domingo, 25 de noviembre de 2012

Texto 4.18

Publicado por El Aventurero el nov 25, 2012 en Prólogo a la carta número cuatro. Herencias 

Párrafo 4.18

4.18 “Por otra parte, estar sometidos al que dice saber, esté sustentado por una estructura política, familiar, clerical, o sea un vendedor de esperanzas, son posiciones temerosas que a menudo se justifican empleando la piadosa palabra respeto”.
25 noviembre, 2012
Nacemos y crecemos, cada cual en nuestro entorno y con los medios correspondientes a ese entorno que nos darán acceso a salir de la ignorancia y alcanzar la libertad; y sea cual sea el entorno y sean cuales sean los medios siempre habremos de recurrir al exterior — de nosotros mismos, quiero decir, pues el entorno es a fin de cuentas ajeno, o extraño aunque el cercano o familiar no del todo, pero está fuera a fin de cuentas — para soltar la una y aprehender (que la escribo con esa h ahí en medio, aposta, porque seguro que por la libertad y por lograrla no hay mortal que no esté dispuesto a trapichear si es necesario aunque haya de ser a costa de agudizar el ingenio del que se carece, he ahí el problema, desde la ignorancia) la otra.
Pero en ese exterior hay unos “los otros”, a los que recurrimos, que a su vez aprendieron (sin h esta vez) de otros “otros” que… Pues, eso; que como muy bien nos dice el Aventurero en su comentario y como no hay quien sepa todo lo que hay que saber de todo, siempre habremos de acudir a tocar cuantos más palillos mejor para entre un poquito de aquí y otro poquito de allá irnos liberando.
Ocurre también, sin embargo, que esa búsqueda de la libertad y del saber en ocasiones nos amordaza porque como el Aventurero indica, y debiéndose dar por sentado que el experto en cada materia no puede saber de ella absolutamente todo, cada uno de esos expertos adecuará y encaminará (bueno, esto ya no voy a afirmar que lo esté diciendo el Aventurero) su propio saber por las sendas por las que lo que a su vez aprendió le ponga sobre aviso de que le van a resultar más beneficiosas o, concretamente en estos tiempos en que el poseer es obsesión, más lucrativas.
Y una vez metido en esa senda y deseoso de contar con cuantos más acólitos mejor — porque qué experto es un experto que se precie si no tiene su propia escuela y su propia doctrina — pondrá todos los medios a su alcance para disuadir a todo el que se le ponga por delante de prestar atención u oídos o dar credibilidad a ningún otro experto que no sea él.
Así, el que pretende aprender tendrá casi como que sin remedio — y si es que quiere quitarse la mordaza que lo convertiría en un proscrito — aprender lo primero de todo a no dejar que se la pongan, y a huir de los expertos y a poner sus miras y confiar nada más en los iniciados.
Bueno, es lo que creo.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Afrodita en comentario al texto 4.17 de http://www.aventurapensamiento.com/?p=1324


18 noviembre, 2012

¿Es la vida otra cosa que un constante demandar los unos de los otros?
No digo que sea lo deseable, pero sí que es aun a nuestro pesar y a todas las protestas que podamos esgrimir aduciendo “lo hago por ti”.
Se hace “por ti” los padres con los hijos desde que nacemos; y eso que se hizo por esos hijos por los que se hizo “por ti” no siempre redunda en beneficio de los hijos. Y se los ve en infinidad de ocasiones crecer no tan felices como se hubiera deseado o como se considera que en virtud del esfuerzo realizado deberían serlo.
Y se espera y se exige que aquel por el que se hizo lo que se hizo por él y para que fuera feliz, lo sea, sin más y sin rechistar y punto en boca.
Y los padres se sienten frustrados; y no sólo por ver no feliz al hijo para el que se deseó y se hizo “lo mejor y por ti” sino, también y en mucha parte, porque “¿y de todo lo que yo hice por ti, qué?” y porque, encima, el condenado del chico va y rechista.
Porque aunque nos queramos engañar cuando estamos haciendo algo por otro siempre lo estamos haciendo en gran parte por nosotros mismos. Y de los hijos esperamos que nos den satisfacciones, y que en moneda material o inmaterial nos devuelvan y resarzan nuestro esfuerzo o, al menos y si no propiamente de ellos o desde ellos, esperamos que en algún lugar por más impreciso o abstracto que el lugar pueda ser queden impresos nuestros méritos y, de alguna forma, ver satisfecha nuestra vanidad, el reconocimiento de haberlo “hecho bien”.
¿O es eso, íntimamente y aunque jamás lo confesemos, lo que más nos importa? Nosotros, “yo”, en definitiva.
Y los hijos también se sienten frustrados porque… ¿son desagradecidos?
Y se genera una especie de círculo de eslabones imposible de romper, de reproches y de réplicas y de contrarréplicas.
Y, así, desde que nacemos. Desde que salimos del vientre de la madre y nos dan ese primer cachete en el culo (creo que es en el culo) que creo que se da a todos los recién nacidos en el culo…
(Continuará, que tampoco corre prisa y tiempo habrá)

