domingo, 19 de mayo de 2013

A Mandrágora en 5.14


Alicia
19 mayo, 2013
A mí me parece que cada persona somos tres — ¿como la Trinidad?, no; pero si tres —: el que de verdad somos, el que creemos ser, y el que supone quien nos observa, o nos piensa o nos imagina.
Lo digo por tu pregunta “¿Qué nos hace actuar de modo diferente a lo que parece que somos?”.
A mi vez me pregunto si a lo que parece a los otros que somos o a lo que nos parece que somos a nosotros mismos.
Qué parecemos a los demás es más complicado de saber, supongo, y tan sólo nos cabe imaginar cómo nos percibirán a partir de cómo a base de cuidado y de esmero nos mostramos. Unas personas se esfuerzan por ser consideradas bondadosas, otras simpáticas, otras seguras de sí mismas, otras… pues lo que sea. Y aunque siempre aparecerán fisuras, o los otros nos encontrarán fisuras en función de lo perspicaces que a su vez sean, esos otros seguirán su camino, algo decepcionados tal vez si es que los defraudamos, pero lo seguirán sin más problema (salvo los suyos propios, claro) porque no es de ellos la responsabilidad de resolvernos. Aunque a lo mejor — pienso — quizás un poco sí, pero responsabilidad pequeña.
Cada cual sí tenemos la responsabilidad, grande e ineludible, de resolvernos.
Tal vez ese sea el motivo de la tan denostada dualidad, el “eterno monstruo” que como tú muy bien dices es (en mi opinión) algo a lo que deberíamos dar gracias por estar representando la constante búsqueda del verdadero ser que habita en cada uno de nosotros.
Creo que en cualquier manifestación del arte afloran mucho esa manifestación de la dualidad y ese empecinamiento del verdadero ser oculto por hacerse un hueco. Sin la dualidad me temo que el mundo de los humanos sería plano, sin rasgos ni matices, y un aburrimiento insufrible.
Pero creo también que un error al que no podemos sustraernos, porque va también en la esencia de la naturaleza humana, es imaginar que esa resolución del “yo” va a alcanzarla la persona que somos, con el cuerpo que tenemos, y habitando dentro de él.
Y a lo mejor la misión del cuerpo es justamente actuar de tirano, generar la lucha y el conflicto que servirán de impulso para, ya en otra parte y sin este cuerpo, recoger, de alguna manera, unos frutos que desde “nuestro aquí” se nos antojan (no sin una cierta razón muy humana) ajenos y lejanos.
Porque el cuerpo es muy (con perdón) cabrón y egoísta y lo quiere todo para sí; y estar presente y vivir en su carne la gloria de la resurrección que tu mencionas. Pero, luego, fuera de él, quizás lo que resulte muy ajeno y lejano sea lo que experimentamos mientras estuvimos en él; y que nos cause risa tanto como nos hizo pelear y batallar y padecer.
Son estas, Mandrágora, reflexiones surgidas a raíz de tu comentario. Prueba, tal vez, de que un poquito sí que nos resolvemos los unos a los otros.
Y quiero darte las gracias por ello.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.