martes, 10 de diciembre de 2013

La mendiga y la infanta

Al bar donde acostumbro ir a comer viene con frecuencia una extrajera, rumana creo, que les pide un café para llevar que paga con las monedas que los transeúntes le han ido dejando al cruzar el semáforo.
Monedas, algún cigarrillo, de los que voluntaria y ocasionalmente se desprenden unos y otros y por los que da las gracias sonriente.
Duerme en la calle, esta mujer rumana, y me comentaba hace unos días en su lengua extraña que qué frío por las noches, y se señalaba la espalda que le dolía, y apuntaba al lugar en el que duerme sobre cartones.
No tengo más simpatía por la infanta Cristina que por esta rumana, ni creo que tenga más derecho a confort  la infanta que ella; y sin embargo, y no voluntariamente ni con agrado, he aportado mi óbolo — que de los 600 y pico mil euros del  dinero público del que se ha beneficiado imagino que algunos centimillos serían míos — para la remodelación del palacete de Pedralbes que ahora está en venta.
Yo, y tantos ciudadanos.
Y la infanta no es sólo que no haya tenido el detalle de pedírnoslo por favor, es que no nos ha dedicado una sonrisa ni nos ha dado las gracias.

Expte. 8549237 G

domingo, 24 de noviembre de 2013

¡ELIGE TU ESCUELA!

¡ELIGE TU ESCUELA!

Texto 6.14

 6.14 “Pero el delicado y preciso instrumento portador de la vida siempre guarda soluciones, y mientras se siga produciendo el rito de la encarnación, habrá formas de romper la debilidad y la esclavitud. Un complicado proceso de control y localización de ritmos pulmonares parece el encargado de ir rompiendo las costumbres que se impusieron desde el miedo a asumir la responsabilidad de haber nacido”.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Texto 6.12

Publicado por  el nov 10, 2013 en Prólogo a la carta número seis. Otros sueños 

6.12 “Más allá de las leyes que rigen la consciencia, algo que habrá oportunidad de describir, parece que en cada zona de los pulmones está grabado un precepto, un mandamiento, un contrato, y al ser leído por la sangre, al mezclarse con la memoria del aire, libera un mensaje que se transmite por todos los rincones del organismo, que hace tocar las campanas de las vértebras, los redobles retumban en los océanos interiores cambiando su composición y adecuándolos para albergar formas de vida acaso nuevas, acaso conocidas por una memoria virgen”.
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sábado, 2 de noviembre de 2013

Al artículo de Manuel Bautista ¿Habrá trabajo para todos en el futuro?

Alicia Bermúdez 2 noviembre, 2013 at 14:40 # 
Entré a trabajar en Telefónica a principios de los años 70, cuando las telefonistas éramos legión, miles de telefonistas — y no exagero, miles entre los distintos servicios de información, averías, tráfico nacional, tráfico internacional, etc. — porque tenía que haber quien te pusiera tu conferencia tanto si querías hablar con el 36 de Aguadulce (creo que era un complejo muy famoso relacionado con el cine y hoteles de lujo para los cineastas, que tenía un trasiego tremendo de llamadas) como con París o Londres. Y legión también de mecánicos, dedicados no ya sólo al mantenimiento de los equipos sino a reparar las clavijas que se averiaban, los pilotitos que se fundían y los cablecillos que se rompían.
 Mi padre trabajaba en un banco y los bancarios también eran legión; la contabilidad se llevaba en libros, y a mano, y las sumas se hacían de cabeza. Y mi padre tenía asignados, como los demás empleados de su departamento, “sus clientes” que, si a uno no le cuadraba un saldo venía a reclamar y mi padre (o al que le tocase) había de puntear en los libros en busca de los centimillos aviesos y taimados. Mi padre (esto es anécdota) siempre estuvo muy orgulloso de que en esos rastreos nunca el error fue suyo sino del cliente.
Cuarenta años después, un telediario como quien dice, esas cosas parecen de chiste. ´
La crisis, la crisis, la crisis. No es sólo la falta de dinero por culpa de la crisis lo que hace que las empresas despidan empleados; es que hay trabajos que ya nadie tiene que hacerlos porque la tecnología los puede realizar mejor y más deprisa que las personas. Y a ritmo aún más vertiginoso de al que las cosas cambiaron en esas apenas cuatro décadas, cambia la propia tecnología que reemplazó a la mano de obra, y ahora lo que se necesita es personal a cada instante más especializado en unos trabajos que, a su vez y al ritmo vertiginoso que los avances llevan en todos los terrenos de cualquier tipo de producción o de industria, se quedarán también obsoletos y no serán tampoco necesarios dentro de cuatro días.
Así que el que quiera tener un puesto de trabajo habrá no sólo de trabajar en “lo suyo” sino estar siendo un constante aprendiz de lo nuevo porque “lo suyo” dejará de ser rápidamente “suyo”,  ni de nadie ni demandado, porque habrá venido a sustituirlo algo más avanzado.
Así que, en el futuro, nada más habrá puestos de trabajo para los empleos (cada vez menos, además, ya que todo se va mecanizando) que no requieran cualificación alguna y para los que estén dispuestos a dedicar parte del tiempo que el trabajo les deje a ser toda su vida “estudiantes”.
Y eso, es bueno, creo. Y no creo que la vida del Hombre tenga su por qué y su para qué nada más que en la propia subsistencia. Y creo que a la más corta o a la más larga las personas dedicarán menos tiempo al trabajo y más a eso que los modernos  llaman “realizarse”.
Ahora que, los ajustes y esas cosas que la llegada de esos tiempos acarrearán, no tengo ni idea de en qué puedan consistir ni de qué manera haya que abordarlos. Que yo de economía y de sociología y de… de casi todo lo susceptible de ser sabido, en definitiva, no entiendo ni palabra y para eso están los que si quieren saber más que yo tendrán que andar con ojo a no perder ni comba ni puntada. O se quedarán en la estacada. Mira, ha rimado.
  1. Oficios

domingo, 13 de octubre de 2013

Texto 6.8

Publicado por  el oct 13, 2013 en Prólogo a la carta número seis. Otros sueños 

6.8 “Es quizás la sangre la sustancia orgánica con menos problemas de rechazo, más transferible entre los seres humanos. Y probablemente su valor simbólico mágico se debe a la peculiaridad de que, siendo un vehículo común, transporta elementos esencialmente distintos en cada individuo”.
6_8

martes, 8 de octubre de 2013

Auto de fe

¿Por qué no romper el cerco no importa de qué manera ni cerca de qué se encuentre el límite que se esmera en cerrarse y achicarse y convertir a su presa en nada más una sombra que se desliza a la vera de verdades que no rozan y se dejan ver apenas entre la bruma de espanto que atenaza a la conciencia del viviente que se afana en que perdure su huella?

