jueves, 12 de octubre de 2017

El ascensor averiado y, por miedo a que Jerry se hiciera pis bajando la escalera, me he levantado y salido con él antes de lo habitual.
Como todos los festivos en este barrio las calles están casi desiertas, pero en el cruce de Serrano con María de Molina hay un pequeño grupo de personas y una jovencita lleva una bandera sobre los hombros. Pienso “ah, hoy es el desfile”.
Sigo caminando y en Pablo Aranda una pareja que ha bajado de un coche me pregunta (la señora) si hoy se puede aparcar en las marcas verdes y si el desfile queda muy lejos. Pienso “podía ir yo; sólo fui a un desfile de niña, una vez con la Ascen”.
Terminamos el paseo, regreso a casa, subo las escaleras, me ducho, me visto y me anudo al cuello la bandera, y me voy al desfile.
Son cerca ya de las once y por Joaquín Costa ya se ve más gente, bastante con banderas. Una señora que camina a mi paso me habla, si será mejor rodear la República Argentina por la derecha o por la izquierda. “Es igual – le digo – terminaremos en Nuevos Ministerios”.
Nos quedamos juntas, ya en el cruce de la Castellana, con un muro de personas delante que no nos permitirá ver nada. Pero estamos aquí, le digo; en la televisión puedes verlo mejor luego.
Me cuenta dónde vive.
“¿La esquina de Príncipe de Vergara con María de Molina, encima de la farmacia? De niña tenía unas compañeras de colegio que vivían ahí. Pero de esto hace, claro, muchos años”.
Llevo ahí quizá más de cuarenta. Dice.
“Entonces no las conocerás aunque siguieran viviendo ahí. De esto hace casi sesenta. Se apellidaban Hermosa”.
Sí, en mi casa hay ese apellido. Amistad no tengo mas que de saludarnos, pero sí.
“A la mayor seguro que no. Se llamaba Bel y murió en un accidente de coche cuando aún estábamos en el colegio. De mi edad era Cristina, y había una más pequeña de la que no recuerdo el nombre”.
Esa, Cristina, es la que conozco, puerta con puerta. La que murió no llegué a conocerla.
No podemos ver apenas nada de lo que va por tierra, pero sí, en formaciones de a cuatro en forma de rombo, grupos de Eurofighter (los nombra una de las personas que miran, igual que nosotras) volando sobre nuestras cabezas.
De lo que va por tierra nos enteramos por el ruido y porque los de las primeras filas agitan las banderas y vitorean.
Cuando termina regresamos juntas. Ahora Joaquín Costa parece una manifestación y las terrazas por las que pasamos están abarrotadas de gente tomando algo.
En la puerta de casa nos separamos y dice le diré que te he visto. Se acordará de ti.
“Hace muchos años y amigas no éramos”.
Cuando subo a casa pongo la televisión y, en letras grandes al pie de la pantalla, el piloto ha muerto. La voz de la locutora está diciendo que de regreso a su base, el capitán de uno de los Eurofighter que habían participado en el desfile.
Pienso “uno de los que volaron sobre nuestras cabezas”.
Y lo imagino imaginando que llegaría a su casa, se cambiaría de ropa y pasaría el resto del día con su familia.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.