martes, 4 de junio de 2013

Beatriz

Se habló en estos días en los medios de comunicación. Finalmente le han practicado una cesárea y, parece que no podía ser de otro modo, el feto no pudo sobrevivir.
No hubiese sobrevivido, se dice, incluso en condiciones normales y aunque el parto hubiera sido normal.
Pero esa criatura, el feto, tuvo vida, durante las semanas (creo haber oído veinticuatro) que permaneció gestándose y creciendo en el vientre de la madre.
Murió sin haber llegado a ver el mundo, pero… ¿Lo habría visto?
¿Habría podido percibir el mundo no teniendo cerebro?
No habría nunca podido pensar, imagino que no habría podido sentir, ni dolor ni placer ni emociones. No habría podido tomar decisiones, ni saber siquiera qué es tomar decisiones. Su existir entre los mortales habría permanecido al margen del error y de la culpa, del bien y del mal; todo su incidir en el mundo tangible, racional y razonable, habría quedado circunscrito al mundo de sus seres cercanos, padres, hermanos, y de quienes hubieran debido atenderle, y cuidarle,  y amarlo u odiarlo o sufrirlo en función de hasta qué punto les resultara dolorosa la carga.
Y nada más.
¿O sí algo más?
Gracias a su presencia esas otras personas habrían[1] visto modificadas sus vidas, sus propios procesos evolutivos, y le estarían siendo deudores (o deudos) de algo o por algo que sin su presencia no habría sido lo mismo.
Se utiliza la expresión, para este tipo de seres, “ser como un vegetal”.
¿Es que los vegetales no crecen, no viven, no respiran, no se nota como prosperan y mejora su aspecto cuando se los cuida?
¿No luchan, con sus propios criterios, por su supervivencia?
¿No se resisten a morir?
¿No tienen su para qué las plantas aunque carezcan de razón ni de razones que las personas podamos comprender más allá de su aspectos benéficos (las medicinales) o nocivos (las venenosas) o decorativos las llamadas sencillamente “ornamentales” que, por cierto, son nada más ornamentales?
¿No proporcionan placer, satisfacción, alegría, bienestar,  a quienes las rodean o se rodean de ellas?
¿No fastidian un poco cuando hay que regarlas y abonarlas y trasplantarlas?
Y, todo eso, sin necesidad alguna de tener ese sistema al que los humanos damos tanta importancia y llamamos “nervioso” y nos pone, a tantos tantas veces, tan de los nervios…






[1] Nunca me aclaro con la conjugación del verbo haber. No distingo en determinadas frases si lo correcto es “habría” o si debería — ¿o debiera o debiese? — utilizarse hubiera o hubiese.

No hay comentarios:

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.