domingo, 18 de diciembre de 2011

Pensando

Me viene rondando — o ha rondado siempre por mi cabeza a lo largo de la vida —una cuestión que a lo mejor es muy tonta; tan tonta que es seguro que ya se ha paseado por muchísimas otras cabezas, pero que por su propia tontuna (de la cuestión, no de las cabezas) nadie la ha planteado — que yo sepa, aunque eso no significa nada, porque si sólo fuera a existir lo que yo sé el Universo entero sería casi en su totalidad la Nada —, decía, hasta ahora.
Me daba un poco de corte, diciéndome “¿cómo vas a poner en el blog semejante simpleza?”, pero me hice la sorda — oye, lo que es el subconsciente, que me ha venido cierto miembro de cierta casa real a la cabeza —, me hice la sorda y abrí el ordenador arremangada y “hala, pues lo pongo y que sea lo que Dios quiera”.
Pero mira he te tú aquí que me encuentro, como dándome el pie o punto de apoyo, las consideraciones de Bhakta que, espero, por cierto, no me malinterprete entendiendo que las relaciono con “tontuna” sino con la posibilidad que él me brinda de, al hilo de sus cogitaciones acerca de cómo se encarnarían las almas que precisan del cuerpo físico para su evolución y transformación y de la obligación que todos tenemos para con el resto de la humanidad, colocar qué me tiene sumida en preguntas sin respuesta conocida hasta la fecha.
Quiero decir:
¿Para qué sirve todo lo que empezó a existir cuando la Nada dejó de serlo?
Antes, hace mucho tiempo, ni en nuestro sistema solar ni en nuestro planeta ni en nuestra galaxia ni en ningún otro sistema ni galaxia existía nada, absolutamente nada; vamos que, hasta tal punto no existía nada que no existían ni galaxias porque no había ni Universo ni Cosmos ni Una Eternidad ni para contenerlas ni para contemplarlas ni para echarlas de menos ni echarse (ni de menos ni de más, en su nonadez) a sí mismos…
No había seres animados (aunque hubieran sido larvejas insignificantes) ni inanimados. Ni, por supuesto, seres pensantes ya fueran humanos o inhumanos o inimaginables; no había inteligencia, ni concepto de bien ni de mal, ni de belleza ni de fealdad. No había absolutamente nada antes de que la Creación empezase. Creo que lo estoy razonando bien.
Si no había Nada, no había error, ni dolor, mi maldad, ni fealdad, ni nada indeseable que erradicar ni contra lo que batallar.
¿Qué falta le estaba haciendo al Creador el crear todo lo que existe?
La Nada es perfecta, no tiene defecto y no hay, por tanto, nada que corregir en ella. No hace falta inteligencia ni hay ninguna necesidad —ni tampoco voluntad — de evolución que vaya, con todo lo que conlleva de trastabilleos y palos de ciego, a por medio de los seres pensantes y conscientes y de su inteligencia “mejorar” o perfeccionar lo que ya estaba siendo perfección absoluta.
Se me puede responder que todo ello es para que los seres (que seamos o estemos siendo) evolucionemos.
Pero es que vuelvo a lo mismo, ¿qué falta le estaban haciendo a la Perfección que ya era seres ningunos que completaran una especie de círculo que arranca de ella misma — esa Nada perfecta y sin mácula — para tras innumerables vicisitudes regresar a ella?
Ya advertí de que mi planteamiento era una tontuna. Pero entre Bhakta, Luz con su cuento, Salva-sea-la-Parte con su réplica, y Enrique con su disertación acerca de las pisadas y los colores y las piedras, me he animado a hacerlo entendiendo que, bueno, para qué ser tan recatada cuando se puede servir para que cualquier otro piense “mira, algo que yo también he pensado alguna vez”, o, en el peor de los casos, “a esta le falta un hervor”.
Pero y qué pasa por eso.