¿Por qué no cortar el hilo que se entreteje y enreda acaeceres no vividos ni sentidos en su esencia sino tan sólo inventados por la mente del que piensa que haciendo dará sentido y forma a viejas querencias que apenas si se sostienen sobre pilares de arena que van a desmoronarse igual que se desvanecen las nubes tras la tormenta y convertidas en agua, sólo gotas deslizándose hasta ir a dar en la tierra, no dejan rastro ninguno de su existir ni su huella?

¿Por qué los humanos buscan, buscamos no ser apenas efímeros disparates que pensó una mente ajena que lejos de ser  magnánima, bondadosa ni serena,  se refuerza  en su malquista despiadada malquerencia a aquella criatura suya que no imaginó ser burdo remedo de Quien la hiciera sin más fin que el ser constancia y dar fe de qué le espera al que al final del camino que a ninguna parte lleva se encuentre frente al espejo en que sólo se refleja la nada errónea certeza de que fuimos monigotes en manos de Su soberbia?

Y cuando quise reconocer honesta

jueves, 3 de octubre de 2013

Homenaje

Miro en televisión un reportaje sobre el  Al Andalus, cosa por lo visto glamurosa, y lo primero que me echo en cara es un matrimonio que… ¿Cómo lo explicaría yo?
Mujeruca de aspecto vulgar con camiseta de media manga y rayas horizontales y consorte con camisa, también de media manga, de cuadritos.
La reportera se dirige a diferentes pasajeros preguntando muy correcta y sonriente el motivo del viaje.
La mujeruca de la camiseta a rayas explica que es un regalo que ella y su marido se hacen después de treinta años de muy duro trabajo.
La reportera pregunta cuál es ese trabajo, y la mujer responde “yo carnicera, y él charcutero”.
Entran en el compartimento y la mujer de la camiseta lo revisa todo, abre todas las puertas de todos los armarios y armaritos y, satisfecha, sonríe y da un beso al hombre de la camisa de manga corta y cuadritos, que sonríe también.
Más tarde se ven unas imágenes del vagón restaurante, con los comensales sentados a las mesas y respondiendo a las preguntas de la reportera que sí, que la comida está muy rica.
Todo lo que se ve tiene aspecto lujoso, en la línea de lo que una puede imaginarse que fuera en su día el Orient Express o, al menos, el único Orient Express que yo imaginara a la vista de la película basada en la famosa novela de Agatha Christie.
Antes, hasta más o menos la mitad del siglo XX no había turistas. No había personas que sin necesidad alguna se subieran a un tren o a un avión para recorrer un mundo en el que no se les había perdido nada y acudiendo a lugares en los que su presencia no era en absoluto necesaria.
Los que viajaban por entonces eran estudiosos, o aventureros o desocupados, ricos ociosos que podían permitirse el lujo de vagar sin rumbo y sin tiempo tasado tan sólo por el gusto de sumergirse en otras culturas, otras formas de vivir, otras costumbres, sabiendo de antemano que iban a ser culturas y formas de vivir y costumbres que no lo tenían contemplado a él, el viajero, y que no estarían por tanto pensados ni diseñados para él, ni a su medida, y que sería él, el viajero, el que hubiera de adecuarse a lo que había.
También es posible que viajase gente no tan rica ni tan desocupada pero impelida sí por quién sabe qué necesidad que a mí no se me esté ocurriendo. Pero, en cualquier caso, era el viajero el que se amoldaba al entorno, en todos los aspectos, desde los gestos a la vestimenta o a la forma de comportarse en cada lugar y cada ambiente.
La vestimenta. Me quedo atrapada en el tema de la vestimenta.
¿Cabe imaginarse una cena, ni siquiera una comida,  en el vagón restaurante del Orient Express  con los comensales ataviados con camisas (ellos) de manga corta, a cuadritos, y los faldones por fuera y, ellas, con camisetillas a rayas?
¿Cabe imaginarse un matrimonio compuesto de carnicera y charcutero moviéndose con un mínimo de gracia o de soltura en ambiente glamuroso?
¿Cabe imaginarse a una dama encopetada, de las de entonces, codeándose con estos personajes y comentando lo rica que está la comida?
¿Queda glamur en alguna parte?
¿De qué hay que vestirse y dónde ir a buscarlo?
Vivimos unos tiempos en que todos tenemos derecho a todo,  eso nadie lo duda; tiempos en los que quién se lo pueda permitir —aunque sea a base de pasar estrecheces para ir ahorrando o romper un cerdito alimentado moneda a moneda durante años — irá donde le venga en gana sin más objeto que el “darse un homenaje”.
Pero… ¿qué es darse un homenaje?
¿Amargar la vida del viajero de al lado que, a lo mejor, igual que yo, imaginó que encontraría glamur, lujo y encanto y todo lo que encontró fue un hatajo de horteras dándose el homenaje suyo?
Claro que, imagino también, no existe ese otro “viajero de al lado” al que amargar vida ninguna porque bastante inmerso andará él en, ataviado con su propia camisilla, amargar la del siguiente que, también en camisa, andará a su vez inmerso…
Vamos, que si alguna vez pensé — que no lo creo — en darme un homenaje, he cambiado de idea.
Y todo porque, en uno de esos ratos en que no sabe uno qué hacer con sus huesos, no se me ocurrió otra cosa que mirar la televisión.
Voy a darlo, sin embargo, por tiempo no perdido ya que, bueno, he aprendido algo que, por otra parte, debería estar sabiendo… Y sé, en realidad, pero siempre se guarda, en algún reducto estúpido del alma, la esperanza de que quizás en alguna parte del mundo o de otra alma quede un algo, un resquicio, un atisbo, de qué es la verdadera calidad de las cosas y que, también quizás, no sea dinero lo que hace falta para acceder a esa calidad y reconocerla.
Pero… ¿qué será esa otra cosa que hace falta?
¿Quién la tiene?
¿Dónde hay que ir y cómo hay que vestirse para salir a buscarla, y para reconocerla, y para que te reconozca?

