domingo, 28 de julio de 2013

Texto 6.1

Publicado por  el jul 28, 2013 en Prólogo a la carta número seis. Otros sueños 

6.1 “Cuando se tejen laberintos con intereses y sentimientos, cuando aparece distorsionada la intención por el estado anímico, cuando los colores se niegan a las formas que han construido los sistemas, han de limpiarse los cuarzos que iluminan la inteligencia para que se liberen todos los impulsos y brillos que secuestraron el yo”.
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MÁS RÁPIDO QUE LA VELOCIDAD DE LA LUZ, por Taid Rodríguez

Valentina, domingo 4 de agosto de 395.427 at 13:51 # 

Las personas tratamos muchas veces de fantasear lugares y momentos que imaginamos en el futuro en el Tiempo y lejos en el Espacio; así debió de nacer la Ciencia Ficción que tanto éxito ha alcanzado en cine y en literatura. Pero a fin de cuentas lo que la Ciencia Ficción muestra no es ningún descubrimiento, es sólo una especie de “bricolaje” en el que los elementos que se combinan, sean de índole material y tangible o inmaterial e intangible, son todos cotidianos y de uso conocido y contrastado. Nada de lo que forma parte de la ficción de la que somos capaces lleva en su composición algo que vaya más allá de lo descubierto, algo que sea inventado.
Se logran así, pues… los robots, por ejemplo, carrocerías metálicas como puedan ser las de los coches, movidas por motores que ya estaban ahí tanto si son de molinillo de café o de avión a mucha reacción. Y, ¿los sentimientos?, pues los de la moral y la ética y la justicia — para los robots buenos — que puedan alentar al más filántropo y altruista y generoso de los seres humanos y, para los robots malos, la crueldad y la miseria y las aberraciones de las que podemos ser capaces los humanos. Pero ni un paso más.
Es la idea central que me sugiere este artículo de Taid.
La imposibilidad de crear una inteligencia “más inteligente” que la del que trata de crearla.
Una vez intenté leer… Me voy de una cosa a otra, pero qué más da, la Constitución no dice nada de que todo español/a esté obligado a ser coherente y ordenado. Intenté leer, decía — que no lo conseguí, para decir la verdad — nada menos que La Crítica de la Razón Pura.
De lo poco con lo que me quedé, saltando páginas, digiriendo malamente alguna que otra frase aislada y, por tanto, sacada de contexto, saqué la conclusión de que — con todos mis respetos para el señor Kant — por muy filósofo que se sea y por mucho que uno se devane los sesos no podrá alcanzar ni un Dios ni un Universo mayores ni distintos del Dios y el Universo que puedan caber en su cabeza.
Porque yo me digo que el que es capaz de crear algo superior a sí mismo es que ya está siendo superior a sí mismo ¿O no?
Otra vez… Me vuelvo a ir de una cosa a otra, hablando con un amigo le pregunté “¿te imaginas que en el futuro alguien abra un cajón y se encuentre un papel fechado en 257.493?” Bueno, el año entonces lo dije al tuntún, no me acuerdo cual, y ahora al tuntún también. Mi amigo, que sabe mucho de todo, se rió.
No es que quiera tirarme el pegote de ser muy ocurrente pero es que, caramba, siempre imaginamos lo desconocido suponiéndole añadidos de lo que ya tenemos y con los que ya contamos, pero por lo general no lo despojamos de la inmediatez conocida y familiar; vamos, que nos resistimos aunque sea de forma inconsciente a vernos “fuera de la película” ya sea en nosotros mismos o en otros, pero humanos.
Bueno. El artículo de Taid habla de muchas más cosas. Pero los comentarios intelectuales y más profundos, los que requieren unos conocimientos y una capacidad de análisis — un poquito estructurada, por lo menos, que yo no tengo — los dejo para que los hagáis a la vuelta tantas cabezas pensantes (“bienpensantes” ha de entenderse) que andáis disfrutando de las vacaciones.
Y como en vacaciones no parece disparatado del todo tomarse pequeñas licencias, me permitiréis (espero) que me haya tomado yo ésta…
En Madrid, domingo, 04 de agosto de 395.427
Besos
Alicia

