martes, 10 de diciembre de 2013

La mendiga y la infanta

Al bar donde acostumbro ir a comer viene con frecuencia una extrajera, rumana creo, que les pide un café para llevar que paga con las monedas que los transeúntes le han ido dejando al cruzar el semáforo.
Monedas, algún cigarrillo, de los que voluntaria y ocasionalmente se desprenden unos y otros y por los que da las gracias sonriente.
Duerme en la calle, esta mujer rumana, y me comentaba hace unos días en su lengua extraña que qué frío por las noches, y se señalaba la espalda que le dolía, y apuntaba al lugar en el que duerme sobre cartones.
No tengo más simpatía por la infanta Cristina que por esta rumana, ni creo que tenga más derecho a confort  la infanta que ella; y sin embargo, y no voluntariamente ni con agrado, he aportado mi óbolo — que de los 600 y pico mil euros del  dinero público del que se ha beneficiado imagino que algunos centimillos serían míos — para la remodelación del palacete de Pedralbes que ahora está en venta.
Yo, y tantos ciudadanos.
Y la infanta no es sólo que no haya tenido el detalle de pedírnoslo por favor, es que no nos ha dedicado una sonrisa ni nos ha dado las gracias.

Expte. 8549237 G

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.