domingo, 20 de marzo de 2011

Sin título

Se oyó un golpe y miré por la ventana. Telefoneé al 112 y en menos quizás de cinco minutos llegaron dos ambulancias y varios coches de policía. En apenas unos instantes le habían quitado el casco y pude ver con los prismáticos cómo le daban masaje cardiaco. Mientras tanto llegó una tercera ambulancia de la que sacaron diferentes objetos; uno de ellos una tienda de campaña que desplegaron con rapidez y desplazaron, una vez montada, sobre el hombre y los sanitarios que lo atendían, otro era un foco muy potente.

Pude ver con los prismáticos el interior de la tienda, que ahora era como una habitación bien iluminada donde los sanitarios —uno de los chalecos, de una señora, llevaba la palabra “médico” — continuaban con sus tareas de reanimación.

Hubo un momento en que sólo veía las espaldas de ellos y luego ya vi al hombre, tumbado, boca arriba; llevaba pantalones vaqueros y de cintura para arriba lo habían desnudado. En el pecho se veía algo que parecían pegatinas, de color blanco, de las que salían unos cables y pensé “un electrocardiograma”.

El hombre seguía inmóvil.

Los sanitarios habían dejado de moverse con la celeridad de unos momentos antes. Vi entonces que desplegaban una tela de color dorado, brillante y muy flexible que me recordó un traje de lamé, uno de esos vestidos que se ponen las señoras para acudir a una fiesta, y que desde los pies lo iban extendiendo sobre el cuerpo del hombre.

Pensé “si no le tapan la cara es que está vivo”. Pero sí le taparon la cara.

Luego vi cómo la médico rellenaba unos papeles sobre el capó de uno de los coches de policía mientras otras personas apagaban el foco, recogían todos los enseres que habían utilizado, y plegaban de nuevo la tienda.

Minutos después llegó otro coche de policía con el rótulo “investigación de accidentes” y los hombres que bajaron de él hicieron fotos, a la moto, y al casco; e inspeccionaron la moto por todas partes con linternas; y con una rueda que giraba en el extremo de un mango largo como un bastón siguieron lo que imaginé las huellas de la moto hasta el bordillo.

Se habían ido marchando las ambulancias y algunos coches de policía. Sólo quedaba uno, o dos, y una de las ambulancias y la médico, y el coche de la investigación de accidentes; y el envoltorio de color dorado y brillante. Aquello como una sábana de material flexible permitía adivinar la figura, la cabeza del hombre, un poco girada a la derecha, y los hombros, y el tronco y las piernas un poco separadas tal y como estaban cuando pensé “un electrocardiograma”.

Un rato después llegó en un coche negro, con chofer y sin rótulo, un señor de pelo canoso que se acercó al cuerpo, y uno de los policías levantó la tela dorada para que le viese la cara. Habló poco con los policías y la médico, y se marchó en seguida.

Luego se marcharon todos los coches de policía, menos el de investigación de accidentes.

Los conductores que pasaban frenaban, un poco, atraída posiblemente su atención por el envoltorio dorado.

Llegó luego una grúa que se llevó la moto y el caso; los empleados los colocaron sobre la grúa con gestos en nada diferentes a los que hubiesen hecho si la moto estuviera sólo mal aparcada, o abandonada.

Ya sólo quedaban en el lugar el coche de investigación de accidentes y el cuerpo del motorista.

Llegó al fin un furgón negro, o azul muy oscuro, con el rótulo “empresa mixta de servicios funerarios”. Paró justo donde me impedía ver cómo recogían al hombre, pero cuando lo colocaban dentro del furgón con una camilla lo que lo envolvía ya era blanco, normal, y el cuerpo  sujeto con correas parecía bastante más menudo que cuando estuvo en el suelo con la tela dorada.

Se marcharon todos. Todo cuanto quedó, en el suelo, donde había estado el cuerpo, era un envoltorio de papel albal, corriente, de color plata, del tamaño de un bolso de viaje; y un trozo de lienzo blanco.

Vino finalmente un camión con el rótulo “medio ambiente”, como los de la basura pero rojo y blanco en lugar de verde y blanco. Y los hombres recogieron  el envoltorio y el lienzo, y barrieron, y echaron agua a presión con una manguera, y se marcharon.

En apenas tres o cuatro horas todo recuperó el aspecto cotidiano.

Los jóvenes que ya empezaban a salir del Neils (o como se llame ahora) hablaban y reían mientras buscaban taxis, como todos los fines de semana. Los conductores circulaban ya sin frenar porque ya no había nada.

Cuando me levanté el cielo era muy azul. Y un sol esplendido iluminaba la mañana ya casi primaveral del sábado; y acariciaba, con perfecta inocencia, el lugar donde el hombre había muerto.





Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.