viernes, 26 de julio de 2013

SABER Y DESCONOCER

SABER Y DESCONOCER


Tres días, desde que leí este artículo, dando vueltas al intento de dar forma a sentimientos que no sé definir. Sé que pensé “hay algo que sé que puedo decir”, pero sin encontrar ni cómo era el algo ni cómo decirlo. Así que lo dejé, dormir, al pensamiento. Y he vuelto, varias veces, a leer el artículo y a seguir sin saberlo, y a volver a dejar dormir al pensamiento…
Cuando se tiene algo que bulle en la cabeza parece que los hechos cotidianos se confabulasen lanzando mensajes o tendiendo trampas; de forma parecida, se me ocurre, a cuando se tiene un dolorcillo en un dedo que puede ser el más pequeño, el meñique, y se percata uno de para cuantísimas cosas necesita ese dedo.
No sé cuáles han sido durante estos tres días los hechos cotidianos que tomando el artículo como punto de referencia — creo que sin yo saberlo, o no de forma consciente —  me trajeron a la memoria imágenes sueltas, bastante desdibujadas e inconexas, de el cuento El Principito.
No tengo el cuento a mano, pensé buscarlo en Internet para releerlo y encontrar una posible conexión; pero he preferido dejarlo estar y quedarme sólo con los retazos que mi mente parece haber seleccionado — o inventado —al puro azar en los que veo, al niñito, moviéndose por mundos en los que habitaba, en cada uno, alguien que lo sabía todo acerca de una sola cosa.
Y, bueno, así quedó la cosa y yo diciéndome “ha sido por lo del saber y el desconocimiento” pero, para seguir enredando — no yo sino los hechos cotidianos — ayer, ayer mismo por la mañana, ocurrió algo que…
Algo del todo absurdo, así que quien imagine algo de intriga ya lo puede ir dejando.
Caminaba por la calle y, al otro lado de la calzada, sobre el techo de un coche rojo aparcado igual que otros a lo largo del borde de la acera, el cuerpo de un gatillo pequeño, oscuro, tal vez negro, que se rebullía inquieto, asustado, y movía dubitativo, intranquilo, la cabeza. Pensé es muy pequeño y está perdido, seguro, no puedo dejarlo ahí. Y me acerqué, despacio, con cuidado e intención echarle mano.
Bueno, pues cuando estuve lo bastante cerca y alargando ya la mano es cuando vi que el cuerpo del gato era la cabeza de pelo muy oscuro de una joven — es una calle en la que viven muchos dominicanos, tan morenos — que, al gesticular hablando por un móvil, parada  en la acera, hacía que un moñete que llevaba en todo lo alto se moviese.
Y me volví a acordar, ahora sí sabía por qué, del Principito y aquel dibujo que, ¿cómo pueden las personas ser tan tercas?, todo el mundo se obstinaba en afirmar “es un sombrero” siendo — como lo era — claro como el agua que era una boa que se había tragado un elefante.
¿Cómo podían no verlo?
Todo muy disparatado, ¿verdad?
No más disparatado que la concepción del mundo y de su realidad, tan ahí, tan al alcance de la mano,  que todos tenemos y cada cual interpretamos en función de esos paradigmas — no sé si estoy traduciendo bien (o mis neuronas van a registrar mal) el significado de “paradigma” — que se han ido fraguando a lo largo de la vida y de vivencias y de fragmentos de experiencias que, al ir ensamblándose al amor y al amparo de las propias entendederas, han… ¿retroalimentado?, a esas mismas entendederas que, se supone, hubieran debido ser las que ayudasen a entender lo que debiera ser entendido para romper el cerco de una ignorancia aprendida a base de tenacidad , y de aplicación, y de paciencia y de obediencia.
Nota: No entra el comentario allí. 