Mandala (43)

martes, 3 de septiembre de 2013

Texto 6.2


  • Alicia
    3 septiembre, 2013

    Tengo últimamente sensaciones extrañas que empiezan a resultar inquietantes y consisten en que las personas que ha de suponerse existen nada más en mi imaginación se comportan, conmigo por lo menos, como si fueran de verdad y hasta me miran, incluso parecen verme, y si les hablo me siguen el juego haciendo como si me hubiesen oído. Ayer mismo, fui a la tienda de alimento para mascotas, entré y dije buenos días y el hombre me contestó; sin mostrar yo la menor sorpresa ni preguntarle por qué hacía algo tan extravagante le pedí, con esa naturalidad tan mía que ha llegado a ser casi perfecta a fuerza de ensayar, un saco de pienso para gatos. El hombre, sin inmutarse, agarró el saco de encima del estante y lo deposito en el carro de la compra que yo, previsora, me había ocupado de arrastrar conmigo desde casa. Luego dijo que eran sesenta y tres euros y yo le entregué un billete de cincuenta, otro de diez, dos monedas de un euro, una moneda de cincuenta céntimos, dos de veinte céntimos y una de diez. Como si todo estuviera en perfecto orden.
    Al entrar en el portal me cruce con una vecina del sexto que no me saludó, y al salir del ascensor con la de al lado que no me saludó tampoco; pero ninguna de las dos me tranquilizó demasiado porque yo, desde que las imaginé a ellas y al resto de los vecinos, decidí que serían personas — personas, porque no se me ocurrió otra cosa, téngase en cuenta que soy en esto del imaginar tan sólo principiante —, pero personas poco comunicativas de esas que se mantienen a distancia y, en su afán por ignorarme que me salió lo que se dice bordado, se abstienen incluso de imaginar que existo.
    Pero los gatos se comen el pienso, tan campantes.

jueves, 22 de agosto de 2013

22/8/2013 12:45

¡¡¡Fíjate lo que me ha hecho!!!



Se lo enseñé, para que lo viese, pero nada más se lo estaba enseñando, sólo para que lo viese, tú lo viste con tus propios ojos, es un archivo pdf pero no sé cómo se las ha arreglado que ha escrito en él lo que le ha dado la gana, míralo aquí en grande. Te digo, bueno, que lo he dicho tantas veces, que me desespera ¿Cuántas veces tendré que decirle que detesto que toque mis cosas?
Cuando digo debajo del felpudo, tesoro, es debajo del felpudo. Sobre el quicio de la puerta la dejaba Grace Kelly en crimen perfecto, pero en nuestra puerta sabes perfectamente que el quicio no sobresale. Además, ¿me parezco yo a Grace Kelly?
Te has vuelto a dejar abierto el tubo de la pasta de dientes.

martes, 20 de agosto de 2013

Diversigrama ¡¡¡¡¡GRANDE!!!!!




Anda, es de los que se descargan, voy a probar de otra manera.
¿Y qué más te dará si no tienes otra cosa que hacer? Te vas a la carpeta de los downdloads y suprimes lo que te sobre. Pero de todas maneras espera a ver sí
Pues esto de arriba en letra más apretada, he querido poner el ventanuco como aquí pero sale todo entero.
Sí, ya veo que está muy pequeño... Si tienes el Chrome, por ejemplo, con acercar/alejar lo agrandas todo lo que quieras. Y si no, otra lupa tendrás. O te pones las gafas ¿Hay que encontrar problemas a todo?
Y vete a dormir que son ya las once y veinticinco casí.

domingo, 18 de agosto de 2013

La crisis es sobre todo de ideas

  1. Valentina 18 agosto, 2013 at 12:30 # 
    A dieciocho de agosto, domingo, en Madrid para más datos, a eso de la media mañana, a escasos diez minutos de la hora del ángelus, a mí, al entrar una vez más a ver qué hay de nuevo y encontrar, como en tantos otros días de este mismo mes de agosto, que tan formales los administradores colocáis puntualmente, cada domingo y cada miércoles, el artículo...
    Para seguir leyendo pulsar en la almohadillita azul, para leer el artículo de Muanuel Bautista pulsar en el título de esta entrada.

jueves, 15 de agosto de 2013

¡Querida niña!

Tarde espesa y medio anubarrada de domingo de agosto que dedico a aligerar cajones. Papeles variopintos, apuntes que al releer reconozco y “ah, esto ya lo utilicé” que van yendo a la papelera, troceados, por esa especie de pudor que me asalta al sentir  que un papel escrito por una misma — da un poco igual, a mí me da, si trata de realidad o de ficción — es como una fotografía que, aun hecha un gurruño, puede contemplar alguien que (como hay gente tan rara) hurgue, por la razón que sea, en la basura.
¿Y no es igualmente una fotografía lo escrito que se conserva en un cajón que un día abrirá quién sabe quién?
Sí. Pero si lo conservo — aunque sea nada más por olvido — y está en mi cajón de mi mesa de mi despacho de mi casa, todo mío, cabe suponer que si alguien lo mirase sería atentando contra mi privacidad. Y ahí no estaría yo teniendo ninguna responsabilidad.
¿Y publicarlo en internet, no es mostrarse?
Pues sí. Pero entonces ya es como una foto de estudio, un posado como lo llaman los del famoseo, y ahí ya pues quien escribe se esmera en presentarse un poquito bien acicalado si bien, si la ocasión lo requiere (que hay ocasiones para todo y cada ocasión requiere su aderezo), el acicale puede consistir en una cara sucia, o un pelo desgreñado, o en cubrirse de fealdad, o de harapos; de algo, en fin, poco favorecedor pero medido y estudiado.
Así que muchos de los papeles se han visto reducido a añicos. Pero he encontrado tres folios (cuatro, en realidad, que en el primero va, él solo y entre admiraciones, el título) — y digo bien folios porque son de verdad folios y no DIN A4 — cuyo contenido,  que al releer ha evocado con encantadora frescura qué sentí aquella tarde que se cita, tengo la seguridad de no haber utilizado jamás.
Ha sido quizás por la frescura — lo de “encantadora”  puede ser  discutible, pero me estoy refiriendo a la viveza (no sin embargo grata), la verdad y el arrebato con que  (recuerdo) escribí los folios — por lo que he pensado que me gustaría escanearlos pero, he ahí el problema, el hecho de ser folios (folios, folios, ya digo, no DIN A4) no me lo ponía fácil.
De modo que lo que he hecho ha sido copiarlos, letra por letra, punto por punto, coma por coma y frase por frase.
Podía haber hecho correcciones — y, bueno, para decir la verdad alguna coma (no más de dos o tres) sí que he puesto o he quitado — pero no he querido, aun siendo consciente de que tiene defectos (de forma, y quizás también de contenido)  pero defectos que son, de alguna forma, “complementos” para el acicale de cara sucia y de harapos con que libremente he elegido mostrarme.

