jueves, 13 de enero de 2011

Ripio a cierta, malhadada circunstancia

Solemnes, empaquetados, seguros de su fortuna y orgullosos de sus glorias, proclaman, los que triunfaron — los que enarbolan pendones que se mecen en lo alto de las torres de la infamia y de la vergüenza inane que exhiben grandilocuentes ciertas damas que se jactan de su cargo y de su rango —, que merecieron el trueque; pregonando, en su torpeza — en su necia contumacia de mantenerse en sus trece que catorce veces siete es seguro que no puede convencer ni aun al más tonto de que saben lo que pintan, dónde van ni de qué vienen esas ínfulas absurdas con que se engallan y crecen y se adulan y presumen de ser gente que merece que se les rinda obediencia, cortesía y reverencias y se las diga señoras y, a los ellos, caballeros, y se los tenga en los cuernos de la luna y se les preste la atención que  por andarse con cuidado de qué traman, qué maquinan y qué tejen , es seguro que merecen —, que llegaron a la cumbre pero no alcanzarán nunca a la dignidad que exime del resquemor que adolece, conturba y desasosiega a todos los que indignados, ofendidos y ultrajados, sospecharemos por siempre que alcanzaron con quebranto.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.