miércoles, 27 de marzo de 2019

Maldito puto sentido que...


Algo le decía en voz muy baja y entrecortada, como con interferencias, que eran los mismos sonidos de siempre aunque sonaran como nunca. Y los mismos olores y los mismos sabores por más que se obstinaran en quererle resultar desconocidos o, peor aún, traicionarla mostrándose como ella sabía muy bien que habían dejado de ser hacía ya décadas.
El rojo de los sábados, por ejemplo – se dijo; y la voz que pero eso era un color; y ella pero que la traicionaba también, así que valía –, el rojo de los sábados de su infancia tal vez porque por entonces era el color que más le gustaba. Y el azul para todo lo dulce, y la acetona para quitar el esmalte de uñas que era como dar un mordisco a una manzana Verde Doncella.
– Os conozco. No penséis que porque no os recuerde vais a engañarme.
Y el tacto, ese tacto escurridizo de lo inasible que, por alguna razón que nada más podía ser extravagante o estúpida (que qué diferencia podía haber), se empecinaba en jugar al despiste y mostrarse similar al de… Maldita fuese que ahora también la iba a traicionar el de…
¿Cómo coño se llamaba aquel puto sentido que no quería venirle a la cabeza?
Y la voz “qué más da si total ya has mezclado el azul de los domingos con el sabor de la acetona”. Y que si hacía falta ponerse tan minuciosa. Y ella que no, claro, pero que le fastidiaba no poder localizar por más que se esforzaba el color de los lunes de invierno, cruzando aunque hiciera sol el bulevar camino del colegio.
– Pero – al sentido o lo que aquello tan arisco fuese – también a ti te conozco ¿Qué te has creído?
Y, aunque ni se lo dijo ni la voz rechistó afanada tal vez en aclararse o buscar el registro adecuado para resultar nítida, supo imaginar que algo increíble – de lo que no cabía sospechar que fuese a desnudarse, allí, delante de todo el mundo (o lo que aquello tan homogéneo, uniformado, fuese) sin más fin ni objeto que el de, en números no menos redondos que ello, venir a destrozarle la vida una vez más – estaba a punto de caramelo de suceder.
Y la voz, aclarada y ya nítida, emitió la misma risita burlona de siempre; tan del todo inconfundible que, también como siempre, la tranquilizó como nunca.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.