sábado, 3 de noviembre de 2012

11/03/2012 08:05:00 p.m.


Que si otra vez lo mismo.
Así, de entrada y sin preámbulos.
Dice que sabe  posiblemente tan bien como quien mejor pueda saberlo — Y rezonga para sí “pequeñas vanidades mías, quién pretende” mientras suena un abrir y cerrar de cajones y se queja de “hay días en los que todo parece estar vivo y con ganas de joder”, aunque no dice por qué — que sería un esfuerzo inútil y, total, para qué cuando ya ni se sabe qué es lo que se quiere… Y que si estoy fumando.
Le digo que no y contesta qué suerte y que seguro que tendré a la mano cuatro o cinco mecheros que funcionen.  Le digo que sí, aunque sólo tres; pero no que se me han terminado los cigarrillos para que no me salte con “tú siempre encima, como el aceite”.
Y que bueno y que no importa y que sólo es costumbre y que en realidad ni le apetece.
Y silencios largos con la televisión de fondo.
Juego a combinar trozos de ideas de qué supongo está teniendo en la cabeza para imaginar de qué está hablando, pero rechazo todas las combinaciones diciéndome no es lo que piensa sino lo que piensas.
Y la cosa se enreda, ahora para mí, sin entender por qué las piezas se ensamblan de esa forma y no de cualquier otra.
Tecleo por entre sus palabras y sus silencios tratando de centrarme en qué en realidad quiero decirte.
Que no olvides que mañana nos esperan temprano; tú que los conoces más sabrás qué es para ellos “temprano”.
Pero había algo más que no…
Mira, otra vez rompe a hablar y dice “¿por qué a mí?” y, seguido, “o a cualquiera que igual ni conozco”, dice. Y que lo que a veces pensamos que nos pasa es nada más porque nos pilla en mitad del camino de otros.
Le contesto que sí y sigo pensando, haciendo memoria…
Pero no caigo.
No eches por favor el cerrojo. Ni en saco roto lo de subir al altillo la maleta grande o terminará toda arañada. Yo no, pero tú con una silla alcanzas.
Poco más de las ocho y noche cerrada.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.