domingo, 2 de diciembre de 2012

En comentario al texto 4.19 de 49 respuestas la aventura del pensamiento


2 diciembre, 2012
El rebelde, ¿desea en realidad que las cosas cambien?
¿Cuántas veces el rebelde no convierte su rebeldía en modo de vida con el que justificar su razón de ser?
¿Qué haría, a qué dedicaría su tiempo y sus afanes si una mañana se levantase de la cama y se encontrara con que habían desaparecido las causas que le propiciaron el ser el rebelde, el que sus vecinos y conciudadanos reconocen como “el rebelde”?
Y no me refiero a que él esa mañana viese las cosas de otro modo, a que al levantarse se percatara de que aquello por lo que se rebeló había dejado de importarle o lo mirara con otros ojos — en realidad dejó de importarle hace mucho, y de verlo y de mirarlo porque todo su interés se centró en ser el rebelde, como un actor que imbuido de su papel se entrega al personaje por entero —, sino a que por la razón que fuere (no importa cuál, imagínese una cualquiera) los móviles hubieran desaparecido, o las causas que ejercieron de detonante hubiesen sido resultas (tampoco hace falta para el supuesto un “cómo”), cayera él en la cuenta de que su rebeldía no era ya necesaria.
Pero, ¿y su papel?, ¿y su personaje?
“¿Se termina la representación justo ahora que me lo sé al dedillo y que lo hago tan bien?, ¿ahora que todo el mundo me conoce y reconoce cuando salgo en televisión?, ¿ahora que me he hecho un nombre y labrado un prestigio gracias a mi rebeldía?”.
Y es que debe de ser muy duro, y además es injusto, ¡maldita sea!
Y casi, si me apuras, el rebelde se siente tan desorientado y tan perdido como el que se queda de la noche a la mañana sin trabajo; y, lejos de alegrarse porque la circunstancia que lo llevó a su rebeldía ya no esté y ya no sea, se siente defraudado.
Pero el rebelde es un “trabajador” nato. No se quedará sentado en un rincón afligido y cruzado de brazos sin saber qué hacer. El rebelde buscará incansable, debajo de las piedras si hace falta, una nueva causa a que entregarse.
Y, así, mientras haya rebeldes seguirán apareciendo causas.
Y mientras sigan apareciendo causas seguirán surgiendo y proliferando los rebeldes que el sistema necesita no sólo para perpetuarse sino para fortalecerse.
¿Dónde o como se le pone fin a eso?
¿Qué pasaría si nos negásemos todos a ser rebeldes?
¿Si nos declarásemos en rebeldía contra la rebeldía y nos proclamásemos hacedores de nuestras vidas y de nuestros mundos y de nuestros destinos?
No sé cómo se hace; pero tal vez levantándose por la mañana no echando cuentas de cuáles o quiénes son los enemigos que están fuera y echándolas más de a cuántos enemigos, que están dentro y tienen — como el autor ya escribió en algún texto anterior… que, mira, lo he encontrado, el 1.16, aquí os lo pego 1.16 “Bolas de ceniza de antiguas hogueras taponan los oídos e impiden escuchar el silbo de los ángeles. Porque hay un ángel que porta una copa para fundir los miedos y lavar la sangre para regar nuevos paisajes. Y acecha un traidor que tiene tu misma cara y tu mirada de hace un momento, un clon que ocupa el espacio de donde vienes, que quiere que te pares, que te detengas, que pretende que sigas siendo él, que le da terror desaparecer”.) — nuestra misma cara nos doblegamos cada vez que renunciamos a no desprendernos del papel que el sistema nos tiene asignado.
¿Y no es eso el colmo de la docilidad?
¿No se vendría abajo el sistema, o se tambalearía por lo menos un poco, si haciendo oídos sordos a qué quiere de nosotros nos dedicáramos a Ser y a Vivir?





Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.