domingo, 21 de enero de 2018

Texto 13.13

13.13.”Si se describiera gráficamenta la curva de un pranayama desde el nacimiento hasta la cúspide del deseo, es el reino de Brahma, las potestades de Vishnú se mueven en el espacio de las apariencias analógicas que llegan hasta la muerte, y en el medio oculto de los sueños, entre el nacimiento y la muerte, está el territorio de Shiva. Es inútil enfrentarse a Shiva porque él no es el enemigo, es sólo el sacrificio, el oficio sacro, y pretende derribar el muro de la estabilidad, diluir la memoria pasiva y anunciar sucesivas encarnaciones que faciliten la transparencia de esa catedral que es el cuerpo para que en él se manifieste cada vez más diáfano el principio activo de la conciencia real, el principio del primer número, el yo trinitario.”
 
COMENTARIO DE EL AVENTURERO
Nacimiento y muerte. Contradicciones inventadas: todos sabemos que no existiría la una sin la otra, pero no sabemos sobré qué terreno gira esta rueda. Tal vez, si pudiéramos percibirlas de forma simultánea, nos daríamos cuenta de que no son más que las dos caras de una misma moneda que rueda por un terreno desconocido. Como eso es muy difícil, nos contentamos con querer tener una certeza, y dudar, querer estar activos y sentir pereza, querer obtener algo y manipularlo todo para que suceda, querer estar seguros y luchar contra la inseguridad, buscar el éxito teniendo presente constantemente el fracaso, querer que nada cambie y sentirnos inestables. En fin, queremos no contradecirnos y eso nos hace contradictorios. Nos aferramos a una cara de la moneda y simultáneamente, aparece la otra. Pero lo cierto es que nacemos y morimos. Inspiramos y expiramos.
Nacemos y morimos con cada respiración: inspirados, recogemos todo el impulso creativo de Brahma con toda la fuerza creativa de un poeta, deseando llegar a la cúspide. Expiramos, y se ve plasmada nuestra obra. Pero es inútil detenerse demasiado tiempo para contemplarla. Vishnú conserva las cosas justo lo necesario. Pero nosotros subimos y bajamos la montaña constantemente tratando de repetir lo mismo de antes. Pero ni siquiera el bueno de Sísifo estaba condenado realmente. Era pura apariencia. Si la vida, en realidad, no tiene nada de castigo, la muerte tampoco (¿o es que queremos contradecirnos de nuevo?). Si prestáramos atención a ese diminuto instante en el que muere la expiración y nace una nueva inspiración, tal vez entonces la muerte no sería nuestra enemiga. Y tal vez entonces, la contradicción, tampoco. Y la enfermedad se afrontaría con firmeza, la duda con ductilidad, la pereza con la aventura, el deseo sería pura armonía y la inseguridad, comunicación, el fracaso desparecería con velocidad y la inestabilidad, que tanto miedo nos da, se tornaría conciencia. Porque todo nace y muere pero, por encima de eso, está la conciencia: de un yo que se sabe vivo y muerto y que, a partir de eso, es capaz de encontrar aquello que le sostiene. Claridad en la catedral de cuerpo. Inmediatez en la existencia. Porque el primer número, el uno, no es una unidad sin más, un punto, ni una dualidad como una línea entre dos puntos, sino una trinidad.
Igual no sabemos qué es esa trinidad, lo que sí sabemos es que de la contradicción, sin más, no se puede salir por mucho que uno luche contra los elementos, por mucho que dure nuestra vida. Aunque pase el tiempo.
Tal vez por eso decía el filósofo: “Quien no sabe vivir a tiempo, no sabe morir a tiempo”

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.