20 noviembre, 2012

Cuando llegamos a eso que se llama uso de razón ya llevamos un lastre, aunque no lo recordemos; ya hemos tenido encuentros y desencuentros con aquellos que todo lo que hicieron por nosotros fue por nuestro bien; ya nos han reprochado y les hemos reprochado y nos hemos los unos a los otros y los otros a los unos replicado y contrarreplicado.
Y cuando ponemos la mano por primera vez en el picaporte de la puerta de nuestro mundo y de los nuestros para abrirla y entrar en el primer contacto con esos otros “otros” que no son los otros ya conocidos o vividos en propia carne y con los que para bien o para mal o para regular ya hemos establecido unos vínculos y firmado los correspondientes pactos de no agresión (o de no sacarnos los ojos, por lo menos) lo hacemos — según cómo nos haya ido la fiesta hasta el momento — o asomando el hocico con prudencia o a pecho descubierto y tumba abierta y… pues que sea lo que Dios quiera.
¿Hay más opciones?
Pues… Bueno, ¿Cuáles?
Se es confiado y generoso y comprensivo y tolerante y filántropo o se es desconfiado y egoísta e incomprensivo e intolerante y misántropo, o se es un poco de lo uno y un poco de lo otro porque “pero” pero “pero”.
Así que, entre unas cosas y otras y a pesar de los “peros” parece que hay bastantes opciones. Sí. Ninguna neta, ninguna pura, ninguna limpia del todo; pero las hay.
Y los otros, los “otros” nuevos con los que nos encontramos ahí fuera; pues están en las mismas y arrastrando, como nosotros, las propias experiencias de sus propias fiestas; predispuestos, lo mismo que nosotros que a saber de cuál de las categorías seamos, a lanzarnos en los brazos del de enfrente o a su yugular o, por el pero “pero”, a guardar las distancias, y las formas, y los ases en las mangas, y a pactar.
Por lo general, y de peor o mejor grado, se termina por — en virtud de una amplia batería de argumentos de lo más heterogéneo y contradictorios muchas veces — por pactar.
Pero pactar es como cuando, en una comida, se pide vino rosado no porque sea el que está prefiriéndose sino porque, “caramba, no es tan tinto como yo lo quería, confórmate por tanto (y aunque sea) aunque no esté siendo tan blanco como lo querrías tú”. (*)
Y nos repartimos, en buena armonía y para ir abriendo boca así para empezar, pequeñas tiranías y esclavitudes que, no hay que desesperar ni que agobiarse, ya irán de nuestras propias manos yendo a más.
De forma que — y para ir terminando — lo mismo que en la niñez sucedió dentro de la familia, sucede en la vida adulta en todo tipo de relaciones; más naturalmente en las afectivas — ya que en las laborales o de otras índoles es comprensible que haya que avenirse a acuerdo —, quiero decir “de forma más problemática” puesto que entra bastante en conflicto los sentimientos con los intereses aunque curiosamente suelen andar con demasiada frecuencia mezclados, interfiriéndose, y eso suele dar malísimos resultados.
Alicia Bermúdez

(*) Luego me voy a Otras políticas y me encuentro este comentario de Manu Oquendo  muy interesante.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Qué se quiere y qué no


Es difícil saber qué se quiere, porque para eso sería necesario conocerlo todo, y eso no es posible. Pero sí es muy sencillo saber qué no se quiere, se da uno cuenta en seguida.
Las vidas están llenas de innumerables  insignificantes “qués” que no se quieren y se aceptan pensando, o creyendo, que no importa, que no hacen daño, que nada más son pequeños inconvenientes a los que hay que avenirse o con los que es necesario transigir para dar satisfacción a otras prioridades.
Me pregunto cómo podrían ser las vidas, de todos y de cada uno, si nadie aceptáramos cargar con ni un gramo, ni un grano, ni un ápice, ni una pizca, ni una brizna, ni una hilacha, ni una gota, ni una mota, de qué no queremos.
Me pregunto cómo podríamos ser si no nos traicionásemos continuamente.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

11/07/2012 09:33:00 p.m.


