jueves, 3 de octubre de 2013

Homenaje

Miro en televisión un reportaje sobre el  Al Andalus, cosa por lo visto glamurosa, y lo primero que me echo en cara es un matrimonio que… ¿Cómo lo explicaría yo?
Mujeruca de aspecto vulgar con camiseta de media manga y rayas horizontales y consorte con camisa, también de media manga, de cuadritos.
La reportera se dirige a diferentes pasajeros preguntando muy correcta y sonriente el motivo del viaje.
La mujeruca de la camiseta a rayas explica que es un regalo que ella y su marido se hacen después de treinta años de muy duro trabajo.
La reportera pregunta cuál es ese trabajo, y la mujer responde “yo carnicera, y él charcutero”.
Entran en el compartimento y la mujer de la camiseta lo revisa todo, abre todas las puertas de todos los armarios y armaritos y, satisfecha, sonríe y da un beso al hombre de la camisa de manga corta y cuadritos, que sonríe también.
Más tarde se ven unas imágenes del vagón restaurante, con los comensales sentados a las mesas y respondiendo a las preguntas de la reportera que sí, que la comida está muy rica.
Todo lo que se ve tiene aspecto lujoso, en la línea de lo que una puede imaginarse que fuera en su día el Orient Express o, al menos, el único Orient Express que yo imaginara a la vista de la película basada en la famosa novela de Agatha Christie.
Antes, hasta más o menos la mitad del siglo XX no había turistas. No había personas que sin necesidad alguna se subieran a un tren o a un avión para recorrer un mundo en el que no se les había perdido nada y acudiendo a lugares en los que su presencia no era en absoluto necesaria.
Los que viajaban por entonces eran estudiosos, o aventureros o desocupados, ricos ociosos que podían permitirse el lujo de vagar sin rumbo y sin tiempo tasado tan sólo por el gusto de sumergirse en otras culturas, otras formas de vivir, otras costumbres, sabiendo de antemano que iban a ser culturas y formas de vivir y costumbres que no lo tenían contemplado a él, el viajero, y que no estarían por tanto pensados ni diseñados para él, ni a su medida, y que sería él, el viajero, el que hubiera de adecuarse a lo que había.
También es posible que viajase gente no tan rica ni tan desocupada pero impelida sí por quién sabe qué necesidad que a mí no se me esté ocurriendo. Pero, en cualquier caso, era el viajero el que se amoldaba al entorno, en todos los aspectos, desde los gestos a la vestimenta o a la forma de comportarse en cada lugar y cada ambiente.
La vestimenta. Me quedo atrapada en el tema de la vestimenta.
¿Cabe imaginarse una cena, ni siquiera una comida,  en el vagón restaurante del Orient Express  con los comensales ataviados con camisas (ellos) de manga corta, a cuadritos, y los faldones por fuera y, ellas, con camisetillas a rayas?
¿Cabe imaginarse un matrimonio compuesto de carnicera y charcutero moviéndose con un mínimo de gracia o de soltura en ambiente glamuroso?
¿Cabe imaginarse a una dama encopetada, de las de entonces, codeándose con estos personajes y comentando lo rica que está la comida?
¿Queda glamur en alguna parte?
¿De qué hay que vestirse y dónde ir a buscarlo?
Vivimos unos tiempos en que todos tenemos derecho a todo,  eso nadie lo duda; tiempos en los que quién se lo pueda permitir —aunque sea a base de pasar estrecheces para ir ahorrando o romper un cerdito alimentado moneda a moneda durante años — irá donde le venga en gana sin más objeto que el “darse un homenaje”.
Pero… ¿qué es darse un homenaje?
¿Amargar la vida del viajero de al lado que, a lo mejor, igual que yo, imaginó que encontraría glamur, lujo y encanto y todo lo que encontró fue un hatajo de horteras dándose el homenaje suyo?
Claro que, imagino también, no existe ese otro “viajero de al lado” al que amargar vida ninguna porque bastante inmerso andará él en, ataviado con su propia camisilla, amargar la del siguiente que, también en camisa, andará a su vez inmerso…
Vamos, que si alguna vez pensé — que no lo creo — en darme un homenaje, he cambiado de idea.
Y todo porque, en uno de esos ratos en que no sabe uno qué hacer con sus huesos, no se me ocurrió otra cosa que mirar la televisión.
Voy a darlo, sin embargo, por tiempo no perdido ya que, bueno, he aprendido algo que, por otra parte, debería estar sabiendo… Y sé, en realidad, pero siempre se guarda, en algún reducto estúpido del alma, la esperanza de que quizás en alguna parte del mundo o de otra alma quede un algo, un resquicio, un atisbo, de qué es la verdadera calidad de las cosas y que, también quizás, no sea dinero lo que hace falta para acceder a esa calidad y reconocerla.
Pero… ¿qué será esa otra cosa que hace falta?
¿Quién la tiene?
¿Dónde hay que ir y cómo hay que vestirse para salir a buscarla, y para reconocerla, y para que te reconozca?

Mandala (43)

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.