                                               Al texto 3.11

jueves, 15 de diciembre de 2011

Texto 3.11

Publicado por  el dic 15, 2011 en Prólogo a la carta número tres. Rastros de nuevos tiempos 

3.11 “Bajo las baldosas de cada habitáculo hay venas cargadas de mercurio y arterias por las que circula la ambrosía. Leyes que escribieron en el aire las leyendas cantan que en cada espacio, el encuentro entre la energía telúrica y los fotones que traen la luz del Sol trabaja en niveles distintos de vibración; por eso parece que cada sitio tiene sus pisadas, sus piedras, sus colores, sus tiempos y sus sensaciones, de modo que lo idealizan para que en él se libere un tipo de reacción, nazca un sueño o se produzca un sentimiento.”
Contertuliano a Salva-sea-la-Parte
18 diciembre, 2011
No sé si encaja o no encaja, pero todos los días, desde el instante en que nos levantamos de la cama y ponemos el primer pie en el suelo ya estamos expuestos a que no todo lo que acontece encaje con nuestra “agenda”; y sin embargo las cosas sucedes, y las incorporamos, y esas incorporaciones obligan a pequeñas o grandes vueltas de tuerca que van modificando nuestras vidas y nuestras mentes.
En cuanto a las frases, los aforismos que tú has escrito, no sabría decir si estoy de acuerdo o en desacuerdo, ya que todo cuanto pueda decirse o escribirse tiene, por lo menos, una doble lectura.
Por ejemplo, cuando escribes “la razón de tu vida eres tú mismo. Tu paz interior es tu meta en la vida”, ¿ha entenderse que soy el ombligo de mi mundo — el más importante de los mundos según yo (según el aforismo) — y que he de ir tras mi paz interior arrasando, si es preciso, con todo cuanto represente un obstáculo?
O cuando escribes (quiero decir transcribes, pues al ir entre comillas pienso que están tomados de algún otro sitio) “Nadie es dueño de tu felicidad, por eso no entregues tu alegría, tu paz, tu vida en las manos de nadie, absolutamente a nadie.” ¿Quiere decirse que mi alegría y mi paz he de reservarlas sola y exclusivamente para mí misma?
Y “No coloques el objeto demasiado lejos de tus manos,” ¿significa que lo conveniente es no verse forzado a ampliar, romper la barrera de los propios alcances?
“Deja de pensar mal de tí mismo, y sé tu mejor amigo siempre.” ¿Me está invitando a que me mire con benevolencia, a que como “buena amiga” justifique mi forma de proceder, sea la que sea; o a que como “amiga mejor” me haga ver mis errores? 
Posiblemente las interpretaciones acertadas no son las que yo he dado, y cuento con ello; pero cuento también con que hay infinitas maneras de interpretar.
***
Afrodita
18 diciembre, 2011
Me viene rondando — o ha rondado siempre por mi cabeza a lo largo de la vida —una cuestión que a lo mejor es muy tonta; tan tonta que es seguro que ya se ha paseado por muchísimas otras cabezas, pero que por su propia tontuna (de la cuestión, no de las cabezas) nadie la ha planteado — que yo sepa, aunque eso no significa nada, porque si sólo fuera a existir lo que yo sé el Universo entero sería casi en su totalidad la Nada —, decía, hasta ahora.
Me daba un poco de corte, diciéndome “¿cómo vas a poner en el blog semejante simpleza?”, pero me hice la sorda — oye, lo que es el subconsciente, que me ha venido cierto miembro de cierta casa real a la cabeza —, me hice la sorda y abrí el ordenador arremangada y “hala, pues lo pongo y que sea lo que Dios quiera”.
Pero mira he te tú aquí que me encuentro, como dándome el pie o punto de apoyo, las consideraciones de Bhakta que, espero, por cierto, no me malinterprete entendiendo que las relaciono con “tontuna” sino con la posibilidad que él me brinda de, al hilo de sus cogitaciones acerca de cómo se encarnarían las almas que precisan del cuerpo físico para su evolución y transformación y de la obligación que todos tenemos para con el resto de la humanidad, colocar qué me tiene sumida en preguntas sin respuesta conocida hasta la fecha.
Quiero decir:
¿Para qué sirve todo lo que empezó a existir cuando la Nada dejó de serlo?
Antes, hace mucho tiempo, ni en nuestro sistema solar ni en nuestro planeta ni en nuestra galaxia ni en ningún otro sistema ni galaxia existía nada, absolutamente nada; vamos que, hasta tal punto no existía nada que no existían ni galaxias porque no había ni Universo ni Cosmos ni Una Eternidad ni para contenerlas ni para contemplarlas ni para echarlas de menos ni echarse (ni de menos ni de más, en su nonadez) a sí mismos…
No había seres animados (aunque hubieran sido larvejas insignificantes) ni inanimados. Ni, por supuesto, seres pensantes ya fueran humanos o inhumanos o inimaginables; no había inteligencia, ni concepto de bien ni de mal, ni de belleza ni de fealdad. No había absolutamente nada antes de que la Creación empezase. Creo que lo estoy razonando bien.
Si no había Nada, no había error, ni dolor, mi maldad, ni fealdad, ni nada indeseable que erradicar ni contra lo que batallar.
¿Qué falta le estaba haciendo al Creador el crear todo lo que existe?
La Nada es perfecta, no tiene defecto y no hay, por tanto, nada que corregir en ella. No hace falta inteligencia ni hay ninguna necesidad —ni tampoco voluntad — de evolución que vaya, con todo lo que conlleva de trastabilleos y palos de ciego, a por medio de los seres pensantes y conscientes y de su inteligencia “mejorar” o perfeccionar lo que ya estaba siendo perfección absoluta.
Se me puede responder que todo ello es para que los seres (que seamos o estemos siendo) evolucionemos.
Pero es que vuelvo a lo mismo, ¿qué falta le estaban haciendo a la Perfección que ya era seres ningunos que completaran una especie de círculo que arranca de ella misma — esa Nada perfecta y sin mácula — para tras innumerables vicisitudes regresar a ella?
Ya advertí de que mi planteamiento era una tontuna. Pero entre Bhakta, Luz con su cuento, Salva-sea-la-Parte con su réplica, y Enrique con su disertación acerca de las pisadas y los colores y las piedras, me he animado a hacerlo entendiendo que, bueno, para qué ser tan recatada cuando se puede servir para que cualquier otro piense “mira, algo que yo también he pensado alguna vez”, o, en el peor de los casos, “a esta le falta un hervor”.
Pero y qué pasa por eso.

