sábado, 9 de marzo de 2013

En comentarios al texto 5.4


Afrodita/Alicia
9 marzo, 2013
Queda tan gráfica, tan plástica en el texto del autor la escena, que cabe imaginar al gen como un pavo real vanidoso desplegando sus encantos de colores en forma de abanico y, a ella, la proteína, una especie de remedo de señorita exuberante y algo insulsa, una muñeca rellena de silicona y botox meneando, coqueta, el…, bueno, escribiré “las caderas”.
Cabe, a la vista de tan pintoresco fotograma, imaginar también qué pactos y alianzas pueden darse entre dos elementos tan… “Tan” pero no más — aunque tampoco menos — que las alianzas y los pactos a que pueda llegarse entre individuos/elementos de diferentes sexos (o aun iguales, por no ir en contra de los tiempos) frente a situaciones de la vida cotidiana que, luego, terminan como terminan y sucede tantas veces lo que pasa.
Me lo puedo imaginar así — el cortejo, el devaneo — porque pese a mis casi por completo nulos conocimientos al respecto sé que, aunque nunca los haya visto con mis ojos, tienen tanto la proteína como el gen una estructura, una composición y una consistencia constatada por científicos e investigadores y expertos en la materia. Puedo, por tanto y en nombre de mi ignorancia, imaginar y escribir tonterías muy fácilmente refutables.
Así que voy a abandonar ese terreno en el que me muevo con tanta desventaja y voy a marcharme a otro en el que mi desventaja no supera a la de ningún otro mortal que pueda, con autoridad y conocimiento de causa — aunque sí con opiniones y criterios, por supuesto, tan subjetivos como los míos — decirme que estoy escribiendo disparates.
Me refiero al antes y al después de la materia; al, aunque sea para ponerme cursi, el espíritu y el alma.
Siempre he tenido dudas acerca de sus similitudes y diferencias, así que se me ocurre mirarlo en el diccionario de la RAE y encuentro que la definición para espíritu es “alma racional”, llegando a sí a la conclusión de que hay otra, alma, no racional, que doy en entender yo a mi manera como “alma” a secas, y que se me antoja equiparar (ya que me pongo) con la proteína coquetuela…
Así que dispongo, para mi razonamiento, de:
A. Un espíritu que vendría a ser el gen.
B. Un alma que vendría a ser la proteína.
Y con ese planteamiento me pregunto a qué pactos y alianzas estarán, tan ajenos ellos a tantas y tan complejas reacciones químicas como se dan en el laboratorio que es el cuerpo, abocados en su andadura común, en ese tramo del camino en el que nosotros, las personas, nos arrogamos el derecho de establecer un paralelismo entre lo imaginado/intuido/fantaseado/presentido y lo que con datos constatables y homologados conocemos.
Que no es que diga yo que no.
Pero sí que por qué no plantearse el asimilar lo de dentro a lo de fuera en vez de lo de fuera a lo de de dentro.
Me contesto que porque nos quedaríamos todos con el… —ahora sí que voy a escribir “culo” — al aire.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.