Clic en el título

Mandala (47)

domingo, 28 de julio de 2013

Texto 6.1

Publicado por  el jul 28, 2013 en Prólogo a la carta número seis. Otros sueños 

6.1 “Cuando se tejen laberintos con intereses y sentimientos, cuando aparece distorsionada la intención por el estado anímico, cuando los colores se niegan a las formas que han construido los sistemas, han de limpiarse los cuarzos que iluminan la inteligencia para que se liberen todos los impulsos y brillos que secuestraron el yo”.
6_1

MÁS RÁPIDO QUE LA VELOCIDAD DE LA LUZ, por Taid Rodríguez

Valentina, domingo 4 de agosto de 395.427 at 13:51 # 

Las personas tratamos muchas veces de fantasear lugares y momentos que imaginamos en el futuro en el Tiempo y lejos en el Espacio; así debió de nacer la Ciencia Ficción que tanto éxito ha alcanzado en cine y en literatura. Pero a fin de cuentas lo que la Ciencia Ficción muestra no es ningún descubrimiento, es sólo una especie de “bricolaje” en el que los elementos que se combinan, sean de índole material y tangible o inmaterial e intangible, son todos cotidianos y de uso conocido y contrastado. Nada de lo que forma parte de la ficción de la que somos capaces lleva en su composición algo que vaya más allá de lo descubierto, algo que sea inventado.
Se logran así, pues… los robots, por ejemplo, carrocerías metálicas como puedan ser las de los coches, movidas por motores que ya estaban ahí tanto si son de molinillo de café o de avión a mucha reacción. Y, ¿los sentimientos?, pues los de la moral y la ética y la justicia — para los robots buenos — que puedan alentar al más filántropo y altruista y generoso de los seres humanos y, para los robots malos, la crueldad y la miseria y las aberraciones de las que podemos ser capaces los humanos. Pero ni un paso más.
Es la idea central que me sugiere este artículo de Taid.
La imposibilidad de crear una inteligencia “más inteligente” que la del que trata de crearla.
Una vez intenté leer… Me voy de una cosa a otra, pero qué más da, la Constitución no dice nada de que todo español/a esté obligado a ser coherente y ordenado. Intenté leer, decía — que no lo conseguí, para decir la verdad — nada menos que La Crítica de la Razón Pura.
De lo poco con lo que me quedé, saltando páginas, digiriendo malamente alguna que otra frase aislada y, por tanto, sacada de contexto, saqué la conclusión de que — con todos mis respetos para el señor Kant — por muy filósofo que se sea y por mucho que uno se devane los sesos no podrá alcanzar ni un Dios ni un Universo mayores ni distintos del Dios y el Universo que puedan caber en su cabeza.
Porque yo me digo que el que es capaz de crear algo superior a sí mismo es que ya está siendo superior a sí mismo ¿O no?
Otra vez… Me vuelvo a ir de una cosa a otra, hablando con un amigo le pregunté “¿te imaginas que en el futuro alguien abra un cajón y se encuentre un papel fechado en 257.493?” Bueno, el año entonces lo dije al tuntún, no me acuerdo cual, y ahora al tuntún también. Mi amigo, que sabe mucho de todo, se rió.
No es que quiera tirarme el pegote de ser muy ocurrente pero es que, caramba, siempre imaginamos lo desconocido suponiéndole añadidos de lo que ya tenemos y con los que ya contamos, pero por lo general no lo despojamos de la inmediatez conocida y familiar; vamos, que nos resistimos aunque sea de forma inconsciente a vernos “fuera de la película” ya sea en nosotros mismos o en otros, pero humanos.
Bueno. El artículo de Taid habla de muchas más cosas. Pero los comentarios intelectuales y más profundos, los que requieren unos conocimientos y una capacidad de análisis — un poquito estructurada, por lo menos, que yo no tengo — los dejo para que los hagáis a la vuelta tantas cabezas pensantes (“bienpensantes” ha de entenderse) que andáis disfrutando de las vacaciones.
Y como en vacaciones no parece disparatado del todo tomarse pequeñas licencias, me permitiréis (espero) que me haya tomado yo ésta…
En Madrid, domingo, 04 de agosto de 395.427
Besos
Alicia

viernes, 26 de julio de 2013

SABER Y DESCONOCER

SABER Y DESCONOCER


Tres días, desde que leí este artículo, dando vueltas al intento de dar forma a sentimientos que no sé definir. Sé que pensé “hay algo que sé que puedo decir”, pero sin encontrar ni cómo era el algo ni cómo decirlo. Así que lo dejé, dormir, al pensamiento. Y he vuelto, varias veces, a leer el artículo y a seguir sin saberlo, y a volver a dejar dormir al pensamiento…
Cuando se tiene algo que bulle en la cabeza parece que los hechos cotidianos se confabulasen lanzando mensajes o tendiendo trampas; de forma parecida, se me ocurre, a cuando se tiene un dolorcillo en un dedo que puede ser el más pequeño, el meñique, y se percata uno de para cuantísimas cosas necesita ese dedo.
No sé cuáles han sido durante estos tres días los hechos cotidianos que tomando el artículo como punto de referencia — creo que sin yo saberlo, o no de forma consciente —  me trajeron a la memoria imágenes sueltas, bastante desdibujadas e inconexas, de el cuento El Principito.
No tengo el cuento a mano, pensé buscarlo en Internet para releerlo y encontrar una posible conexión; pero he preferido dejarlo estar y quedarme sólo con los retazos que mi mente parece haber seleccionado — o inventado —al puro azar en los que veo, al niñito, moviéndose por mundos en los que habitaba, en cada uno, alguien que lo sabía todo acerca de una sola cosa.
Y, bueno, así quedó la cosa y yo diciéndome “ha sido por lo del saber y el desconocimiento” pero, para seguir enredando — no yo sino los hechos cotidianos — ayer, ayer mismo por la mañana, ocurrió algo que…
Algo del todo absurdo, así que quien imagine algo de intriga ya lo puede ir dejando.
Caminaba por la calle y, al otro lado de la calzada, sobre el techo de un coche rojo aparcado igual que otros a lo largo del borde de la acera, el cuerpo de un gatillo pequeño, oscuro, tal vez negro, que se rebullía inquieto, asustado, y movía dubitativo, intranquilo, la cabeza. Pensé es muy pequeño y está perdido, seguro, no puedo dejarlo ahí. Y me acerqué, despacio, con cuidado e intención echarle mano.
Bueno, pues cuando estuve lo bastante cerca y alargando ya la mano es cuando vi que el cuerpo del gato era la cabeza de pelo muy oscuro de una joven — es una calle en la que viven muchos dominicanos, tan morenos — que, al gesticular hablando por un móvil, parada  en la acera, hacía que un moñete que llevaba en todo lo alto se moviese.
Y me volví a acordar, ahora sí sabía por qué, del Principito y aquel dibujo que, ¿cómo pueden las personas ser tan tercas?, todo el mundo se obstinaba en afirmar “es un sombrero” siendo — como lo era — claro como el agua que era una boa que se había tragado un elefante.
¿Cómo podían no verlo?
Todo muy disparatado, ¿verdad?
No más disparatado que la concepción del mundo y de su realidad, tan ahí, tan al alcance de la mano,  que todos tenemos y cada cual interpretamos en función de esos paradigmas — no sé si estoy traduciendo bien (o mis neuronas van a registrar mal) el significado de “paradigma” — que se han ido fraguando a lo largo de la vida y de vivencias y de fragmentos de experiencias que, al ir ensamblándose al amor y al amparo de las propias entendederas, han… ¿retroalimentado?, a esas mismas entendederas que, se supone, hubieran debido ser las que ayudasen a entender lo que debiera ser entendido para romper el cerco de una ignorancia aprendida a base de tenacidad , y de aplicación, y de paciencia y de obediencia.
Nota: No entra el comentario allí. 

