martes, 4 de junio de 2013

Texto 5.17

5.17 “Desde las investigaciones que se vienen desarrollando en torno al genoma se ha llegado a afirmar que podrán ser determinados los orígenes de cada imperfección. En ese discurso un poco infantil no se precisa qué es la imperfección, o quién o cómo se determina el modelo de perfección deseado. Parece que se piensa que un gen origina un fenotipo, y ello es absolutamente falso, porque una reacción del carácter, aun suponiendo que fuese fija, está determinada por un conjunto de genes y potenciada por lo ambiental. Probablemente toda enfermedad es patrocinada desde la influencia de uno o varios genes, e incluso en el conjunto del DNA estén contenidas todas las posibilidades, desde aberraciones desconocidas hasta cualidades sorprendentes”.


Alicia/Afrodita
4 junio, 2013
El sabor de una fruta, el olor de un perfume, a una persona le gusta y a otra no.
¿Eso sucede porque un mismo sabor, de una misma manzana por ejemplo, le sabe diferente a una que a otra; o les sabe igual pero tienen opinión distinta de qué es buen sabor?
¿Es un error el que comete la manzana por no gustar a uno?
¿Es equivocada la opinión del otro, a quien sí gusta?
Son preguntas absurdas que vaya usted a saber cuál es la respuesta, o quién la tiene. O si hay tantas respuestas como personas capaces de paladear y de opinar.
¿Y no existe la diversidad por obra y gracia (y por fortuna) de, entre otras cosas, una concatenación de la infinidad de errores de opinión y de apreciación de todos los que estamos en el mundo?
No entiendo de arte, no sé cuándo es bueno un cuadro y cuándo no; pero como veo lo diferentes que son los de Picasso de los de Velázquez sí entiendo que qué suerte que alguno (o los dos) estuviese teniendo una opinión equivocada o una percepción errónea.
Sin lo que cada cual a nuestro modo entendemos como imperfecto, si todo reflejo de una misma realidad fuera perfecto y por lo tanto idéntico para todos y desde todos los que la reflejamos, ¿merecería la pena pintar cuadros?, ¿merecería la pena mirar unas segundas Meninas exactas a las primeras?
Y los músicos, y los poetas, y los actores, y los directores de cine y de teatro…
¿Para qué buscar la perfección si, total, la perfección no va a tener más encanto que el de ser idéntica a sí misma?
Bueno, que a lo mejor buscarla sí. Pero no encontrarla. Lo bueno es buscarla siempre y no encontrarla nunca. Y seguir buscando. Y alcanzar nuevos logros, todos y cada uno diferentes del logro anterior, y todos imperfectos.
Y, un día, en justo castigo… ¿por qué, por terminar la búsqueda, el empeño, y misión cumplida tumbarse panza arriba a celebrarlo? No sé, pero en castigo (lo de justo me lo puedo saltar) se alcanza la perfección y se acaba el afán y — perdón pero es que es una frase, la siguiente, que me sale siempre hecha — se jode el invento porque y después de la perfección, ¿qué?
O un ama de casa cocinando unas lentejas.
¿No les salen diferentes a todas? ¿No nos encantaba a todos, de niños, comer en casa de alguna vecina lo mismo pero distinto de cómo lo cocinaba nuestra madre?
¿Quién soportaría, un día tras otro, perfección y sólo perfección a todas horas?
La única respuesta que se me ocurre es que nada más los seres perfectos.
Que puede estar muy bien, que no digo que no. Pero cuando todos seamos perfectos nuestro mundo lo será también. Y ya no haremos falta. Y el mundo no hará falta. Y se terminará y nos tendremos que ir, a buscar otro.
Y otra vez a perseguir la perfección nuestra y nueva que malogrará la imperfección de ese nuevo mundo a estrenar. Y otra vez se joderá el invento. Pero de forma diferente, eso sí y gracias a Dios… Que parece que, para cada paso evolutivo, maquinase una vuelta más de tuerca, un nuevo obstáculo, reto que superar que… “¿pero y esto aquí?”.

