lunes, 28 de mayo de 2018

Texto 14.11


14.11 “En su mayoría son de origen ritual, acelerando o retardando los ritmos biológicos, los procesos de combustión, y rescatando experiencias guardadas, muestran catarsis y cadencias en las que parece que se detiene el tiempo, y como en toda manifestación artística, el espectador participa de una comunicación mistérica, creando su propia armonía aún sin moverse, modificando su estado y pasando por sensaciones y sentimientos sólo posibles cuando se tocan resortes de autenticidad”.
COMENTARIO DEL AVENTURERO
El Arte, o es auténtico, o no puede ser llamado arte, porque sólo desde su autenticidad puede producir ese torrente de reacciones biológicas, psicológicas, emocionales y mistéricas en quien lo contempla con la debida convocación y respeto. No hay engaño posible.
Desde la aparente quietud de la expectación, cada espectador observa, ajeno a su consciencia, una compleja geometría que va desplegándose ante sus ojos, y va modificando su biología, liberando memorias, modulando su férrea estructura, acelerando o retardando ritmos en función de su propia idiosincrasia, de su necesidad desconocida. Y en ese juego de estatismo y movimiento, se produce una música interna, un primer desconcierto reconvertido en concierto, un reajuste interno que va creando su propia armonía, hasta desembocar en un cambio de estado.
Es el artista quien convoca, pero es el Arte el que posee este mágico don de la transformación.

sábado, 26 de mayo de 2018

Rima asonante con gato negro


Vuela, vuela, gato negro,
no te dejes adherir
a causa injusta de humanos
que en proclamar el servir
a ahuyentar la mala suerte
que se dice que está en ti,
querrán quitarte la vida
y colgarte por el robo
arriba de un campanil.

sábado, 19 de mayo de 2018

Dicho y hecho

Alicia
Existirá, seguro que existe en el mundo tan grande, algún ser solitario, o no tan solitario, para quien la principal motivación para tirar de su vida ―o para intentar entender ese mundo grande, o los pequeños mundos de sus congéneres o el suyo mismo― sea el crear; lo que sea, pero crear. Crear justamente aquello a lo que se siente impulsado y para lo que aún de forma un tanto subjetiva se considera capaz.
Y se pone a ello. Se pone sin mayor ambición ni inquietud ni expectativa que aplicar a su obra todo su poco o mucho saber hacer, sin más propósito que, una vez terminada la obra, poder decirse a sí mismos “ahora hay en el mundo una nueva creación que es lo mejor que he sabido crear”; y a ello dedican su tiempo, su esfuerzo, sus desvelos y, ya puestos, su aceptación de que la labor a la que con tanta pasión se aplica bien puede ser que sea ignorada o, caso de no ignorada pero sí enjuiciada por cualesquiera criterios o sensibilidades distintos de la suya, calificada de mala, de carente de valor alguno.
Si el ser solitario, o no tan solitario, se para a hacerse la consideración de que tal vez su pequeña hazaña ―pero “Magna Obra” a sus ojos y a su juicio, que para eso son los suyos y está echando el resto― va a correr tan negra suerte, ¿qué hará?, ¿abandonar aun antes de haber empezado porque total a quién va a importarle?
Puestos en esas tampoco va a importarle a nadie si el ser solitario, o no tan solitario, respira o no respira; ¿y dejará por eso el ser solitario (o no tan solitario, ya; que me lo salto por no repetirme) de respirar?
Lo que pasa es que hay otra cuestión, que, esa sí, tiene su miga.
A saber: Hay que ganarse la vida.
Pero aquí me asalta la pregunta ―que a lo mejor al ser (y ya no entro en si solitario o no, que no quiero ponerme pesada) también― , o, mejor, dos preguntas.
Una ¿Qué es ganarse la vida?
Otra ¿Cómo ganársela?
Y otra más ―anda, mira, me están saliendo tres― ¿Para qué ganársela?
Y, una cuarta ―que empieza una y se lía, se lía― ¿Qué vida no hay que perderse para ganarse la vida?
Y como hacerme las preguntas sé, pero contestarme se me da peor, no se me ocurre mejor cosa que preguntarle al ser (el de marras, ya digo), que para eso está ahí y lo mismo hasta para eso me lo he inventado yo, que qué diría él.
Y, a la primera, va y me salta con ―que, de verdad, por qué tendría yo la ocurrencia de pedirle ayuda― que a qué me refiero; porque, dice, que si estamos hablando de la inmortal o de procurarse el sustento. Y como veo que conteste lo que le conteste va a seguir sacando punta al tema con que si sustento para el alma o para el cuerpo, me hago la loca y le digo bueno, mira, déjalo aunque sea y pasamos directamente a la segunda.
A esa, el “cómo”, contesta más deprisa; que me suelta con enorme desparpajo que es muy fácil, que para ganarse la una no hay mas que sacrificar la otra.
A la tercera, el “para qué”, me suelta que depende de lo ambicioso que se sea, y que si se es mucho se sacrificará la del sustento, y que si se es menos pues la otra. Y que como cuánto soy yo de ambiciosa. Pero, yo, bajo el pretexto de que no estoy muy segura de que en su respuesta no se haya liado, o querido liarme y cruzado los términos, le digo bueno déjalo y vámonos a la cuarta.
Entonces es él el que se zafa argumentando que le parece que me estoy alargando mucho, que incluso ―me sugiere― podría resumir y quitar paja.
Entonces voy y me pico y le digo que lo resuma él ya que es tan listo.
Y, sí, me lo resume con un breve discurso en que me cuenta (a grandes rasgos, que es en síntesis) que, y que por cierto ya lo dijo Serrat muy bien cantado, no hay que confundir valor y precio. Y que si el precio es verdad que lo puede determinar un experto no menos verdad es que el valor de lo que no tiene más precio que el valor que tenga a bien el darle (por sensibilidad o por criterio) quien no tenga qué ganar ni qué perder con ello no tiene precio.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.