martes, 23 de julio de 2013

A Duende en texto 5.24

Me temo, Duende, que nadie va a poder darte la explicación que pides.
Llevo participando en este blog desde que echó a andar, y en infinidad de ocasiones — vamos, que en casi todas — me ocurre lo mismo que a ti, y me siento tentada de clamar “¡¡¡que alguien me lo explique, por favor!!!”.
Luego entiendo, eso sí lo entiendo, que en el mundo del pensamiento nada tiene una interpretación única,  y que — tal vez — no siempre ha de ser obligatoriamente la Razón quien entienda y se lo dé, al pensante, cocinado y masticado. Y que la interpretación que cada cual hacemos, esa sí, es irrepetible y única.
Si acabas de llegar a este blog te recomendaría, si no conoces el libro en el que se basa, que echaras un vistazo hacia atrás, leyeras los textos desde el principio; ahí tal vez te hicieras una idea — la tuya, personal e intransferible  — de qué pretende (que no me parece "pretender"la palabra acertada, pero no encuentro otra) trasmitir el libro y de que todos los que comentamos nos movemos por los textos y por los comentarios pues… como podemos; como en la vida misma.
¿Y no vivimos cada día sin estar, muchísimas veces, entendiendo la vida?
He leído tu comentario en Otras Políticas; ahí haces una pregunta,  “Quizás hay ocasiones donde todos pensamos lo mismo y realmente sea lo mismo, ¿o no?”.

Bueno, pues yo me tomo la libertad de opinar y responderte que no; que nada es lo mismo. Y que si tu razón no entiende, pues algo habrá de ti, o en ti, que de alguna manera sí que entienda, y que a ti mismo te sorprenda.

miércoles, 17 de julio de 2013

¿Cuando superaremos los nacionalismos? Artículo de Manuel Bautista

Alicia Bermúdez 17 julio, 2013 at 13:47 # 

Cuando el mundo echó a rodar no había ni fronteras ni países; eso que se llama fronteras naturales, sí, quizás. La geografía de un territorio y accidentes como las montañas y los ríos condicionarían, imagino, la forma de vida de quienes habitasen unos espacios u otros y el cómo sortear las dificultades y obtener beneficio de lo favorable. Y lo que había al otro lado del río o de la montaña, con sus gentes y sus formas de encarar el entorno con el de debían de contender causaría, en sus vecinos, una cierta sorpresa, perplejidad, y, quién sabe, si no un algo de envidia por lo que entendían favorable, deseable, y un algo de alivio por “anda, mira, nosotros tenemos tal o cual ventura de la que ellos carecen”.
¿Empezarían así las luchas entre los pueblos?
Pero también empezaría un interés por cooperar, ¿no?, aunque sólo fuese por un mero instinto de supervivencia.
Y el habla. Aquellos primeros sonidos, gruñidos, a lo mejor, ¿intentaban los de un lado imponer los suyos o más bien procuraban hacerse una composición de lugar de qué pudieran significar los gruñidos de los otros?
Pues habría de todo. El terco que dijese (a saber cómo) “tú me tienes que entender a mí por… que sí”, y, el otro, quizá terco también pero con la vista puesta en miras más anchas, que se hiciera el planteamiento de “a ver cómo entre unos y otros salimos adelante”.
A las alturas de civilización (o lo que esto que tenemos sea) a las que estamos la sensación que da es que los que ganaron fueron los tercos y los de las vistas cortas.
Sería bonito, muchas veces lo pienso, al ir a salir por la mañana de casa encontrarse en el ascensor con vecinos de lo más variado en razas, lenguas, costumbres, religiones, creencias, indumentarias, y todos tan relajados saludándose (con guiños o como se pudiera, que el “buen rollo” se entiende sin palabras) tan contentos y amables y, si las explicaderas alcanzasen, puede que un “encomiéndame si tienes un ratito a tu Dios cuando le reces, anda”.
Pero no. Guerras por religiones, guerras por repartos de los dineros, guerras por dónde va la raya “que me la estás pisando”, guerras por a ver en qué puñetas hablamos, guerras por a quién pertenece tal trozo de pan o tal prenda de abrigo, o tal techo sobre cuál cabeza.
Yo es que tengo una manera bastante primitiva de expresarme, un poco como de niño pequeño y mira que tengo años…
Pero que, resumiendo, Sr. Bautista, que le ha salido un artículo redondo y absolutamente delicioso.
Y yo creo que terminaremos consiguiendo lo que usted plantea. Aunque, eso sí, nos llevará (a los que ya estamos y a unas cuantas de las generaciones venideras) mucho tiempo, y mucho trabajo, y muchas dejaciones de estupideces y de mezquindades y de soberbias…
Pero siempre ha sido así en todo y para todo, ¿no?; una especie de ir desbastando, quitando aristas y limpiando de grasas (que es curioso, gente a la que le sobra a puñaos y otros en los huesos; y los gordos gastando en dietas de adelgazamiento y que ni un sonrojo cuando, tan sencillito, “pues coma usted menos”. Y me he salido del tema), y quedarnos, todos, con lo que de verdad debe — porque tiene que haberlo, seguro, un interés no ya mundial sino que hasta cósmico — de ser esencial.

