viernes, 3 de febrero de 2012

El toro de lidia

Nunca me gustaron los toros — quiero decir la fiesta de los toros —; por causa de mi pasión por los animales siempre he detestado todo cuanto de cualquier forma los dañe. Me resulta extremadamente doloroso ver (e incluso aunque nada más sea imaginar) sufrir a un animal y, más, a manos o por la voluntad de un ser racional.

He pensado, sin embargo, también muchas veces qué ocurriría si esta fiesta desapareciese. Imagino que en tal caso el toro de lidia dejaría de ser “interesante” y que los ganaderos que se dedican a la cría y mantenimiento de dichos ejemplares (que les proporcionan unos pingües beneficios) se verían, además de privados de su fuente de ingresos con lo que ello acarrearía para todas las personas cuyo medio de vida gira en torno a esta… “¿industria?”, empujados a… ¿qué hacer con los animales ya existentes?

Al no estar ya destinados a ser lidiados se convertirían en una carga, tal vez en una ruina, y los ganaderos se desharían de ellos, que terminarían sacrificados en los mataderos.

¿Es mejor, o más digno, o menos cruento, ser sacrificado en un matadero que el morir en una plaza y desplegando, hasta el último aliento, todo su poderío y toda su belleza?

Además, en el supuesto de que hubiese, quién sabe, alguien altruista que siguiera criándolos y velando por la raza aun a sabiendas de que no le iban a proporcionar riqueza y tan sólo por el deseo encomiable de que la raza del toro bravo no se extinga, ¿seguiría la raza siendo lo que es?,  ¿seguirían sus ejemplares siendo los animales magníficos, imponentes y sobrecogedores que son?

No lo sé. Pero tal vez privados los toros de su oportunidad de morir a manos de quien a su vez sabe que está arriesgando su vida enfrentándose a un adversario tan imponente y lo encara, por tanto, con respeto o con adoración, incluso — como quien se mide con una deidad —, algo en ellos, en los toros, iría palideciendo, perdiendo su belleza y su fuerza y su halo de animales míticos.

Y desaparecerían.

¿Y no sería triste para el mundo la pérdida de tanta belleza?

No sé tener un criterio único y no contradictorio a este respecto; y me pregunto si para los animales, igual que para las personas, no existirá un fin trascendente que vaya más allá de lo que desde la razón se evalúa de grato o ingrato o justo o injusto; y si, como sucede con las vidas de tantas personas, no será más digno morir con orgullo, con arrogancia, tener una muerte que no desmerezca de la vida confortable (regalada, incluso) de que se ha gozado y no la muerte mansa de los que vivieron y murieron, sin pena, sí, pero también sin gloria.

En fin, no lo sé; sí sé que continuaré eligiendo no acudir y no ver corridas de toros. Pero hoy, a la vista del video que alguien ha subido al blog de el Aventurero, me he sentido conmovida y he deseado — al menos durante 4:25 minutos — que no desparezca del mundo algo tan maravilloso como es el toro bravo.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.