sábado, 25 de octubre de 2014

Desvío a cinco voces


La niña va al revés sería la frase que, caso de aplicarse y ponerse a la tarea de secuenciar los hechos atendiendo al orden establecido, recordaría haber escuchado repetir a su madre a lo largo de aquel peregrinar por consultorios en búsqueda de algún remedio, el que fuese, para aquel extrañísimo mal que la aquejaba.
Pero nuestra protagonista tendría  que reconocer [  por mucho que le causara un dolor agudo, intenso, que ella trataría de mitigar con argumentos pueriles y paños calientes tales que un ambiguo “hoy no, quizás ayer” que (tendría que reconocerlo también) también procuraría evitar o saltárselo que aplicarse y ponerse {ya fuera conjugándose al alimón entrambos y de la forma reflexiva que viene de exponerse, ya fuese por separado cada cual con sus correspondiente y diferentes modos, tiempos, números y personas (recitados sin mayor reflexión pero de corrido y sin confundirse) colocadas en fila de a una bien derechita “y que no os oiga”─ y sin cruzarse ni palabra ni, “no hará falta decirlo, ¿verdad?... Y, aquella, la lógica, tan esdrújula siempre que por qué serás tan díscola, que deje por favor de mascar chicle”, por supuesto, de piernas ni de brazos} a determinadas tareas engorrosas supondría  el tener que sacar adelante una empresa que, por mediana que fuese, dudaba de saber hacerla prosperar y verla, algún día, arribada a buen puerto y mostrándose no ya como un yate de lujo o un gran trasatlántico tipo Titanic (y para acabar como acabaría, encima), que resignada “tampoco hace falta”, pero sí como una barca, de remo, pequeña y sin pretensiones]  y reconocía, doblegada al fin por el orden establecido que nunca entendería(ahora sí), que á por más que intentase mirar hacia adelante [ aunque ella decía “hacia atrás” por, cuando aquellos señores de batas blancas le preguntaban, no enredar más las cosas y que la madre, al borde de la desesperación y de las lágrimas {o irrumpiendo  (sin acertar a detenerse)  en ambos a la vez haciendo, sin quererlo y pidiendo perdones entrecortados, que el doctor  interrumpiese el interrogatorio para llamar a la enfermera en demanda de “agua para la señora, por favor” por evitar, más que nada, que perdiese definitiva e irremisiblemente pie y se despeñara }, exclamase un triunfal acongojado “¿lo ve?” ] buscando afanosa en su memoriañ no lograba (ahora también) rescatar el momento
en que por primera vez notó (o notaron los otros porque ella ─ lo mantendría hasta el principio de sus días (aunque ella, si por causa de algún lapsus que ponía sumo cuidado en evitar se veía obligada a dar explicaciones (no ya a los médicos, de los que había decidido mantenerse a distancia muchos años atrás, sino a cualquiera que, como la gente suele ser tan entrometida, expresara curiosidad por el porqué y por el cuándo) decía, como bien imaginará el lector espabilado, “hasta el final”} “yo, personalmente, no noté nada si quieres que te diga la verdad”) algo raro.
-  Pero sería, imagino ─ agregaba con soltura, sin trabarse, con perfecta naturalidad (o casi) y dominio de los tiempos verbales adquiridos (la naturalidad y el dominio, entiéndase, que los tiempos verbales los aprendió, sencillamente y como los aprende cualquier otro mortal) a base de ensayos y tenacidad ─ cuando empecé a hablar.
Y partiendo de esa idea, la idea de que los problemas aparecieron (para los otros, que ella no hubiera tenido ninguno de no ser por los que le causaban esos mismos otros empecinándose en que quien los tenía era ella) cuando empezó a hablar, llegó a la de que lo mejor iba a ser ─ como habrá por sí mismo deducido  {no por experiencia en carne propia, entiéndase (habida cuenta de que la experiencia de callar, aun pudiendo, no la ha vivido hasta la fecha casi nadie) sino porque, si ha leído con atención, estará al tanto de que se le supone espabilado} el lector ─no pronunciar palabra o, en caso de extrema necesidad, utilizar las menos posibles.
Hétenos aquí y empero con que esta decisión si fue motivo de preocupación porque, se preguntaba, conllevaría el llevarla a la práctica el que su lenguaje se empobreciera.
─ ¡No seas idiota! ─ se reprendió a sí misma {obviedad, por otra parte, que quién que no sea uno mismo puede reprenderse a uno mismo, pero poco a poco (el lector, huelga decirlo ─ pues amén de espabilado es, sin duda, persona optimista y confiada ─ es seguro que cuenta con ello de antemano y desde ya) iría aprendiendo y soltándose} de inmediato  ─; no se trata de que en tu saber no albergues un repertorio extenso, y cuanto más mejor, sino y tan sólo de que a la hora de comunicarte emplees única y exclusivamente la palabra exacta ¿Lo entiendes?
Y como se contestó, reconfortada, que sí fue de día en día adquiriendo no ya y sólo dominio de la técnica sino confianza en el mundo exterior y en sus congéneres que (pensaba) no le darían problemas si ponía buen cuidado en evitar que cayeran en el error ─ del que si la pillase con falda estrecha y en tacones le sería difícil bajar a sacarlos no pudiendo, luego, sustraerse al complejo de culpa que la mortificaría por no haberlos ayudado ─ de creer que si ellos los tenían era por causa del que (imaginaban) tenía ella.
Pero fue, también, de día en día acentuándose (díscola y lógica) la sensación (aguda) de caminar (llana), sencillamente y sin ambages, desencantada y a la deriva por un camino que, trazado negro sobre blanco, sin desvíos, en el mundo de lo unívoco, la conduciría irremisiblemente a un destino sin color.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.