sábado, 18 de mayo de 2013

En comentarios al texto 5.14

Nadie sabemos qué debemos hacer con nuestra vida, ni para qué dedicación nos eligió el destino, o si era el “yo” el que debía elegir al destino. Pero entre tanto vivimos en un constante debatir, en cada instante, de a cuál de los dos toca la baza en el instante siguiente; y sin saber, también a cada instante, si nos precipitamos o nos rezagamos o si lo torcimos o nos hizo trampa.
Pero actuamos, no queda más remedio, aunque la opción que tomemos sea hacernos un ovillo y esperar a aclararnos estaremos actuando y teniendo una responsabilidad (aunque la desconozcamos) en lo que sucedió o dejó de suceder por causa de nuestro aovillamiento.
Incluso cuando afirmamos saber qué queremos y a qué queremos dedicar nuestra vida y nuestro afán, ¿somos conscientes de si lo que nos mueve es la voluntad y no sólo el deseo?
Estamos educados a que cualquier propósito llevado a cabo se materialice en algún resultado perceptible a simple vista, o a simple oído, o a simple tacto, o a simple gusto o a simple olfato, por los demás. Y a lo mejor no nos lo creemos del todo, a lo mejor tenemos una vaga sensación de que “hacemos” cosas que quedan fuera del ámbito de las percepciones inmediatas; pero, a ese tipo de cosas, les reconocemos tan poquita utilidad…
El hacer o no hacer solemos valorarlo en función de qué reporta a los aspectos prácticos de la vida, y centrarlo en la subsistencia, en el permanecer y en el dejar constancia de que somos — no qué somos,  que suele no proceder ni el plantearse, y si se plantea no debe cometerse la grosería, o la frivolidad,  de expresarlo — lo que se espera de nosotros y de que estamos en el lugar que nos corresponde.
Y todos nuestros actos quedan así sometidos a criterios de algo que se parece mucho a la productividad, porque todos nuestros actos han de representar un lucro (material o espiritual) o una posibilidad de trueque; y si no es así, en nuestro cada día, nos iremos a la cama por la noche con la desazón de “hoy no he hecho nada”.
Así que todo esfuerzo suele aplicarse a la actividad laboral cabalmente desempeñada, a la profesionalidad, a que el hogar esté en orden si se es ama de casa, a que las multas estén debidamente puestas (e impuestas) si se es guardián de la ORA, a que el reo esté correcta y puntualmente ejecutado si se es verdugo…
Y, caramba; después de tanto trajín se tiene derecho al esparcimiento.
Y el ocio se suele emplear en desvivirse buscando formas nuevas con que matar el tedio.
¿Qué tiempo queda para buscar a ese “uno mismo” que cada cual tiene la sensación de llevar dentro? ¿Qué tiempo para dedicarlo a ese “uno mismo” con el que tanto terror daría encontrarse?

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.