compra los filetes o las lechugas o la comida para su perro o su gato en el supermercado y perfectamente “lavado” de cualquier tipo de carga emocional y envasado, al vacío?
No sé, si me paro a discurrir, si existe la inocencia en alguien o en alguna parte.
Sí sé que los animales nunca debieron ser sacados de su medio, donde la Naturaleza los colocó, y que las personas no deberíamos de ser sus dueños, y que no deberían ser criados ex profeso y de tal o cual raza y a tal precio porque ocasionalmente se pone de moda, y que no tendría que haber tiendas de mascotas, ningún tipo de mascotas.
¿Pero cuál es o cuáles son esos lugares que alguna vez fueron los suyos y en los que la Naturaleza los coloco?
Cada vez escasean más. Los de los animales salvajes y los de los que hoy llamamos animales domésticos. Las ciudades y los humanos hemos ido poco a poco invadiendo los campos y los espacios abiertos con nuestras casas y con nuestros coches, y con nuestros centros comerciales, y con nuestras factorías, y con nuestros garajes y con nuestros jardines bien cuidados que nos molesta que los gatos escarben; y hemos hecho conductos de ventilaciones y de chimeneas y de aires acondicionados por donde ellos se cuelan a veces y mueren atrapados.
Los animales no han elegido habitar en nuestro mundo y molestarnos; nosotros les hemos ido poco a poco arrebatando a ellos su espacio. Ningún gato eligió por propia voluntad acudir a vivir en tal calle de tal o cual ciudad.
Pero las cosas son como son y están como están; y una no puede dejar de devanarse los sesos preguntándose si existe alguna manera de hacer las cosas bien.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.