martes, 6 de mayo de 2014

Para Nuba, en texto 7.4

Afrodita
6 mayo, 2014
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Intenté hace años leer la Crítica de la razón pura – tonta de mí, quién me mandaría – y aparte de no entender una palabra y de aburrirme como un cocodrilo (expresión mía, no sé cómo se aburren los cocodrilos) arrastraba, a lo largo de los renglones y los párrafos leídos a saltos y trompicones, la sensación de un Kant (en mi percepción, claro) ajeno a todo lo que no fuera su obra, obsesionado por desmenuzar… no sé qué, porque como no pude aguantarlo no me enteré, pero imagino que sería la idea de Dios, o del universo o de algo así.
Y me lo imaginaba, a Kant, caminando por la calle y encontrándose con un perro abandonado — bueno, es que para mí los animales son una especie de paradigma de la soledad, o la incomprensión, o la impotencia — que para nada lo conmovía. Recuerdo que, tras arrinconar su libro, escribí “¿Tendría alguna vez Kant un canario?”, porque no puedo imaginármelo ocupándose de ponerle su alpiste, y su agua, y de tener cuidado de que no esté la jaula en la ventana cuando atiza el sol de los mediodías de verano.
¡Kant, ocupándose de esas minucias habiendo tantas cosas tan profundas sobre las que disertar!
En otra ocasión hice un intento parecido con El hombre y Dios, de Zubiri, y mi fracaso fue no menos rotundo.
Y con Nietzsche. Con el que además de experimentar la misma sensación (angustiosa) que con los dos anteriores notaba como si estuviera yo en mitad de un desierto, todo arena, tanta arena que me impedía caminar, me cubría casi por completo, se me metía en la boca y me ahogaba; y sobre mi cabeza un sol rabioso que me achicharraba. Hay un cuadro, creo que es de Goya, que se llama “perro enterrado en la arena”. Leyendo a Nietzsche yo era ese perro, de manera que antes de perecer en el intento cerré el libro y me juré que nunca más Nietzsche ni ningún otro “enterao” de esos que hilan tan fino.
Y con la mayor parte de los comentarios me pasa algo parecido que en mis torpes intentos de leer filosofía.
Y me los imagino a ellos, los que escriben, caminando por la calle y yo mirándolos, desde lejos — todo fantasía, claro, que no sé a quién corresponde cada nombre ni los conozco — y, al verlos pasar de largo junto al pero paradigma… (léase más arriba), sin pestañear ni perder el hilo de su discurso, murmurando para mis adentros “te he pillao con el carrito del helao”.
Maldades mías. Que como no estoy muy segura de que este comentario se vaya a publicar, lo pongo, para ti, en mi blog que tú ya conoces.
Besos.

Kant

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.