viernes, 26 de julio de 2013

SABER Y DESCONOCER

SABER Y DESCONOCER


Tres días, desde que leí este artículo, dando vueltas al intento de dar forma a sentimientos que no sé definir. Sé que pensé “hay algo que sé que puedo decir”, pero sin encontrar ni cómo era el algo ni cómo decirlo. Así que lo dejé, dormir, al pensamiento. Y he vuelto, varias veces, a leer el artículo y a seguir sin saberlo, y a volver a dejar dormir al pensamiento…
Cuando se tiene algo que bulle en la cabeza parece que los hechos cotidianos se confabulasen lanzando mensajes o tendiendo trampas; de forma parecida, se me ocurre, a cuando se tiene un dolorcillo en un dedo que puede ser el más pequeño, el meñique, y se percata uno de para cuantísimas cosas necesita ese dedo.
No sé cuáles han sido durante estos tres días los hechos cotidianos que tomando el artículo como punto de referencia — creo que sin yo saberlo, o no de forma consciente —  me trajeron a la memoria imágenes sueltas, bastante desdibujadas e inconexas, de el cuento El Principito.
No tengo el cuento a mano, pensé buscarlo en Internet para releerlo y encontrar una posible conexión; pero he preferido dejarlo estar y quedarme sólo con los retazos que mi mente parece haber seleccionado — o inventado —al puro azar en los que veo, al niñito, moviéndose por mundos en los que habitaba, en cada uno, alguien que lo sabía todo acerca de una sola cosa.
Y, bueno, así quedó la cosa y yo diciéndome “ha sido por lo del saber y el desconocimiento” pero, para seguir enredando — no yo sino los hechos cotidianos — ayer, ayer mismo por la mañana, ocurrió algo que…
Algo del todo absurdo, así que quien imagine algo de intriga ya lo puede ir dejando.
Caminaba por la calle y, al otro lado de la calzada, sobre el techo de un coche rojo aparcado igual que otros a lo largo del borde de la acera, el cuerpo de un gatillo pequeño, oscuro, tal vez negro, que se rebullía inquieto, asustado, y movía dubitativo, intranquilo, la cabeza. Pensé es muy pequeño y está perdido, seguro, no puedo dejarlo ahí. Y me acerqué, despacio, con cuidado e intención echarle mano.
Bueno, pues cuando estuve lo bastante cerca y alargando ya la mano es cuando vi que el cuerpo del gato era la cabeza de pelo muy oscuro de una joven — es una calle en la que viven muchos dominicanos, tan morenos — que, al gesticular hablando por un móvil, parada  en la acera, hacía que un moñete que llevaba en todo lo alto se moviese.
Y me volví a acordar, ahora sí sabía por qué, del Principito y aquel dibujo que, ¿cómo pueden las personas ser tan tercas?, todo el mundo se obstinaba en afirmar “es un sombrero” siendo — como lo era — claro como el agua que era una boa que se había tragado un elefante.
¿Cómo podían no verlo?
Todo muy disparatado, ¿verdad?
No más disparatado que la concepción del mundo y de su realidad, tan ahí, tan al alcance de la mano,  que todos tenemos y cada cual interpretamos en función de esos paradigmas — no sé si estoy traduciendo bien (o mis neuronas van a registrar mal) el significado de “paradigma” — que se han ido fraguando a lo largo de la vida y de vivencias y de fragmentos de experiencias que, al ir ensamblándose al amor y al amparo de las propias entendederas, han… ¿retroalimentado?, a esas mismas entendederas que, se supone, hubieran debido ser las que ayudasen a entender lo que debiera ser entendido para romper el cerco de una ignorancia aprendida a base de tenacidad , y de aplicación, y de paciencia y de obediencia.
Nota: No entra el comentario allí. 

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.