martes, 13 de enero de 2015

Del brazo de las palabras

Déjame sola le dijo la soledá a la querencia por arrimarse cansina a recuerdos que traían remembranzas de pesares y resabios de contritos paticortos resquemores y lengüilargos sonsones repitiendo a cada paso que de mí quería llevarme más que yo me resistía “no te lleves el disgusto, déjalo que aquí se goce de plañir  sereno y libre de risas que si te aguardan mal augurio a él le darían”.

Y la querencia callaba, y ya ni querer quería ni llevarse ni dejarse ni disgusto ni cansinas mil traídas y llevadas retahílas repetidas por las voces que se daban, arrimándose o con rima, en partida y retirada la mitad que se medían viejas lágrimas vertidas y en llegando,  sin dar ruido que diera lugar a oírlas, las palabras que dijeran bocas que ya no darían a pregonero algún cuarto ni lamentos a cuartillas.

Y soledad y querencia que por mí se debatían se tiraron de los pelos y al degüello en sus porfías por ganarme y por perderme sin importar qué quería perder o ganar el alma que en el mi interior latía viendo cómo se enzarzaban en enredos que darían al traste con los afanes que a las ambas dos movían impartiéndose mandobles que a la larga doblaría el brazo de las palabras que a mi mano llevarían a trazar tan solo cantos de alabanza en mis cuartillas.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.