martes, 23 de julio de 2013

A Duende en texto 5.24

Me temo, Duende, que nadie va a poder darte la explicación que pides.
Llevo participando en este blog desde que echó a andar, y en infinidad de ocasiones — vamos, que en casi todas — me ocurre lo mismo que a ti, y me siento tentada de clamar “¡¡¡que alguien me lo explique, por favor!!!”.
Luego entiendo, eso sí lo entiendo, que en el mundo del pensamiento nada tiene una interpretación única,  y que — tal vez — no siempre ha de ser obligatoriamente la Razón quien entienda y se lo dé, al pensante, cocinado y masticado. Y que la interpretación que cada cual hacemos, esa sí, es irrepetible y única.
Si acabas de llegar a este blog te recomendaría, si no conoces el libro en el que se basa, que echaras un vistazo hacia atrás, leyeras los textos desde el principio; ahí tal vez te hicieras una idea — la tuya, personal e intransferible  — de qué pretende (que no me parece "pretender"la palabra acertada, pero no encuentro otra) trasmitir el libro y de que todos los que comentamos nos movemos por los textos y por los comentarios pues… como podemos; como en la vida misma.
¿Y no vivimos cada día sin estar, muchísimas veces, entendiendo la vida?
He leído tu comentario en Otras Políticas; ahí haces una pregunta,  “Quizás hay ocasiones donde todos pensamos lo mismo y realmente sea lo mismo, ¿o no?”.

Bueno, pues yo me tomo la libertad de opinar y responderte que no; que nada es lo mismo. Y que si tu razón no entiende, pues algo habrá de ti, o en ti, que de alguna manera sí que entienda, y que a ti mismo te sorprenda.

miércoles, 17 de julio de 2013

¿Cuando superaremos los nacionalismos? Artículo de Manuel Bautista

Alicia Bermúdez 17 julio, 2013 at 13:47 # 

Cuando el mundo echó a rodar no había ni fronteras ni países; eso que se llama fronteras naturales, sí, quizás. La geografía de un territorio y accidentes como las montañas y los ríos condicionarían, imagino, la forma de vida de quienes habitasen unos espacios u otros y el cómo sortear las dificultades y obtener beneficio de lo favorable. Y lo que había al otro lado del río o de la montaña, con sus gentes y sus formas de encarar el entorno con el de debían de contender causaría, en sus vecinos, una cierta sorpresa, perplejidad, y, quién sabe, si no un algo de envidia por lo que entendían favorable, deseable, y un algo de alivio por “anda, mira, nosotros tenemos tal o cual ventura de la que ellos carecen”.
¿Empezarían así las luchas entre los pueblos?
Pero también empezaría un interés por cooperar, ¿no?, aunque sólo fuese por un mero instinto de supervivencia.
Y el habla. Aquellos primeros sonidos, gruñidos, a lo mejor, ¿intentaban los de un lado imponer los suyos o más bien procuraban hacerse una composición de lugar de qué pudieran significar los gruñidos de los otros?
Pues habría de todo. El terco que dijese (a saber cómo) “tú me tienes que entender a mí por… que sí”, y, el otro, quizá terco también pero con la vista puesta en miras más anchas, que se hiciera el planteamiento de “a ver cómo entre unos y otros salimos adelante”.
A las alturas de civilización (o lo que esto que tenemos sea) a las que estamos la sensación que da es que los que ganaron fueron los tercos y los de las vistas cortas.
Sería bonito, muchas veces lo pienso, al ir a salir por la mañana de casa encontrarse en el ascensor con vecinos de lo más variado en razas, lenguas, costumbres, religiones, creencias, indumentarias, y todos tan relajados saludándose (con guiños o como se pudiera, que el “buen rollo” se entiende sin palabras) tan contentos y amables y, si las explicaderas alcanzasen, puede que un “encomiéndame si tienes un ratito a tu Dios cuando le reces, anda”.
Pero no. Guerras por religiones, guerras por repartos de los dineros, guerras por dónde va la raya “que me la estás pisando”, guerras por a ver en qué puñetas hablamos, guerras por a quién pertenece tal trozo de pan o tal prenda de abrigo, o tal techo sobre cuál cabeza.
Yo es que tengo una manera bastante primitiva de expresarme, un poco como de niño pequeño y mira que tengo años…
Pero que, resumiendo, Sr. Bautista, que le ha salido un artículo redondo y absolutamente delicioso.
Y yo creo que terminaremos consiguiendo lo que usted plantea. Aunque, eso sí, nos llevará (a los que ya estamos y a unas cuantas de las generaciones venideras) mucho tiempo, y mucho trabajo, y muchas dejaciones de estupideces y de mezquindades y de soberbias…
Pero siempre ha sido así en todo y para todo, ¿no?; una especie de ir desbastando, quitando aristas y limpiando de grasas (que es curioso, gente a la que le sobra a puñaos y otros en los huesos; y los gordos gastando en dietas de adelgazamiento y que ni un sonrojo cuando, tan sencillito, “pues coma usted menos”. Y me he salido del tema), y quedarnos, todos, con lo que de verdad debe — porque tiene que haberlo, seguro, un interés no ya mundial sino que hasta cósmico — de ser esencial.