martes, 13 de diciembre de 2011

Mira que te pones terca


Mira que te pones terca cuando te empeñas y empinas la nariz olfateando qué hay en el aire y qué habita en los cantos de las aves, en la del alba la brisa, en las hojas de los árboles y los ojos de la ardilla presurosa y vivaracha y en la laboriosa hormiga; y en la mosca, y el gusano, y el ratón y la pimpante mariposa que se inflama de colores en sus alas que se baten y arrebatan del feliz latido leve que en su palpitar se agita; y qué en los granos de arena y qué en las gotas del agua y en los timbres de las voces que pronuncian las palabras que dicen lo que no quieren tan sólo porque sus tonos las traicionan y remiten a no lo que están diciendo sino a qué piensa quien dice.


Mira que te pones terca cuando te empeñas y obstinas en distinguir entre líneas, entre sonidos y flores, las espinas que se ocultan en los pliegues de los dobles sentidos de que se sirven los sentidos de los hombres cuando no quieren dejarse vislumbrar aunque no logren ocultar lo que pretenden aliñado de primores que edulcorando adolecen de la amargura que enciende  en las almas el deseo  de bajo formas sutiles, tenues como el humo breve, hacer llegar al que entiende el contenido indeleble que se desprende indolente sin importarle un ardite el traicionarse y venderse al mejor postor que puje por de qué es deudor quien miente.


Mira que te pones terca cuando torpe te empecinas en hallar el recto rumbo de qué piensa quien recita palabras que suenan falsas, discursos que dan indicio, no de estar siendo sinceros y sí el producto torcido de aviesas cogitaciones afanosas del prestigio que confieren las maneras de los que habiendo aprendido que las buenas formas marcan el derecho a la templanza se valen de  la añagaza por la que sin despeinarse acceder a la ventura de ser tomados en cuenta aun cuando sus composturas estén dando muestra exacta de cuál es su catadura.

Mira que te pones terca cuando en tu desenvoltura te encabritas y te enconas, te enfadas y monta en ira, ese sentimiento tuyo que se niega y que porfía por qué no debe cederse un ápice a la perfidia de quienes bajo el aspecto, las fórmulas y las mixtas acepciones que se doblan y que la cerviz inclinan frente a los que traicionando los principios que debían regir las normas que imperen en una sociedad digna aceptan sin sonrojarse humillaciones que claman al cielo y a las erinias.

Mira que te pones terca no queriendo entender, niña, que hay que ser condescendiente y aceptar aunque reviente a gentes que aunque la nieguen son como tú, niña, insisto,  de esta tierra que no quieren.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.