viernes, 14 de septiembre de 2012

Rosario

Charo, sí, mi amiga Charito de toda la vida que la quiero yo un montón y fuimos inseparables ya desde niñas hasta que ella se casó. Se caso, sí, con un chico muy bueno que a mí la verdad es que me parecía un poquito soso pero ella decía es muy bueno y muy buena persona y, yo lo sé, me dijo entonces, voy a ser muy feliz con él porque es una persona muy responsable y muy trabajador.
Y se caso, y siempre ha dicho que es tan feliz como ella decía de jovencita que iba a ser, y como yo conozco muy bien a Charito estoy segura de que de veras ha sido tan feliz como ella ya presentía que iba a ser. Hasta hoy.
Digo hasta hoy porque esta mañana va y me llama. Me llama Charito afligida y llorando y, yo, pero Charito, querida, qué te pasa.
Y Charito se suena y moquea y dice con voz entrecortada que la niña, suya y de sus ojos porque es su única hija y la adoran tanto ella como su marido aquel chico tan bueno y tan responsable y tan sensato, que la niña — logro entender entre sollozos —ha conocido a un chico muy bueno,  de Guadalajara, que se llama Juan Francisco, de muy buena familia y muy estudioso que…
– Pero, querida — le digo yo a Charito —, si es estudioso y de buena familia, y del agrado de la niña que seguro que tiene tan buen gusto y tan buen criterio como tú, ¿qué motivos puede haber, pedazo de tontuela para llorar de esa manera?
–Pues… — Charito se suena y moquea antes de responder —, a ver si sé explicártelo para que me entiendas…
– Seguro que te entiendo, cielo — le digo —; cuéntame qué te pasa, cuál es el problema y verás cómo entre las dos encontramos la solución.
– Bueno, pues — noto cómo Charito se enjuga las lágrimas, se aclara la voz y dice de corrido —: Juan Francisco ha sido etarra.
– ¿Etarra, Charo — le pregunto —; un chico de Guadalajara que se llama Juan Francisco ha sido etarra?
–Sí, Afrodita —responde ella en tono impaciente —, etarra.
Y que qué encuentro de raro, quiere saber, al hecho de que el chico sea etarra.
–Pues, no sé — respondo, dubitativa, dubitativa porque entiendo que tal vez a ella mi razonamiento podrá parecerle poco razonable —; no sabría explicártelo muy bien pero siempre pensé que para ser etarra había que llamarse Patxi o Andoni o Iñaqui,  y por supuesto ser vasco, pero, un etarra, Charito, de la Alcarria son bien conocidos los mieleros de toda la vida, pero etarras…
– Oh, es que fue a vivir a Euskal Herria cuando era muy pequeño, a Santurce concretamente. Y dice que se siente vasco, y que su corazón es vasco…
– Eso — le digo — parece razonable. Siempre se ha dicho que el hombre no es de donde nace sino de donde pace; así que…
– Bueno, pues… — Charito se suena, con un sonido seco y rotundo, antes de añadir en tono tajante y resuelto —: No me da la gana que mi hija tenga un novio etarra.
– No es etarra, Charito — le recuerdo —; tú misma has dicho que fue etarra.
– Ah, sí — admite Charito, porque Charito aunque pierda a veces un poco los nervios ha sido siempre razonable —; cometió un atentado y hubo muertos. Estuvo en la cárcel un par de años o tres y, luego, como se arrepintió, lo pusieron en libertad y está totalmente reinsertado.
– ¿Ves, tontuela — le digo — como no tienes motivo ninguno para recelar de él?
– ¡Pero cómo que no! — Se me encrespa Charito — ¿Te gustaría a ti tener un yerno asesino?
– Charito, nena, que ya no es asesino; se arrepintió y está reinsertado. Ahora es ya una persona perfectamente normal ¿No lo entiendes, Charito?
Pero se ha cerrado en banda en que no, en que no lo entiende. Y se ha empecinado en que un terrorista podrá estar todo lo reinsertado que la ley le permita; pero que ella, en cuanto a ciudadana con sus propios criterios éticos y morales, ¡jamás! — que me lo ha dicho gritando y muy alterada, fuera de sí, casi, diría yo —, jamás querrá cerca de sí a un personaje semejante. Y que hará todo cuanto esté en su mano para no emparentar con un asesino. Y que no quiere que sus futuros nietos sean hijos de alguien cuya profesión era (aunque ahora esté arrepentido y reinsertado) poner bombas y pegar tiros en la nuca.
Y por más que he intentado hacerla  entrar en razón y me he esforzado en explicarle que hay que saber perdonar y que además todo el mundo tiene derecho a una segunda oportunidad no ha querido entenderlo ni admitirlo; se ha enfadado, ha dicho que le parecía intolerable lo que le estaba diciendo y ha terminado por mandarme a… (bueno, a la mierda) y me ha colgado el teléfono.
Así que me he quedado un poquito triste. Un poquito triste porque yo a Charito la quiero mucho, porque es mi amiga de toda la vida. Pero… no sé, me da pena que a veces sea tan intransigente y tan poquito comprensiva.


Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.