domingo, 15 de abril de 2018

Texto 14.5

“14.5 El artista inspirado, aun sin saberlo, utilizará las cuatro puertas que unen la realidad trinitaria con el pranayama energético de todos los hombres para encender al tiempo las luces más cercanas, las más profundas y las más lejanas. Desde esas cuatro puertas doblega la enfermedad con la seducción de los sentidos, la pereza con la convocación expectante, la instatisfacción con el impulso y el miedo a través del encuentro.”
 
COMENTARIO DE EL AVENTURERO
El hombre que evoluciona, el caminante, el peregrino, el hombre que no quiere pararse ni mirar atrás, que no quiere ser estatua de sal, que no quiere inmovilizarse, tendrá que convocar a las Musas, a las Madres; llevar como Perseo el espejo protector, el escudo de Minerva, que le va a impedir mirar de frente a la Medusa, a la memoria pasiva, y la vencerá. Y de esa sangre de la Medusa nacerá Pegaso, que le va a transportar volando como se sale del laberinto. Y así también pasa con Fausto, que baja al reino de las Madres, y pasa con los argonautas esquivando la laguna del olvido. Todos buscan. Todos quieren encontrar la Inteligencia, el Alma, su complemento. Campana de Azur la llamará Nietzsche a Ariadna. Es el encuentro, es el Amor que buscamos desde nuestra trinidad y que encontraremos fugaz abriendo nuestras cuatro puertas «que unen la realidad trinitaria con el pranayama energético de todos los hombres».
Así se doblegará la enfermedad, la pereza, la duda, la insatisfacción y el miedo, el miedo que paraliza y que nos hace estériles. Porque el artista, aun sin saberlo, convoca, al igual que Homero, a las Musas: «…Cántame musa…», y es así como las doce Madres en lo profundo enseñan a la Inteligencia, Ariadna, Helena (son lo mismo), para que pasen de Kore a Señora, a Diosa, y encender al tiempo esas luces cercanas, profundas y lejanas; luz sin sombra, asombro, Iluminación.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.