sábado, 9 de septiembre de 2017

En comentario al texto 12.38 de el blog de El Aventurero.

Afrodita
9 Septiembre, 2017
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Llevo meses sin escribir, o al menos sin escribir lo que yo llamo “literatura”, y bastante tiempo sin hacerlo aquí. Hoy voy a hacerlo y directamente, a puritito capón en este recuadrito en el que se teclean los comentarios, sin pulir ni ocuparme demasiado de si la redacción es buena o no.
Me he despertado temprano y (por razones que no vienen al caso) el primer pensamiento que ha acudido a mi cabeza ha sido una especie de nebulosa en la que se mueven conceptos tan desdibujados como “explicación” y “subjetividad”.
Conceptos, los dos, estrechamente ligados (sin duda) a obsesiones mías que tampoco vienen al caso.
De cualquier modo, y por la razón que lo desencadenase y que no me interesa demasiado, mi pensamiento se puso a girar en torno a eso, a las “explicaciones”, esa cosa que “damos” a modo de justificación (envuelta las más de las veces en el papel celofán de la palabra, a modo de regalo) para nuestros actos.
Decimos “te voy a dar una explicación” y nos quedamos tan anchos; y el que la recibe, la explicación, se cree que de verdad le han dado algo.
No cae en la cuenta (el que recibe una explicación y la acepta) de que está cayendo sí en la trampa que le tiende el “explicante” al forzarlo – con enorme sutiliza a veces – a objetivizar, a obviar la subjetividad propia para abrazar la ajena porque “hay que ser objetivos”, o “seamos objetivos”.
Personalmente pienso que avenirse a aceptar una explicación es también avenirse a claudicar y, por tanto, dejarse humillar.
Las explicaciones suelen ir precedidas de una ofensa; cuando las cosas van bien las explicaciones no interesan. Pero cuando van mal la parte “dañada” espera (tontamente) una explicación que (mediante la palabra, tan traidora y escurridiza siempre) palíe el daño; la parte “dañante” (por su parte) se pone tan contenta porque “¡caramba,, he ahí una ocasión pintiparada para lavar la culpa”. Y santas pascuas.
Así que, en mi opinión – y siempre en mi opinión – lo que merecería toda persona que por medio de explicaciones trate (o, bueno, tratara) de justificar sus actos, sería que sin más contemplaciones se le cruzase la cara.
Pero, ya digo, estos son pensamientos que han bullido en mi cabeza (y bullen, que a qué negarlo) por razones del todo subjetivas que, ya lo escribo más arriba, no vienen al caso.
El caso es (mira, “caso” otra vez; pero ya he advertido de que no iba a cuidar la redacción) que, sin saber por qué (o a lo mejor sí, vaya nadie a saber), he tenido el impulso de abrir el ordenador y mirar (una vez más) si El Aventurero había, ya que llevamos varios días metidos en septiempre y cabe suponerse por ello que volveríamos a la publicación regular de los textos, incorporando alguno nuevo…
Pero no. No hay texto nuevo y (pura subjetividad por mi parte) no me extraña.
De forma maquinal (porque ha sido maquinal) los ojos se me han ido al último publicado para leer, no sin cierta sensación de alborozo, de nudo en el estómago como el que (se dice) sienten los enamorados a la vista del ser amado, “La manifestación de los objetivos marca el cenit del semicírculo visual del ritmo, desde ese punto se tienden los velos de la ilusión que configuran Maya.”.
Pero no quiero alargarme ni ponerme pesada con lo que doy en considerar coincidencia y lo más probable es que esté siendo tan sólo subjetividad.
Es posible, sin embargo – aunque no seguro, soy tan voluble – que en cualquier momento vuelva aquí con la ocurrencia de seguir desarrollando la idea descabellada (y subjetiva) de que hemos sido todos (los comentaristas, digo, todos tan subjetivos) los que en nuestro (en realidad y para ser sincera yo escribiría sin ambages “vuestro”) desmedido afán de mostrarnos “objetivos” hayamos – por supuesto que sin intención, ni egolatría y deseos de protagonismo – intentado envolvernos unos a otros en los velos, tan engañosos pero también tan finos, tan transparentes, tan que dejan ver lo que supuestamente se pretende ocultar, de Maya.
Pero ya digo. Es tan sólo una apreciación muy posiblemente subjetiva.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.