domingo, 4 de septiembre de 2011

La biblioteca

Es asombroso cuántas cosas, objetos, en su mayor parte innecesarios, acumulamos las personas en ese lugar que denominamos “mi casa” y que no alberga aquello que nos va a hacer la vida más sencilla o agradable sino lo que (imaginamos) suponen nuestros amigos, o conocidos, o familiares, que vamos a tener en ella.

Y es que nuestras casas no son la guarida que nos da cobijo sino el escaparate desde el que nos mostramos; igual que las prostitutas (¿es en Ámsterdam?) muestran desde detrás de las vidrieras sus encantos muestra el lector, por poner por caso, los suyos exhibiendo hileras de títulos dando fe — al que sea propenso a tener fe, que no estará necesitando que se la dé nadie ni de nada — de cuánto le interesa la filosofía, o la economía, o la poesía, o la historia, o las ciencias o, incluso y en el colmo del mal gusto, la biográfica.

La biografía es el colmo del mal gusto y el paradigma de la literatura cutre porque, qué biografía; ¿qué busca el lector cuando lee la vida y milagros de tal o cual científico, o filósofo, o poeta?

El aspecto interesante del científico está en su ciencia, en sus investigaciones y en sus estudios; y parece lógico que si su nombre ha trascendido y perdurado y llegado al conocimiento de las gentes esas gentes habrán de acudir a sus obras, y empaparse de ellas, pero no de la vida privada que suele, además, ser bastante aburrida cuando no decididamente oscura y triste.

¿Y qué derecho tiene escritor ninguno a que el pobre científico que dedicó su vida puede que con toda inocencia a quién sabe qué cosas rarísimas y sin preocuparse de nadie — porque los científicos, lo mismo que los filósofos, son muy suyos, maniáticos y obsesivos, y no es costumbre que se ocupen de la gente — se vea convertido en objeto de chismorreo sólo porque él, el escritor, es incapaz de escribir algo más imaginativo?

Pero no son los géneros literarios lo que me ocupa en estos momentos, ni el género de lector que siente inclinación hacia tal o cual género, sino la manía que todo lector que quiere ser entre los de su círculo reconocido como tal tiene de almacenar libros.

Hubo una época, hacia el final de los setenta (siglo XX), cuando estaba de moda ser intelectual y por supuesto de izquierdas, en que “excepto mis discos y mis libros” era frase que repetían todos los progres que abogaban porque todo había que repartirlo. Todo menos sus discos y sus libros,  que eran sus bienes más preciados…

Aquellos progres, muchos de los cuales nos vienen gobernando desde hace más de un lustro (porque le cogieron el gusto a ser progres y ahí se quedaron, como metidos en alcanfor y tal cual; va ya para cuarenta años) o están almacenando otra cosa — que por más que discurro no se me ocurre qué pueda ser — o están tan ocupados en amasar (tampoco se me ocurre qué) que no tienen tiempo de leer o, prueba de ello, es cómo no hará más de un par de días, o ayer mismo, el ministro de Fomento don José Blanco decía «si lo miramos con “prespetiva” histórica».

Pero tampoco es la política ni los políticos en lo que quiero centrarme sino en las personas y en su cómo entienden el buen vivir y cómo ha de inferirse qué es su concepto de confort para sus entornos vitales; que no tiene por qué corresponderse con la idea de rodearse del menor número posible de preocupaciones e incomodidades.

Así — y regresando al tema de los libros — el que se denomina o se tiene por lector se siente obligado a tener la casa (que ya hemos dicho que es el escaparate desde el que nos mostramos) atestada de libros cogiendo polvo que, luego, hay que limpiar…; limpiar o dejar que se acumule alegremente sobre ellos ¿Pero qué dirían las visitas si viesen nuestra biblioteca cubierta de polvo?

De manera que hay que limpiar el polvo o, si no gusta hacerlo (y no gusta) hay que tener a alguien, un extraño que de algún modo va a ser juez — o testigo, cuando menos — de nuestra forma de vivir y que, en atención o estricto cumplimiento de qué es la condición humana, contará a sus amigos o parientes o conocidos cómo es el entorno de tal o cual persona a la que presta sus servicios.

De esa forma, tan simple, uno, el que vive a lo que podría de forma perfectamente lícita ser “su manera” pierde, por culpa de los objetos y de las circunstancias que los objetos acarrean, algo de su privacidad y su manera.

Y perder la privacidad es molesto, cuando menos; y cuando más puede llegar a ser incluso peligroso porque cuanto más de nosotros sepan los extraños de más armas dispondrán con las que dañarnos.

De lo que se deduce, por resumir, que mejor que poseer libros es acudir a la biblioteca pública; y mejor que tener cuadros ir a visitar el museo del Prado, y mejor que tener joyas irse a mirar los escaparates de las joyerías de la calle de Serrano. Así no hay que malgastar el tiempo en atusar la casa, ni en perderlo con quien la atuse, que las personas dan todas muchísima guerra y son muy, pero que muy latosas y pesadas.

Nota: Esta entrada ha sido rehecha el 28 de septiembre de 2011 (aclaración que hago para que se comprenda que cuando digo “ayer” para la frase que pronunció el ministro Sr. Blanco me estoy refiriendo al martes 27).

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.