domingo, 7 de julio de 2013

Becas, artículo de Enrique Sánchez Ludeña


Alicia Bermúdez 7 julio, 2013 at 20:21 # 

Titulaciones, documentos que acrediten que se es economista, cardiólogo, ingeniero de caminos, arquitecto, físico, químico, o cualesquiera de tantas otras cosas que se pueden ser para — que en definitiva es lo que a cada viviente importa — hacer más grata o confortable o soportable la forma de vivir (tanto la propia como la de quienes los rodean) que nos hemos montado.
Hay una cantidad apabullante de gente, preparada y titulada, que no encuentra trabajo; no hay trabajo para todos, y si no lo hay, ¿qué maldita falta nos están haciendo a nadie, ni qué falta se están haciendo a sí mismos, los titulados mediocres?
Los humanos somos egoístas, quizás, pero hay formas de egoísmo que son muy sensatas, y si entre todos estamos costeando la formación de quienes se van a ocupar de nuestra salud, y de nuestros habitáculos, y de nuestras carreteras, y de impartir justicia y de un montón de cosas más, no parece descabellado exigirles que den la talla.
Pero hay infinidad de profesionales, con títulos en los bolsillos, que son del todo mediocres, ¿y para titulados mediocres tiene sentido el propiciar que todo aquel al que se le que se le ponga entre ceja y ceja el tener un título haya de conseguirlo, aunque sea a trancas y a barrancas a cuenta de los contribuyentes?
El que tiene dinero y se lo puede permitir tiene derecho a, si lo desea, aplicar su dinero y el tiempo que le pueda llevar el conseguirla en adquirir una formación universitaria — lo mismo que se comprará un coche mejor o una casa más grande — que, luego, ya se verá si se le luce o no, y si llega a ser bueno en lo suyo o del montón y sin prestigio ninguno. Pero estará empleando su tiempo y su dinero.
El titulado excepcional siempre será otra cosa, rico o pobre; y si el que apunta maneras de ser un titulado excepcional no cuenta con recursos, por supuesto que es perfectamente razonable que toda la sociedad se implique en que salga adelante, que por un economista o por un cardiólogo o por un arquitecto o por un físico o por un químico o por cualquier profesional que de veras va a representar un bien para sus congéneres, naturalmente que merece la pena el esfuerzo. Pero por el mediocre no.
Creo que en Estados Unidos, universidades y grandes empresas llevan en su agenda el seguir como sabuesos las trayectorias de estudiantes que despuntan en determinadas materias, las que sean especialidad de la tal o la cual universidad o empresa; y eso está muy bien, ¿no?, eso es ejercer de mecenas, ¿no?, y de toda la vida de Dios el protegido ha respetado a su mecenas, y ha correspondido y ha estado a la altura de qué se esperaba de él, y no ha tomado el pelo al protector.
Pero, aquí y ahora en este mundo tan democrático que tenemos, y con tantos derechos que todos nos hemos arrogado, resulta que hasta el más muerto de hambre tiene que rascarse el bolsillo para sacar adelante a su vecino, si lo vale como si no, y ejercer con sus impuestos de mecenas sin haberlo elegido y sin derecho a rechistar ni a exigir que ese juez cuya formación he contribuido a costear me juzgue en condiciones, y que las casas que construyen los arquitectos sean todas perfectamente habitables, y que los economistas asesores de los gobernantes manejen correctamente los dineros, y que el gobernante que tiene la formación que yo no tengo me gobierne de manera impecable, que para eso he contribuido a que sepa lo que se supone que debe saber.
Así que becas, sí; pero que las den los mecenas. Y las que demos los contribuyentes que esté muy aquilatado y calibrado si el que va a recibirla la merece o no.
Y, en referencia a la última frase del artículo, a partir de “ni un segundo más”, me pregunto que ha ido pasando en las personas, en las formas de entender en las sociedades modernas qué es evolución y qué es progreso, para que todo nuestro objetivo sea el trabajar para ser más poderosos y para poseer más cosas, y hayamos dejado de lado “los asuntos esenciales: respirar, moverse, dormir, soñar, estudiar, observar, sentir, admirar y maravillarse, y todo aquello que nos haga más ligeros, más humildes y más felices.”.
No sé, pero en algún punto de nuestra historia torcimos por algún camino equivocado.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.