sábado, 1 de octubre de 2011

Texto 3.6

Publicado por  el oct 1, 2011 en Prólogo a la carta número tres. Rastros de nuevos tiempos

3.6 “Los paisajes quedaron marcados por extraños y perfectos sensogramas que reproducían la geometría de las estrellas, filas kilométricas de columnas seguían las dragas subterráneas y las líneas de fuego de la Tierra, espirales perfectas contaban los ritmos vibrantes de las esferas; ¿y cómo, con qué instrumentación marcaron aquellas gentes cruces de líneas milimétricos a cientos de kilómetros?, ¿tenían objetos voladores?; los brujos mexicanos de las sierras taraumaras relatan historias de cómo en determinados estados de hiperconsciencia son capaces de trasladar su mirada a los ojos de los grandes pájaros planeadores, y así detallan a la tribu los paisajes, definen los viajes y travesías, localizan el agua y miran de cerca los ojos de los dioses”.

Afrodita
1 octubre, 2011
El texto trae a la cabeza de forma inevitable, a mí al menos me los trae, aquellos libritos de Castaneda, Las enseñanzas de don Juan, que organizaron mucho revuelo por los años 80.
Trae también a la cabeza esa idea, que arraigó y sigue arraigada en todas las mentes de todos los que quieren ser rompedores o modernos o geniales, de que como el alcanzar ciertos logros sólo se puede conseguir por medio de determinados estados de consciencia la única solución son las sustancias alucinógenas. Esa idea ha llevado incluso a que de forma casi masiva se sienta admiración, y hasta se quiera emular, cuando se es joven, sobre todo, a personajes bastante desdichados que en su momento alcanzaron esa gloria deslumbrante que tanto fascina a todo ser humano. Todos quisiéramos ser únicos y distintos; y en realidad lo somos, o véase, sino, aquí mismo, en este blog, un puñadito de participantes que somos y todos con formas tan diferentes, incluso abismales algunas, de interpretar y de sentir y de trasmitir qué sentimos.
Y, sin embargo, la forma de evaluar o enjuiciar LA DIFERENCIA (lo escribo en mayúsculas porque ahora no me refiero a nosotros ni a las diferencias nuestras, sino a la noción de “diferencia” en algo así como en estado puro) parece que es en todos los humanos muy similar, o muy homogénea. Es como si se tuviera o como si existiese un punto referencial fijo, que tal vez se sabe que no es el único, pero en el que de forma maquinal se fija la mirada, y todo lo que queda fuera de ese punto queda también fuera de la consideración.
Se me ocurren, por ejemplo, tantos cantantes jóvenes y famosos (Janis Joplin, Jimi Hendrich, Amy Winehouse, y otros muchos que no me sé) como han muerto antes de tiempo; no sé si de no haber muerto hubieran seguido ascendiendo o se hubiesen terminado eclipsando; pero el hecho de morirse ya les confirió un halo de gloria añadido a sus méritos.
Tampoco sé si los méritos hubieran sido tales sin las drogas.
Pero lo que me intriga es el porqué de esos afanes; ese buscar fuera y por medios artificiales lo que (parece) debería de buscarse dentro. Y esa fascinación, ese valor añadido que se da a lo que se presenta rodeado de miseria o de disparate (¿era Jimi Hendrich el que después de algún concierto prendió fuego a su guitarra y aquello levantó pasiones?) o de destrucción, no ya de las cosas sino de la propia persona.
Así que, aquellas gentes que colocaron las piedras tan bien puestas, o tenían máquinas voladoras para poder mirar con distancia y ver la perspectiva de lo que querían hacer o habían desarrollado, quién sabe cómo, quién sabe qué capacidades por quién sabe qué medios que, ahora, con tanto como parece saberse de todo, son inimaginables.
Pero se sigue buscando fuera; todo fuera y siempre fuera.
Alguien me dijo una vez, y algunos de vosotros también lo habréis oído, que Moisés se guardó dos mandamientos que no “publicó”. Uno era “sólo firmarás pactos con tus enemigos” y, el otro, el que encaja más en este asunto, “sólo buscarás a Dios dentro de ti mismo”.
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L. Diaz
19 agosto, 2012
La cama en que dormía de niño estaba justo debajo de la ventana y en las noches de verano podía ver antes de dormirme las constelaciones ahí arriba, lentejuelas de colores grandes y brillantes en un cielo negro. De muchas no sabía el nombre pero me sabía las formas que, desplazadas casi imperceptiblemente, se repetían cada noche. Y recuerdo especialmente las dos osas porque eran las que me quedaban más al alcance de la vista sin tener siquiera que incorporarme. Claro que entonces las farolas eran de gas y bajitas, no alcanzarían los tres metros de altura y cada atardecer venía a encenderlas el farolero.
Hace muchos años que el barrio está mejor iluminado con farolas potentes que alcanzan hasta un quinto piso. Pero hace muchos años también que las estrellas dejaron de verse.
Me pregunto si la misma modernidad que con sus farolas alumbrando dónde ponemos los pies nos impide ver unas estrellas que era incuestionable que estaban ahí no nos estará también imposibilitando de percibir otro tipo de evidencias.
Y no estoy pensando en percepciones fantásticas ni extrasensoriales sino cavilando si la tecnología con todos sus aparatos e inventos emitiendo todo tipo de ondas no estará actuando de forma parecida a un inhibidor de frecuencias, y si por eso según el mundo ha ido progresando la capacidad de los humanos se ha visto poco a poco interferida, y sintiéndose taponada se ha habituado, lo mismo que los ojos, a no mirar a lo alto.
Pero quiero pensar que aun con sus ataduras las capacidades están ahí, y que sólo nos hace falta tiempo para aprender a convivir con unos inventos que tantas comodidades y confort nos han ido trayendo, y que aprenderemos a neutralizar los inconvenientes y sortear los obstáculos.
Y qué un día volveremos a ser capaces de experimentar unas sensaciones que perdimos, y a interpretar la tierra y el agua y sus fuerzas y sus corrientes y sus vibraciones y a recuperar un conocimiento de tantas cosas que ignoramos que está ahí pero se trata, nada más, de que lo hemos olvidado.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.