lunes, 8 de julio de 2013

¿Le queda algo que aportar a la izquierda? Artículo de Manuel Bautista

¿No tienen algo de apolillao, de decadente sin encanto — porque lo decadente con encanto sí que tiene su aquel — tanto la izquierda como la derecha?
Lo mismo una que otra me trae a la cabeza montones de escombros, de cascotes o de restos de un derribo que en nada se parecen a unas ruinas que puedan despertar un algo de nostalgia.
¿Y si es que ninguna de las dos tiene las soluciones para los males que nos aquejan hoy en día?
A mí me parece que ambas estuvieron diseñadas para arrastrar, cada una a su manera, a las masas; pero también me parece que hoy por hoy las masas son cada vez más pequeñas, que quedan cada vez menos multitudes susceptibles de ser aglutinadas bajo banderas o consignas sean del color que sean. Quedan, sí, pero quizás no muchas más de las que pueda arrastrar, por poner un ejemplo, cualquier tipo de manifestación por las calles de cualquier ciudad reivindicando lo que sea y sea el “lo que sea” propugnado por la izquierda o por la derecha; unos cuantos cientos de miles de personas allí, dando la sensación de una homogeneidad que puestos a arañar un poquito se vería que en realidad no es tal. Y el resto del personal, el que no se manifiesta, ¿es que todo el mundo es gris y amorfo, es que a todos los que no se expresan les da igual una que otra?
A mí me parece que no y que lo que pasa es que cada vez hay más personas que se sienten o nos sentimos solas, que no hay ningunas siglas con las que nos sintamos identificados ni respondan a nuestras inquietudes, que, por otra parte, son tan diferentes de “cada uno” a de “cada otro” porque cada cual tiene su propia escala de valores que, a lo mejor, haría poner el grito en el cielo a su vecino, que lo ve cada día como tan normal y tan parecido a sí mismo.
Vamos, que creo que es el individuo a su pequeña escala y con su pequeña voz (la suya, no la de su amo) el que tiene en sus manos el modificar su pequeño entorno a base, tal vez, de muy pequeños gestos alentados, o movidos, por una voluntad cada vez mayor de encontrar su propio camino más allá de la subsistencia.
Que ya no es época ni son tiempos de grandes partidos prometiendo… ¿qué?
Quizás cuando salgamos de la célebre crisis todos lo hagamos trasformados, como cuando se sobrevive a una enfermedad grave, y entendamos nuestro destino de otra manera; puede, incluso, que sin ser conscientes de ello, lo estemos empezando a entender…
No sé si es que me he levantado hoy yo rara, optimista o algo así; que en mi juicio (poco o mucho, el que tenga) sí que debo de estar porque, lo prometo, todo lo que he tomado ha sido un café con leche.



domingo, 7 de julio de 2013

Becas, artículo de Enrique Sánchez Ludeña


Alicia Bermúdez 7 julio, 2013 at 20:21 # 

Titulaciones, documentos que acrediten que se es economista, cardiólogo, ingeniero de caminos, arquitecto, físico, químico, o cualesquiera de tantas otras cosas que se pueden ser para — que en definitiva es lo que a cada viviente importa — hacer más grata o confortable o soportable la forma de vivir (tanto la propia como la de quienes los rodean) que nos hemos montado.
Hay una cantidad apabullante de gente, preparada y titulada, que no encuentra trabajo; no hay trabajo para todos, y si no lo hay, ¿qué maldita falta nos están haciendo a nadie, ni qué falta se están haciendo a sí mismos, los titulados mediocres?
Los humanos somos egoístas, quizás, pero hay formas de egoísmo que son muy sensatas, y si entre todos estamos costeando la formación de quienes se van a ocupar de nuestra salud, y de nuestros habitáculos, y de nuestras carreteras, y de impartir justicia y de un montón de cosas más, no parece descabellado exigirles que den la talla.
Pero hay infinidad de profesionales, con títulos en los bolsillos, que son del todo mediocres, ¿y para titulados mediocres tiene sentido el propiciar que todo aquel al que se le que se le ponga entre ceja y ceja el tener un título haya de conseguirlo, aunque sea a trancas y a barrancas a cuenta de los contribuyentes?
El que tiene dinero y se lo puede permitir tiene derecho a, si lo desea, aplicar su dinero y el tiempo que le pueda llevar el conseguirla en adquirir una formación universitaria — lo mismo que se comprará un coche mejor o una casa más grande — que, luego, ya se verá si se le luce o no, y si llega a ser bueno en lo suyo o del montón y sin prestigio ninguno. Pero estará empleando su tiempo y su dinero.
El titulado excepcional siempre será otra cosa, rico o pobre; y si el que apunta maneras de ser un titulado excepcional no cuenta con recursos, por supuesto que es perfectamente razonable que toda la sociedad se implique en que salga adelante, que por un economista o por un cardiólogo o por un arquitecto o por un físico o por un químico o por cualquier profesional que de veras va a representar un bien para sus congéneres, naturalmente que merece la pena el esfuerzo. Pero por el mediocre no.
Creo que en Estados Unidos, universidades y grandes empresas llevan en su agenda el seguir como sabuesos las trayectorias de estudiantes que despuntan en determinadas materias, las que sean especialidad de la tal o la cual universidad o empresa; y eso está muy bien, ¿no?, eso es ejercer de mecenas, ¿no?, y de toda la vida de Dios el protegido ha respetado a su mecenas, y ha correspondido y ha estado a la altura de qué se esperaba de él, y no ha tomado el pelo al protector.
Pero, aquí y ahora en este mundo tan democrático que tenemos, y con tantos derechos que todos nos hemos arrogado, resulta que hasta el más muerto de hambre tiene que rascarse el bolsillo para sacar adelante a su vecino, si lo vale como si no, y ejercer con sus impuestos de mecenas sin haberlo elegido y sin derecho a rechistar ni a exigir que ese juez cuya formación he contribuido a costear me juzgue en condiciones, y que las casas que construyen los arquitectos sean todas perfectamente habitables, y que los economistas asesores de los gobernantes manejen correctamente los dineros, y que el gobernante que tiene la formación que yo no tengo me gobierne de manera impecable, que para eso he contribuido a que sepa lo que se supone que debe saber.
Así que becas, sí; pero que las den los mecenas. Y las que demos los contribuyentes que esté muy aquilatado y calibrado si el que va a recibirla la merece o no.
Y, en referencia a la última frase del artículo, a partir de “ni un segundo más”, me pregunto que ha ido pasando en las personas, en las formas de entender en las sociedades modernas qué es evolución y qué es progreso, para que todo nuestro objetivo sea el trabajar para ser más poderosos y para poseer más cosas, y hayamos dejado de lado “los asuntos esenciales: respirar, moverse, dormir, soñar, estudiar, observar, sentir, admirar y maravillarse, y todo aquello que nos haga más ligeros, más humildes y más felices.”.
No sé, pero en algún punto de nuestra historia torcimos por algún camino equivocado.

