miércoles, 17 de julio de 2013

¿Cuando superaremos los nacionalismos? Artículo de Manuel Bautista

Alicia Bermúdez 17 julio, 2013 at 13:47 # 

Cuando el mundo echó a rodar no había ni fronteras ni países; eso que se llama fronteras naturales, sí, quizás. La geografía de un territorio y accidentes como las montañas y los ríos condicionarían, imagino, la forma de vida de quienes habitasen unos espacios u otros y el cómo sortear las dificultades y obtener beneficio de lo favorable. Y lo que había al otro lado del río o de la montaña, con sus gentes y sus formas de encarar el entorno con el de debían de contender causaría, en sus vecinos, una cierta sorpresa, perplejidad, y, quién sabe, si no un algo de envidia por lo que entendían favorable, deseable, y un algo de alivio por “anda, mira, nosotros tenemos tal o cual ventura de la que ellos carecen”.
¿Empezarían así las luchas entre los pueblos?
Pero también empezaría un interés por cooperar, ¿no?, aunque sólo fuese por un mero instinto de supervivencia.
Y el habla. Aquellos primeros sonidos, gruñidos, a lo mejor, ¿intentaban los de un lado imponer los suyos o más bien procuraban hacerse una composición de lugar de qué pudieran significar los gruñidos de los otros?
Pues habría de todo. El terco que dijese (a saber cómo) “tú me tienes que entender a mí por… que sí”, y, el otro, quizá terco también pero con la vista puesta en miras más anchas, que se hiciera el planteamiento de “a ver cómo entre unos y otros salimos adelante”.
A las alturas de civilización (o lo que esto que tenemos sea) a las que estamos la sensación que da es que los que ganaron fueron los tercos y los de las vistas cortas.
Sería bonito, muchas veces lo pienso, al ir a salir por la mañana de casa encontrarse en el ascensor con vecinos de lo más variado en razas, lenguas, costumbres, religiones, creencias, indumentarias, y todos tan relajados saludándose (con guiños o como se pudiera, que el “buen rollo” se entiende sin palabras) tan contentos y amables y, si las explicaderas alcanzasen, puede que un “encomiéndame si tienes un ratito a tu Dios cuando le reces, anda”.
Pero no. Guerras por religiones, guerras por repartos de los dineros, guerras por dónde va la raya “que me la estás pisando”, guerras por a ver en qué puñetas hablamos, guerras por a quién pertenece tal trozo de pan o tal prenda de abrigo, o tal techo sobre cuál cabeza.
Yo es que tengo una manera bastante primitiva de expresarme, un poco como de niño pequeño y mira que tengo años…
Pero que, resumiendo, Sr. Bautista, que le ha salido un artículo redondo y absolutamente delicioso.
Y yo creo que terminaremos consiguiendo lo que usted plantea. Aunque, eso sí, nos llevará (a los que ya estamos y a unas cuantas de las generaciones venideras) mucho tiempo, y mucho trabajo, y muchas dejaciones de estupideces y de mezquindades y de soberbias…
Pero siempre ha sido así en todo y para todo, ¿no?; una especie de ir desbastando, quitando aristas y limpiando de grasas (que es curioso, gente a la que le sobra a puñaos y otros en los huesos; y los gordos gastando en dietas de adelgazamiento y que ni un sonrojo cuando, tan sencillito, “pues coma usted menos”. Y me he salido del tema), y quedarnos, todos, con lo que de verdad debe — porque tiene que haberlo, seguro, un interés no ya mundial sino que hasta cósmico — de ser esencial.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.