domingo, 29 de octubre de 2017

Texto 13.1

13.1 “En las cabezas de las culturas occidentales, desde los postulados clasicistas de la razón, el hombre está acostumbrado a la postura psicológica de poner el mundo a su servicio y se entiende con dificultad la postura de estar al servicio del mundo. Se inventaron dioses a los que poder tutear e incluso culpar de las desgracias. Se inventaron dioses al alcance de una imaginación escasa y cercana, entes irritables con necesidad de demostrar poder a imagen y semejanza del hombre, dioses antropomórficos que representaban necesidades o caprichos”.
 
COMENTARIO DE EL AVENTURERO
A lo largo de toda la historia de la humanidad conocida, el ser humano a tratado de explicarse a sí mismo la razón de su existencia, el porqué y para qué del origen de su vida. En este tratar de entender ha aparecido la búsqueda de una comunicación con algo superior al hombre mismo, algo o alguien que supiera más de nosotros que nosotros mismos; un misterio con el que se ha tratado de contactar a través de ritos, de danzas, de sacrificios, para abrir puertas desde lo sensitivo a lo que la razón no ve, no alcanza a entender sobre el hecho de la vida misma. Se ha tratado siempre de buscar una comunicación directa con esas otras formas de existencia, y los legados culturales así lo reflejan. Se ha hablado con los astros celestes, las fuerzas naturales, los ciclos cósmicos… Puede que lo que la cultura griega hiciera fuera dibujar estas fuerzas a imagen y semejanza del hombre, y no al revés, para hablar más fácilmente con ellas, llegando incluso a otorgarles aspectos psicológicos y emocionales propios del ser humano.
Estar al servicio del mundo… Los dioses les recuerdan de vez en cuando, de muchas formas, que están ahí, presentes, pues su propia naturaleza es divina. Y que tienen una vía de percepción, una manera de ver a Dios: La Fe. Pero este concepto ha llegado hasta nuestros días acogotado por el yugo de la doctrina. La fe no es un clavo ardiendo al que puede agarrarse aquel que tiene miedo, con los ojos cerrados y apretados, el que sufre, el que se siente solo y abatido, perdido o abandonado. La fe es una cualidad excepcional de ser humano, es un don del pensamiento, es la capacidad de observar todas las posibilidades a la vez sin aferrarse a ninguna. La fe es ya en sí misma una vía de conocimiento. No sé si es intuición, sensación, o soplo pero desde luego es una forma de pensamiento amplio y sin prejuicios, un camino de libertad. Una luz que a la razón abrasa. Casi alcanzo a entender la fe como la referencia de la divinidad en lo humano, como el regalo más preciado con el que vinimos a ser hombres. Es la forma de pensamiento que permite estar al servicio del mundo, al servicio de la renovación de la vida, al servicio de asumir con valor la mortalidad. Porque el sentido de la vida no es morir, porque el sentido de la vida está más cerca de vivir a pesar de morir que del concepto de vivir para morir. Es muy distinto “salir vivo de la vida” que morir como si ese hecho fuera un final.
Nuestro funcionamiento biológico es un continuo final, es un continuo morir, es un continuo fracasar en el intento de ver a Dios cara a cara, y es un continuo nacer, resucitar si se prefiere, a esa aventura. Y, en ese sentir que lo importante de la vida no es llegar a la muerte, se abre el camino del encuentro con los que nos rodean, con lo que el mundo ofrece al ser humano sin tratar de someterlo a nuestros deseos. Se abre la vía del encuentro, de la sorpresa, de la transformación, a ese trabajo por la búsqueda del tesoro enterrado bajo la arena de nuestra propia materia.
Y en ese estar al servicio del mundo con el pensamiento al servicio de la fe, de manera polidireccional, con todas las posibilidades por plantear, puede que sea más fácil discernir qué servicio necesita el mundo de nosotros en cada momento. Quizá las respuestas no sean siempre las mismas, ni siempre aparentemente buenas ni agradables. Una acción tiene muchas consecuencias paralelas. Cómo sabremos si hemos actuado bien o mal. Al morder la manzana de la ciencia del bien y del mal parece que hubiéramos aceptado ese riesgo, esa aventura por conocer y reconocer que no se sabe, y a pesar de eso seguir adelante en el empeño de ampliar nuestra capacidad heroica. Lo importante parece ser el hecho mismo de trabajar aunque el fruto no se muestre directamente.
“Ponerse al servicio del mundo.” No de Dios, que posiblemente no necesite ningún servicio, ni siquiera de los hombres directamente… Ponerse al servicio del mundo. ¿Es que el mundo necesita de la humanidad? Esto quita y a la vez da importancia al sentido de nuestra vida, liberándonos del personalísimo exacerbado en el que vivimos, en el que se estructura nuestro modelo social actual. Nos da sin embargo, como hombres y mujeres, la fuerza de mover el mundo. ¿No es grande esta sensación de que el hombre, un ser tan “insignificante” flotando en la inmensidad del cosmos sobre la superficie de un planeta, que de no ser el nuestro no sabríamos ni que existe, pueda servir al mundo? Se abren nuevas incógnitas… Qué viaje debe hacer el mundo, qué o quienes conforman ese mundo, seres humanos, animales, plantas, minerales, vivos y muertos, los sueños que no se han soñado, las ideas no inventadas, las formas no descubiertas, ¿todo lo que no es forma parte del mundo? ¿El mundo se limita a nuestro redondo planeta?
En cualquier caso, trabajar para el mundo, para que el mundo se mueva, se me plantea como un camino apasionante hacia la libertad y la alegría… Quizá aún no haya sido expulsado del paraíso…

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.