lunes, 8 de julio de 2013

¿Le queda algo que aportar a la izquierda? Artículo de Manuel Bautista

¿No tienen algo de apolillao, de decadente sin encanto — porque lo decadente con encanto sí que tiene su aquel — tanto la izquierda como la derecha?
Lo mismo una que otra me trae a la cabeza montones de escombros, de cascotes o de restos de un derribo que en nada se parecen a unas ruinas que puedan despertar un algo de nostalgia.
¿Y si es que ninguna de las dos tiene las soluciones para los males que nos aquejan hoy en día?
A mí me parece que ambas estuvieron diseñadas para arrastrar, cada una a su manera, a las masas; pero también me parece que hoy por hoy las masas son cada vez más pequeñas, que quedan cada vez menos multitudes susceptibles de ser aglutinadas bajo banderas o consignas sean del color que sean. Quedan, sí, pero quizás no muchas más de las que pueda arrastrar, por poner un ejemplo, cualquier tipo de manifestación por las calles de cualquier ciudad reivindicando lo que sea y sea el “lo que sea” propugnado por la izquierda o por la derecha; unos cuantos cientos de miles de personas allí, dando la sensación de una homogeneidad que puestos a arañar un poquito se vería que en realidad no es tal. Y el resto del personal, el que no se manifiesta, ¿es que todo el mundo es gris y amorfo, es que a todos los que no se expresan les da igual una que otra?
A mí me parece que no y que lo que pasa es que cada vez hay más personas que se sienten o nos sentimos solas, que no hay ningunas siglas con las que nos sintamos identificados ni respondan a nuestras inquietudes, que, por otra parte, son tan diferentes de “cada uno” a de “cada otro” porque cada cual tiene su propia escala de valores que, a lo mejor, haría poner el grito en el cielo a su vecino, que lo ve cada día como tan normal y tan parecido a sí mismo.
Vamos, que creo que es el individuo a su pequeña escala y con su pequeña voz (la suya, no la de su amo) el que tiene en sus manos el modificar su pequeño entorno a base, tal vez, de muy pequeños gestos alentados, o movidos, por una voluntad cada vez mayor de encontrar su propio camino más allá de la subsistencia.
Que ya no es época ni son tiempos de grandes partidos prometiendo… ¿qué?
Quizás cuando salgamos de la célebre crisis todos lo hagamos trasformados, como cuando se sobrevive a una enfermedad grave, y entendamos nuestro destino de otra manera; puede, incluso, que sin ser conscientes de ello, lo estemos empezando a entender…
No sé si es que me he levantado hoy yo rara, optimista o algo así; que en mi juicio (poco o mucho, el que tenga) sí que debo de estar porque, lo prometo, todo lo que he tomado ha sido un café con leche.



