domingo, 25 de octubre de 2015

Texto 9.15


Publicado por el oct 25, 2015 en Prólogo a la carta número nueve. La sangre del futuro,                          
9.15 “De los tres elementos que el hombre toma del exterior, el combustible es el que comunica con la síntesis que la Tierra ha hecho de la energía solar; podríamos decir que la vida está compuesta de millones de encuentros entre los guerreros luminosos que cabalgan los fotones que vienen del Sol y los espejos de sirenas de la memoria del agua que se abren buscando la continua latencia de una nueva posibilidad. Una posibilidad en la que se mantenga el respeto al sacrificio y la alegría de la responsabilidad última”.

Kira-9.15
COMENTARIO DE EL AVENTURERO
No hay más que mirar dentro de uno, para comprender que la mayor parte de las reacciones bioquímicas de nuestro cuerpo quedan lejos del control del intelecto, de la voluntad. Permitiendo que unas leyes desconocidas pinten un cuadro nuevo cada día. Como si la vida fuera una invención, una aventura, un salto a lo desconocido, donde una fuerza interna creadora, desde el interior de la esfera de la consciencia, pudiera redimir nuestro atormentado mundo. Como si cada uno viviera un secreto que tuviera que manifestarse.
En la Odisea el canto de las sirenas de por sí no es mortal. Odiseo lo escucha, atado al mástil, pero no muere. Muere quien se detiene, encantado y fijo en una letal inmovilidad. Las sirenas son como componentes del cortejo de Persófone, cuyo canto permite alcanzar el mundo subterráneo, llevado por el afán de saber, por la curiosidad. Seguramente, si no existiera esa chispa (la necesidad de ser), no habría más que polvo.
Los hombres no están frente a la realidad y separados de ella, sino insertos en la realidad, en la naturaleza, en la sociedad. Se hallan confrontados directamente a las cosas y deben interpretarlas no sin esfuerzos porque no disponen de conceptos eternos. Conocer es, entonces, movilizar todas nuestras potencialidades –vivir, crear, rendir culto, comprender, amar, comer-, porque no es posible discernir racionalmente cual es nuestro anclaje en el entorno, hacer que el ojo de la consciencia escrute lo que lo constituye, aquello que orienta y dirige su visión.
Suponer que uno se instala de una vez por todas en las leyes inalterables y eternas de algo llamado pensamiento –una cierta realidad interior, firme como una roca-, puede suponer el más profundo de los malentendidos. Es hacer que el hombre cese de sondearse, de penetrar siempre más en sí mismo y no deje de lado todos sus miedos, su egocentrismo, su pequeñez.
Pero la esencia del ser humano simboliza todo lo contrario: es hacer que la mayor parte posible del inconsciente libere sus secretos, que los más sutiles mecanismos de la psique se aclaren, que el pensamiento ya no conozca trabas, bloqueos, regiones que le resultan prohibidas.
¿Por qué estamos aquí? ¿En qué hemos de ocuparnos? ¿Cuáles son nuestros fines? La naturaleza es como el alfabeto hebreo. Sólo contiene consonantes. La vocales hemos de ponerlas nosotros; de lo contrario, no podremos leer las palabras.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.