Me volviste a cambiar el dial. No puedo soportar a esa panda de graciosos que hacen esa sección de parodias que se supone sirve para hacer reír. He mandado mensajes y dejado recados protestando de la mala sombra que tiene ese radiador o como rayos se llame.
Mientras tecleo hablan en la tele de la resolución del tribunal constitucional, y para ilustrar la noticia se ven en la pantalla dos tíos dándose un beso de tornillo.
Me parece repugnante.
Otra polémica de hoy es lo de la donación de órganos de la niña que murió en la fiesta del otro día. Cuando ya estaba todo dispuesto llegó por lo visto una orden del juez diciendo que no se podía realizar.
La familia de la persona receptora (creo  que era del hígado) muy afectada tantas esperanzas e ilusiones como habían puesto…
¿No es monstruoso? Alegrarse de que “alguien” (así, en abstracto) muera para que otro viva.
Pero la gente no siente el menor pesar ni culpa por ese tipo de cosas… ¡Desear que alguien muera porque  “a mí me beneficia”! Y sin asomo de sonrojo.
También me parece repugnante.
Sí, lo vi, y hoy ha vuelto a intentar pinchar de nuevo. Ha cambiado de nombre, pero ha cometido el error (o lo ha hecho adrede) de escribir mi nombre con el guioncito en medio.
Pero no creo que sea nada personal, con otros le pasa lo mismo.
Ah, la presentación.  Pues como son esas cosas; elogios y alabanzas y palabrería.
Que por qué voy a esas mascaradas; y la verdad es que no lo sé.
Pues con una aguja de punto, ya te dije. Ese cajón está lleno de cosas que habría que ir pensando en tirar.
¿Cómo que cuál? Pues ese de las tapas rojas que siempre llevo conmigo. No sé dónde lo he dejado.
He preguntado en el bar y me dicen que allí no.
Se ha comido dos dedos de tu guante izquierdo.
Ah, por si no te das cuenta. En las fechas enlaces a los textos donde puedes ver los comentarios en el original.

sábado, 3 de noviembre de 2012

11/03/2012 08:05:00 p.m.


Que si otra vez lo mismo.
Así, de entrada y sin preámbulos.
Dice que sabe  posiblemente tan bien como quien mejor pueda saberlo — Y rezonga para sí “pequeñas vanidades mías, quién pretende” mientras suena un abrir y cerrar de cajones y se queja de “hay días en los que todo parece estar vivo y con ganas de joder”, aunque no dice por qué — que sería un esfuerzo inútil y, total, para qué cuando ya ni se sabe qué es lo que se quiere… Y que si estoy fumando.
Le digo que no y contesta qué suerte y que seguro que tendré a la mano cuatro o cinco mecheros que funcionen.  Le digo que sí, aunque sólo tres; pero no que se me han terminado los cigarrillos para que no me salte con “tú siempre encima, como el aceite”.
Y que bueno y que no importa y que sólo es costumbre y que en realidad ni le apetece.
Y silencios largos con la televisión de fondo.
Juego a combinar trozos de ideas de qué supongo está teniendo en la cabeza para imaginar de qué está hablando, pero rechazo todas las combinaciones diciéndome no es lo que piensa sino lo que piensas.
Y la cosa se enreda, ahora para mí, sin entender por qué las piezas se ensamblan de esa forma y no de cualquier otra.
Tecleo por entre sus palabras y sus silencios tratando de centrarme en qué en realidad quiero decirte.
Que no olvides que mañana nos esperan temprano; tú que los conoces más sabrás qué es para ellos “temprano”.
Pero había algo más que no…
Mira, otra vez rompe a hablar y dice “¿por qué a mí?” y, seguido, “o a cualquiera que igual ni conozco”, dice. Y que lo que a veces pensamos que nos pasa es nada más porque nos pilla en mitad del camino de otros.
Le contesto que sí y sigo pensando, haciendo memoria…
Pero no caigo.
No eches por favor el cerrojo. Ni en saco roto lo de subir al altillo la maleta grande o terminará toda arañada. Yo no, pero tú con una silla alcanzas.
Poco más de las ocho y noche cerrada.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.