domingo, 7 de julio de 2013

Becas, artículo de Enrique Sánchez Ludeña


Alicia Bermúdez 7 julio, 2013 at 20:21 # 

Titulaciones, documentos que acrediten que se es economista, cardiólogo, ingeniero de caminos, arquitecto, físico, químico, o cualesquiera de tantas otras cosas que se pueden ser para — que en definitiva es lo que a cada viviente importa — hacer más grata o confortable o soportable la forma de vivir (tanto la propia como la de quienes los rodean) que nos hemos montado.
Hay una cantidad apabullante de gente, preparada y titulada, que no encuentra trabajo; no hay trabajo para todos, y si no lo hay, ¿qué maldita falta nos están haciendo a nadie, ni qué falta se están haciendo a sí mismos, los titulados mediocres?
Los humanos somos egoístas, quizás, pero hay formas de egoísmo que son muy sensatas, y si entre todos estamos costeando la formación de quienes se van a ocupar de nuestra salud, y de nuestros habitáculos, y de nuestras carreteras, y de impartir justicia y de un montón de cosas más, no parece descabellado exigirles que den la talla.
Pero hay infinidad de profesionales, con títulos en los bolsillos, que son del todo mediocres, ¿y para titulados mediocres tiene sentido el propiciar que todo aquel al que se le que se le ponga entre ceja y ceja el tener un título haya de conseguirlo, aunque sea a trancas y a barrancas a cuenta de los contribuyentes?
El que tiene dinero y se lo puede permitir tiene derecho a, si lo desea, aplicar su dinero y el tiempo que le pueda llevar el conseguirla en adquirir una formación universitaria — lo mismo que se comprará un coche mejor o una casa más grande — que, luego, ya se verá si se le luce o no, y si llega a ser bueno en lo suyo o del montón y sin prestigio ninguno. Pero estará empleando su tiempo y su dinero.
El titulado excepcional siempre será otra cosa, rico o pobre; y si el que apunta maneras de ser un titulado excepcional no cuenta con recursos, por supuesto que es perfectamente razonable que toda la sociedad se implique en que salga adelante, que por un economista o por un cardiólogo o por un arquitecto o por un físico o por un químico o por cualquier profesional que de veras va a representar un bien para sus congéneres, naturalmente que merece la pena el esfuerzo. Pero por el mediocre no.
Creo que en Estados Unidos, universidades y grandes empresas llevan en su agenda el seguir como sabuesos las trayectorias de estudiantes que despuntan en determinadas materias, las que sean especialidad de la tal o la cual universidad o empresa; y eso está muy bien, ¿no?, eso es ejercer de mecenas, ¿no?, y de toda la vida de Dios el protegido ha respetado a su mecenas, y ha correspondido y ha estado a la altura de qué se esperaba de él, y no ha tomado el pelo al protector.
Pero, aquí y ahora en este mundo tan democrático que tenemos, y con tantos derechos que todos nos hemos arrogado, resulta que hasta el más muerto de hambre tiene que rascarse el bolsillo para sacar adelante a su vecino, si lo vale como si no, y ejercer con sus impuestos de mecenas sin haberlo elegido y sin derecho a rechistar ni a exigir que ese juez cuya formación he contribuido a costear me juzgue en condiciones, y que las casas que construyen los arquitectos sean todas perfectamente habitables, y que los economistas asesores de los gobernantes manejen correctamente los dineros, y que el gobernante que tiene la formación que yo no tengo me gobierne de manera impecable, que para eso he contribuido a que sepa lo que se supone que debe saber.
Así que becas, sí; pero que las den los mecenas. Y las que demos los contribuyentes que esté muy aquilatado y calibrado si el que va a recibirla la merece o no.
Y, en referencia a la última frase del artículo, a partir de “ni un segundo más”, me pregunto que ha ido pasando en las personas, en las formas de entender en las sociedades modernas qué es evolución y qué es progreso, para que todo nuestro objetivo sea el trabajar para ser más poderosos y para poseer más cosas, y hayamos dejado de lado “los asuntos esenciales: respirar, moverse, dormir, soñar, estudiar, observar, sentir, admirar y maravillarse, y todo aquello que nos haga más ligeros, más humildes y más felices.”.
No sé, pero en algún punto de nuestra historia torcimos por algún camino equivocado.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.