En comentarios al artículo titulado Miguel, de Enrique Sánchez Ludeña

Alicia Bermúdez 4 junio, 2013 at 12:47 # 
Y a pesar de todo todos seguimos formando un todo heterogéneo. A pesar de todo, y de todos, todos tenemos un poco de Miguel, y un poco del niño de las gafas, y un poco del de las orejas de soplillo y de la niña seria y aplicada, y de artistas y de poetas y de dibujantes y de contadores de historias y de descubridores de ritmos; y, todo eso, a pesar de que todos somos más o menos y de una forma u otra sacrificados desde niños; a pesar de que se nos pretendan amputar o adormecer unas u otras capacidades en función de las modas e intereses que imperen en cada momento — y que han imperado siempre, aunque no siempre iguales —, algo en lo más profundo del ser humano se resiste a no ser o ser (es que me gustan los juegos de palabras) arrancado.
A lo mejor incluso — que incluso a lo mejor es que tengo yo hoy un día en los que sin saber mucho por qué se siente uno/a optimista — todas esas trabas que obstaculizan (o lo pretenden) crecer y alcanzar la tan ansiada (¿y merecida?) libertad son, de algún modo, el acicate para buscarla por medios y con criterios propios.
Bueno, todo lo propios que podamos considerar a nuestros criterios y a nuestros medios teniendo en cuenta que se han ido forjando a base del ensamblaje de tantas piezas diferentes como, entre todos y aportando cada cual la nuestra, componemos el puzzle de… ¿el Cosmos entero, o estoy exagerando?
Que es que a veces se me va la mano. Y no porque no, como a todos, hubiese (ya hace mucho) alguien dispuesto a cortarme las alas.
Pero…

Beatriz

Se habló en estos días en los medios de comunicación. Finalmente le han practicado una cesárea y, parece que no podía ser de otro modo, el feto no pudo sobrevivir.
No hubiese sobrevivido, se dice, incluso en condiciones normales y aunque el parto hubiera sido normal.
Pero esa criatura, el feto, tuvo vida, durante las semanas (creo haber oído veinticuatro) que permaneció gestándose y creciendo en el vientre de la madre.
Murió sin haber llegado a ver el mundo, pero… ¿Lo habría visto?
¿Habría podido percibir el mundo no teniendo cerebro?
No habría nunca podido pensar, imagino que no habría podido sentir, ni dolor ni placer ni emociones. No habría podido tomar decisiones, ni saber siquiera qué es tomar decisiones. Su existir entre los mortales habría permanecido al margen del error y de la culpa, del bien y del mal; todo su incidir en el mundo tangible, racional y razonable, habría quedado circunscrito al mundo de sus seres cercanos, padres, hermanos, y de quienes hubieran debido atenderle, y cuidarle,  y amarlo u odiarlo o sufrirlo en función de hasta qué punto les resultara dolorosa la carga.
Y nada más.
¿O sí algo más?
Gracias a su presencia esas otras personas habrían[1] visto modificadas sus vidas, sus propios procesos evolutivos, y le estarían siendo deudores (o deudos) de algo o por algo que sin su presencia no habría sido lo mismo.
Se utiliza la expresión, para este tipo de seres, “ser como un vegetal”.
¿Es que los vegetales no crecen, no viven, no respiran, no se nota como prosperan y mejora su aspecto cuando se los cuida?
¿No luchan, con sus propios criterios, por su supervivencia?
¿No se resisten a morir?
¿No tienen su para qué las plantas aunque carezcan de razón ni de razones que las personas podamos comprender más allá de su aspectos benéficos (las medicinales) o nocivos (las venenosas) o decorativos las llamadas sencillamente “ornamentales” que, por cierto, son nada más ornamentales?
¿No proporcionan placer, satisfacción, alegría, bienestar,  a quienes las rodean o se rodean de ellas?
¿No fastidian un poco cuando hay que regarlas y abonarlas y trasplantarlas?
Y, todo eso, sin necesidad alguna de tener ese sistema al que los humanos damos tanta importancia y llamamos “nervioso” y nos pone, a tantos tantas veces, tan de los nervios…






[1] Nunca me aclaro con la conjugación del verbo haber. No distingo en determinadas frases si lo correcto es “habría” o si debería — ¿o debiera o debiese? — utilizarse hubiera o hubiese.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.