jueves, 13 de junio de 2013

Texto 5.18

Desayunando echo mano de un periódico que anda por encima de las mesas y leo de un hombre, un ruso creo que con mucho dinero, que lleva gastada una fortuna en… me temo que no lo sabré repetir, pero algo como crear una especie de cerebro “réplica” del suyo que irá metido en un ordenador que a su vez irá dentro de una cabeza —en la foto del periódico tiene el aspecto de las máscaras funerarias que se ven en las momias — que será también réplica de la cabeza suya.
Muy mal explicado, sí.
El asunto está, por lo que alcanzo a entender, en que la inteligencia y todas las demás cualidades “humanas” se almacenarían libres y desbrozadas de la “humanidad” que las condiciona y pone trabas y, por tanto, “vaciadas” de dualidad.
Y en que si la idea se generalizase todo sería fácil y maravilloso porque todos tendríamos cada cual nuestra réplica que, además de ser no recuerdo si he leído que inmortal o casi, resolvería el problema tan engorroso de la subsistencia, de alimentarse, ya que la maquina requeriría mantenimiento pero no comida.
¿Qué sería de nosotros desprovistos para siempre de ese aliado tan necesario para dirimir diferencias, tan irreconciliables algunas (pero, bueno), que sólo pueden darse dentro de nuestra condición de humanos?
¿Qué haríamos con nuestras vidas si no tuviéramos que aprender a dominar la agresividad y a vencer el miedo, ni que controlar el pánico y tampoco los deseos?
¿Para qué rayos podrían servir tanta inmortalidad y tanta inteligencia tan desbrozada de la tan denostable humanidad que nos adorna a los humanos si, suprimida la dualidad que tanta guerra da y tanto machaca, nos quedásemos cada agonista sin nuestro correspondiente antagonista?
¿Qué llevan en mente las cabezas pensantes — con todas sus neuronas y todas sus sinapsis (todavía, que luego serán una especie de Google) — que investigan tanto para llegar a ese tipo de inventos?




miércoles, 12 de junio de 2013

Sobre el aborto (Artículo de Manuel Bautista)

Ciertamente complejo y polémico el tema. Y porque es complejo y polémico hay puntos, tanto en el artículo como en los comentarios, que dificultan (para mí al menos) la comprensión de alguna de las ideas que se exponen.
Por ejemplo: Me hago bastante lío con la explicación de Manuel acerca del ser humano o no ser humano. A mis cortas luces sólo entiendo que llámese como se llame está ahí y tiene vida, porque si no la tuviera no se desarrollaría ni crecería; y si cuando crece y se desarrolla y lo paren viene a resultar que “anda, pues oye, mira, es una persona” es porque en aquella cosita diminuta e informe estaba TODO lo necesario e imprescindible para ser persona.
Porque es que la genética, y mira que sé poco, es siempre así. Las hijas de las manzanas son manzanas, ¿no? Pues los hijos de las personas son personas. Siempre.
Y, los motivos que justifican el abortar:
¿Anomalías para el feto? Todos tenemos anomalías, de alguna índole, y no andamos matando al que las tiene ¿Por qué a un feto sí? Quizá porque no va a ser útil a la sociedad, o porque no va a tener calidad de vida. El mundo está plagado de inútiles y todos nos cruzamos a diario con calidades de vida muy, pero que muy malas. Y ni nos conmovemos ni pestañeamos ¿Por qué sí nos arrogamos el derecho de “salvar” a ningún feto y a puritito ojo de buen criterio?
¿Riesgo para la embarazada? ¿Y por qué en tales casos ha de primar la vida de la madre sobre la del hijo? ¿Quién tiene el derecho o la claridad de juicio para determinar cuál es más importante?
Eso de que para muchas mujeres es un drama abortar puede que en algunos casos sí sea cierto; pero si muchas reinciden, y muchas reinciden, es que no les supone tanto trauma.
¿Casos de violación? Pues, sí, es muy lamentable que nadie sea violado. Pero matar al hijo no creo que subsane nada. El hijo es un tercero en discordia que ni sabe ni entiende ni tiene por qué ser asesinado.
No entiendo en el comentario de Manu la frase “Este es un motivo en el que creo que hay justificación moral para abortar (defensa propia).” En tal caso que mate al violador, pero, al hijo…
¿La mujer tiene derecho a decidir abortar? ¿Y a cuántos hombres que quieren tener ese hijo les niega la mujer (y la sociedad) su derecho a tenerlo?
Y, en el comentario de Jesús Zamora; pues, sí. Resulta incomprensible pero  evidente que es así, que el progreso social no corre, en absoluto, parejo con el progreso en el respeto a la vida humana.


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Alicia Bermúdez 17 junio, 2013 at 12:18 # 
Si el feto se desarrolla y nace y llega a adulto un día tendrá, como cualquiera de los adultos que ya somos, sus posibilidades de ser un alguien gris, vulgar y corriente, o un genio, o un artista, o un monstruo de maldad, o un dechado de filantropía, o, o, o… tantas cosas.
Pero, sea lo que sea de entre tantas cosas como puede llegar a ser si vive, lo que es seguro es que su vida y sus actos incidirán, ya para bien ya para mal ya para su pequeño entorno doméstico y familiar ya para un sector de la sociedad ya para toda la humanidad, de manera que nada de aquello ni de aquellos con los que tuvo contacto por leve o efímero que fuera será ni serán lo mismo antes y después de él.
Lo vemos cada día, hasta en los actos y en los gestos más cotidianos y en las relaciones más superficiales. Que todo nos afecta, a todos; desde la mirada de un desconocido que nos sonríe porque al pasar le sujetamos una puerta hasta el ceño adusto que por causas que nada tienen que ver con nosotros nos dedica alguien que va pensando en sus problemas. Y cuando llega la noche, y regresamos a casa y estamos ya solos, el cúmulo de las pequeñas sensaciones del día se incorpora a nuestra soledad y a nuestros sueños, y a la mañana siguiente está ya formando parte del acervo del “yo” que se va forjando instante a instante, configurándonos y configurándose.
Aquí mismo, en este blog, tantas opiniones tan distintas, tantas argumentaciones tan dispares, todas expuestas de manera perfecta y correctamente razonada tanto en la forma como en el contenido. Compartidas las de los unos por los otros, o no compartidas, pero todas siendo la pieza del puzzle que antes de las participaciones respectivas — y por supuesto del correspondiente artículo que las propicia, claro — no era nada o, tan solo, una posibilidad remota, o nada más pensada, o… ¿en embrión?
Bueno, quizá estoy divagando. Sólo pretendo evidenciar algo que ya es evidente. Que estamos aquí, escribiendo y diciendo y opinando. Y que si alguno, sólo uno, hubiésemos sido abortado, este blog no sería el mismo.
Nada en el mundo ni en el universo entero sería igual si una voluntad humana hubiera decidido qué seres han de tener un lugar en él y qué seres no.
Existen, claro, muchas voluntades humanas que deciden sobre la vida y la muerte; pero eso se tratará en otros artículos que a lo largo del tiempo irán, imagino, publicándose en esta página.
A lo mejor me he puesto cursi.

