domingo, 12 de octubre de 2014

Texto 7.22

Párrafo 7.22

Publicado por  el oct 12, 2014 en Séptimo mensaje. Sueños en acción.
7.22 “No hay pregonero más rabioso que el miedo, al que exhiben como un sabio porque está en silencio, y no hay mentiras más negras que aquellas que se copian como propias de los libros de consejas”.
COMENTARIO DE EL AVENTURERO
Resulta difícil añadir más al párrafo anterior por miedo, en parte, a caer en alguna, si no en las dos, de las posibles actitudes que el autor evidencia. La primera: la que aparenta conocimiento desde el silencio o la no manifestación sobre un tema, evitando así confirmar su ignorancia. Cosa que por otro lado me parece más loable e inteligente que aparentar saber lo que se desconoce, aunque sé que me aventuro en el diagnóstico. Y la segunda: la que peca quizá de un exceso de conclusiones precipitadas sobre asuntos de un nivel, profundidad o sutileza tales, que sólo aquel que alcanza un grado evolutivo alto pueda realmente saber de lo que habla, e incluso ejercer tal u otra actitud.
Ambas situaciones son manifestaciones del miedo que en ocasiones sufrimos los seres humanos ante nuestra propia ignorancia: por un lado tratamos de ocultarla y por otro buscamos certezas de otros y las hacemos nuestras para de nuevo esconder la sensación de incertidumbre, con la que, en general, vivimos bastante incómodos. Pero, ¿por qué es tan constante dicha sensación, y por qué la tememos tanto? ¿Por qué existe, socialmente hablando, la necesidad de eliminarla, de luchar contra ella como si fuera un mal? Puede que efectivamente vivir en la duda nos inmovilice en muchos casos, pero lo contrario, es decir, mostrar siempre una fachada de seguridad oculta igualmente temores y miedos. Ambas cosas nos inmovilizan, consiguen que nos quedemos como estamos. Y esto sólo sirve a quien busca el ejercicio del poder sobre otros. Esto permite que aquel que no es capaz de enfrentarse con valor a sus propios miedos, a sus dudas, a sus decisiones, busque la mejor opción de tal modo fuera de él, que al final la decisión la han tomado otros en su lugar. Reflexionar sobre esto, sobre los miedos y sus múltiples apariencias, hace que observe o me plantee cuantos de ellos vienen conducidos o fomentados por un orden social aceptado por todos. Por un orden social que no busca evolución del individuo sino su estatismo e inmovilidad, la perpetuación de su estado, de su pensamiento, de su emotividad, de sus relaciones interpersonales, laborales… Pero, ¿hasta qué punto estamos dispuestos realmente a decidir por nosotros mismos, a asumir verdaderamente la responsabilidad que ello conlleva? ¿Nos hemos planteado alguna vez en qué consiste eso, en sus consecuencias? ¿Hemos pensado alguna vez en lo que podría consistir la verdadera Libertad?
De modo que, así, de nuevo con cierto reparo por el hecho mismo de haber comentado, y habiendo surgido un pareado inesperado, nada puedo ya añadir al párrafo señalado, esperando, eso sí, de su agrado el resultado, aunque de seriedad pueda, en ocasiones, haberse tintoreado… Grata aventura nos brinda su autor, que da cabida incluso a cierto buen humor, empezando por supuesto por reír de la ignorancia de este humilde servidor que, si no con conocimiento, sí con ferviente ilusión busca desentrañar misterios de entre sus líneas.

Afrodita
12 octubre, 2014
Your comment is awaiting moderation.
No siempre que se oculta la ignorancia es por miedo a mostrarla, que a veces lo que ocurre es que no se encuentra ni tan sólo la forma de expresarla en palabras.
O puede ser muy sencillo, limitándose a un escueto y rotundo “no entiendo nada”.
Tengo el libro de las 49 respuestas. El autor me lo regaló, en mano, y me dedicó el ejemplar a mí, de su puño y con su letra.
Debajo de su nombre escribió “Mayo del año de gracia 2004”.
No escribió el día, pero debió de ser antes del 24 porque ese día, el 24 de mayo de 2004, en el reverso de la página 111 (que está en blanco) escribí, de puño y letra míos, las líneas siguientes:
“Me parece un sarcasmo que pongas para Alicia cuando podías suponer que no entendería absolutamente nada”.
En párrafo siguiente, tras un punto y aparte, añado:
“No sé qué sentido pueda tener escribir un libro en un lenguaje tan incomprensible”.
Y, después de otro punto y aparte:
“En fin tú sabrás; yo aquí lo dejo harta, furiosa y desesperada”.
Y debajo escribí en números 24-5-04
No me limité a cerrar el libro. Me alargué a, literalmente, destrozarlo.
Había páginas desgarradas, rasgadas, del libro por toda la habitación.
Pero no me conformé con eso, que en cuanto tuve ocasión se lo espeté al autor en persona, y en tono (por decirlo suave) bastante airado.
Ya ha llovido, como suele decirse.
Conservo el libro, sin embargo. Recogí las páginas del suelo, las coloqué por orden, y como resultaba imposible volver a encuadernarlo lo “amordacé” con dos gomas elásticas. Y lo guardé, en un baulito pequeño que tengo y en el que (creo) conservaré mientras viva unos pocos objetos sin ningún valor económico a los que tengo cariño.
Años después, hará tres o cuatro, fui a la Casa del Libro y compré otro.
Me sentí muy feliz, emocionada, aquel día de mayo porque él me lo regalaba, porque él me lo dedicaba y porque —pensaba (siempre he sido ridículamente ingenua) — que encontraría, eso, respuestas.
Hoy, cuando sigo sin encontrar respuestas a nada (a todo lo que no logro entender ni del mundo ni de la vida ni de los que la vivimos) a la única conclusión a la que llego es a que a los humanos nos está vedado por nuestra propia naturaleza, tan humana, el comprender algo que no esté configurado por nuestra propia razón; o tal vez configurando nuestra propia razón.
Pienso, también, que si el autor hubiese querido que lo entendiésemos lo hubiera escrito en otro lenguaje y en otros términos; pero estaría siendo otro libro y no el que es.
Pienso — me voy a permitir el decirlo — que fue un error por parte de quien tuviese la idea el someterlo a la prueba de ser comentado; y que también fue un error por parte de los que en algún momento participamos el someternos al reto de “pues habrá que decir algo”.
Creo, que tras mucho devanar de sesos, quien se empeña en decir termina diciendo…
Pero, ¿qué?
Todo lo que he leído en los comentarios a lo largo de años, lo que yo misma he escrito comentando alguna vez, ha estado (en mi modesta y personal percepción) indefectiblemente teñido de (iba a escribir “vanidad”, pero voy a dejarlo en “pudor”), de miedo, en definitiva, a de alguna manera no “ser”, no estar existiendo, quizá porque lo que nos hace sentirnos existentes es que otros se enteren de que estamos.
Nunca he leído un comentario en el que alguien haya escrito que no sabe qué decir.
Nos hemos limitado, todos, a ilustrar con nuestras interpretaciones a los demás.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.