domingo, 16 de octubre de 2016

Texto 11.20

Publicado por  el Oct 16, 2016 en Undécimo mensaje. Las cárceles de la razón. 

11.20 “Inocencia-culpa y sus derivadas pasividad y sufrimiento son las semillas de la impostura, leyes fabricadas a medida de un un ego ensoberbecido con autorsuficiencia. La forma de estar no es la de pensar ni la de sentir, y en esas desviaciones se crean anacronismos. Entre la conducta social, orgánica y educativa. Varias realidades se ponen en conflicto y se van cruzando en trazos de caminos confusos”.
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COMENTARIO DE EL AVENTURERO
La inocencia y la culpa son dos lados de una misma moneda: la autosuficiencia. Si te sientes autosuficiente, no tienes nada que hacer, porque eres suficiente para ti mismo. Y ya está. Por tanto, no puedes ser ni bueno ni malo, sino todo lo contrario, es decir: nada. Si eres impotente no tienes por qué hacer nada. Sólo te resta sufrir y determinar todos los pasitos que te han llevado a ese sufrimiento. Esto, claro, es ofensivo para aquellos que sufren puesto que el sufrimiento es la base de su autosuficiencia: no dependen de nada para sufrir en cuanto les sea posible. Hay una vida mejor, claro, pero se necesita dinero. Se sufre menos con dinero, pero se sufre. Por supuesto que la gente sufre pero ante este dolor no existe la posibilidad de ser otra cosa, radicalmente distinta, que implique un no sufrimiento. En este sentido, poseemos una imaginación ramplona que sólo nos permite especular y luego proyectar esas especulaciones en nuestras acciones con los demás. Es una especie de barbaridad. ¿Por qué? Porque creemos que pensar y sentir son las cosas básicas de la vida, así ya no podemos imaginar otra forma de existencia, porque así nos lo enseñaron los profesores para nuestro entendimiento, es decir, que entender es lo mismo que saber y saber quiere decir que poseemos la verdad. Incluso, cuando nos encontramos en una falta no somos capaces de reírnos de nosotros mismos y cambiar sino que nos complace ser inocentes, lo que implica ya que conocemos la verdad. Todo concuerda para que nada cambie, a pesar de que nuestro cuerpo cambia, nuestra razón sólo divaga y nuestros sentimientos son reiterativos, confusos y más que nada, mentales. No tenemos miedo, ni envidia, ni nada. No tenemos vergüenza más que cuando nos pillan en falta, bien sea con una mirada o bien sea el viejo profesor que nos observa eternamente. La ignorancia nos trae sin cuidado. Ignoramos a los demás. Sólo queremos saber algo por si nos viene bien. Odiamos la mentira porque perjudica nuestros intereses. Muy raro todo, sí señor, pero muy social. Existen mentiras buenas y verdades malas, un lío. Sin embargo, la mentira puede ser buena porque podría ser el cambio hacia algo más verdadero. Por eso nos encanta la magia. Al fin y al cabo, nos gusta no controlarlo todo y nos encanta demostrarnos que los sentidos nos engañan. En cierto modo, nos gusta liberarnos un poco de nosotros mismos y de nuestras creencias. Pensar y sentir, no nos quitan el miedo. No lo afrontamos, es muy difícil en la confusión reinante: los niños quieren ser viejos, los viejos niños, los ricos aparentar ser pobres y llevar la ropa rota, a los pobres les reconforta que los ricos “también sufran”, y así. No sé, en realidad todo lo expuesto es muy confuso. De manera que queda demostrada la tesis del texto que comentamos.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.