miércoles, 5 de junio de 2013

POLICÍAS Artículo de Barbara Alpuente en Otras Políticas

Alicia Bermúdez 5 junio, 2013 at 14:40 # 
Tengo un amigo que tiene un amigo escritor que dice que no quiere publicar lo que escribe. Mi amigo le pregunta por qué y el escritor contesta que porque tiene miedo de que lo lean mal.
A mi me parece que aquí, a Barbara, le está pasando algo parecido. Bueno, puede ser mi apreciación muy subjetiva.
¿Sabes, Yaya Ceravieja? Hace un par de años algunos vecinos denunciaron a los que teníamos aire acondicionado. Recibimos del ayuntamiento unas cartas que metían los corazones en un puño, pero, eso sí, muy respetuosas, todo muy dentro de los límites de la corrección.
Creo que incluso me trataban de “distinguida señora” y se despedían con un cordial saludo.
Bueno, a lo mejor he exagerado un pelín.
Pero estoy segura – pero que segura, segura, y segura además de no estar exagerando – de que media una gran distancia entre la forma y el espíritu de las cosas.
En los comentarios que llevo leído queda bastante patente que lo importante son las formas.
Al espíritu que le frían un paraguas (o dos si son pequeños).
Nota: Lo de los paraguas no es mío, pero es que me parece muy bonito.

martes, 4 de junio de 2013

Texto 5.17

5.17 “Desde las investigaciones que se vienen desarrollando en torno al genoma se ha llegado a afirmar que podrán ser determinados los orígenes de cada imperfección. En ese discurso un poco infantil no se precisa qué es la imperfección, o quién o cómo se determina el modelo de perfección deseado. Parece que se piensa que un gen origina un fenotipo, y ello es absolutamente falso, porque una reacción del carácter, aun suponiendo que fuese fija, está determinada por un conjunto de genes y potenciada por lo ambiental. Probablemente toda enfermedad es patrocinada desde la influencia de uno o varios genes, e incluso en el conjunto del DNA estén contenidas todas las posibilidades, desde aberraciones desconocidas hasta cualidades sorprendentes”.


Alicia/Afrodita
4 junio, 2013
El sabor de una fruta, el olor de un perfume, a una persona le gusta y a otra no.
¿Eso sucede porque un mismo sabor, de una misma manzana por ejemplo, le sabe diferente a una que a otra; o les sabe igual pero tienen opinión distinta de qué es buen sabor?
¿Es un error el que comete la manzana por no gustar a uno?
¿Es equivocada la opinión del otro, a quien sí gusta?
Son preguntas absurdas que vaya usted a saber cuál es la respuesta, o quién la tiene. O si hay tantas respuestas como personas capaces de paladear y de opinar.
¿Y no existe la diversidad por obra y gracia (y por fortuna) de, entre otras cosas, una concatenación de la infinidad de errores de opinión y de apreciación de todos los que estamos en el mundo?
No entiendo de arte, no sé cuándo es bueno un cuadro y cuándo no; pero como veo lo diferentes que son los de Picasso de los de Velázquez sí entiendo que qué suerte que alguno (o los dos) estuviese teniendo una opinión equivocada o una percepción errónea.
Sin lo que cada cual a nuestro modo entendemos como imperfecto, si todo reflejo de una misma realidad fuera perfecto y por lo tanto idéntico para todos y desde todos los que la reflejamos, ¿merecería la pena pintar cuadros?, ¿merecería la pena mirar unas segundas Meninas exactas a las primeras?
Y los músicos, y los poetas, y los actores, y los directores de cine y de teatro…
¿Para qué buscar la perfección si, total, la perfección no va a tener más encanto que el de ser idéntica a sí misma?
Bueno, que a lo mejor buscarla sí. Pero no encontrarla. Lo bueno es buscarla siempre y no encontrarla nunca. Y seguir buscando. Y alcanzar nuevos logros, todos y cada uno diferentes del logro anterior, y todos imperfectos.
Y, un día, en justo castigo… ¿por qué, por terminar la búsqueda, el empeño, y misión cumplida tumbarse panza arriba a celebrarlo? No sé, pero en castigo (lo de justo me lo puedo saltar) se alcanza la perfección y se acaba el afán y — perdón pero es que es una frase, la siguiente, que me sale siempre hecha — se jode el invento porque y después de la perfección, ¿qué?
O un ama de casa cocinando unas lentejas.
¿No les salen diferentes a todas? ¿No nos encantaba a todos, de niños, comer en casa de alguna vecina lo mismo pero distinto de cómo lo cocinaba nuestra madre?
¿Quién soportaría, un día tras otro, perfección y sólo perfección a todas horas?
La única respuesta que se me ocurre es que nada más los seres perfectos.
Que puede estar muy bien, que no digo que no. Pero cuando todos seamos perfectos nuestro mundo lo será también. Y ya no haremos falta. Y el mundo no hará falta. Y se terminará y nos tendremos que ir, a buscar otro.
Y otra vez a perseguir la perfección nuestra y nueva que malogrará la imperfección de ese nuevo mundo a estrenar. Y otra vez se joderá el invento. Pero de forma diferente, eso sí y gracias a Dios… Que parece que, para cada paso evolutivo, maquinase una vuelta más de tuerca, un nuevo obstáculo, reto que superar que… “¿pero y esto aquí?”.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.