martes, 29 de marzo de 2011

De la nada hasta el vacío

Caminar con pies descalzos en comitivas que arrastran las penas que ya no pueden ocultarse por más tiempo tras los párpados cansados en lágrimas que se embeben, se ensordecen, se corroen.
 ¿De envidia,  de desventura, o de inmunda compasión?
 ¿Por los que, cuando supieron, cuando tuvieron enfrente los perfiles que marcaban las aristas de las causas diciendo que no temían, se escondieron tras las farsas que no fueron jamás dignas de guiarlos por las sendas que marcaban las porfías?
¿Los culpables  inmolando, en su caminar cansino, en su deslizar moroso, en su sofocar nefasto su crítico sentimiento de dislate o de indolente agravante?
 La bondad o la belleza de que se cubren los pálidos arrumacos desprovistos de cualidad que les sirva…  ¿de redención?, ¿de sorpresas que jamás dará la huida de los que se confiaron en dilapidar sus días abrazando los abruptos arrebatos que desvían los desvelos del que duerme a la sombra de no importa qué premuras o qué altivas pretensiones de acuciantes acicates que predigan que será retado el veto que cercena la codicia de tantos como ambicionan insuflar en sus pericias voluntad de ya más tarde, ya completada la vida,  caminar sin inmutarse en busca de… su armonía?;  ¿serán moneda de cambio con la que saldar la deuda que ya al nacer se asumía?

miércoles, 23 de marzo de 2011

A la guerra y sus desastres

Que venga todo el que quiera mirar por un agujero de cerradura de llave qué se ve en este planeta donde todo el mundo riñe, do todo quisque se enfada, donde todo es tiranteces y los pueblos de unos lados y otros lados del Atlántico se tiran bombas los unos a los otros que les lanzan todo tipo de improperios y profieren amenazas.

Un planeta envenenado por odios y por malsanas ambiciones iracundas enraizadas en qué entienden las torpes gentes que mandan qué será el bien de sus pueblos, qué el hacer grandes las patrias, qué defender las culturas y qué mantener la llama de la fe que ha de llevarnos en alas de la templanza a convivir como hermanos en las diferentes razas.

Que vengan todos y vean, comprueben si no se espantan de ver tanta desventura, tanta irrefrenable saña como ponen en herirse, dañarse y hacerse mala, muy mala sangre negruzca que se vierte y se derrama de corazones infectos invadidos por la rala ilusión de ganar gloria a costa de la desgracia.

Que vengan y que se queden boquiabiertos de ver tanta estupidez como alienta en tantas razones dadas por mentes que alcanzan sólo a entender que será fama lo que adornará las cruces de los muertos en batallas libradas en campo abierto a voluntades oscuras de argumentos que se erigen en causantes de la infamia.

Que vengan y no se asusten, que escruten con sus miradas, que sean valientes y enfrenten la realidad desgarrada que atenaza a tantas gentes que sufren y tienen ganas de que tanto error termine y sea alguna vez la flama del amor que ha de prenderse en toda la especie humana la que lance sus destellos al nacer cada mañana.

Que vengan miren y vean por cerradura de llave pequeña como las miras de los necios gobernantes cuál es este mundo nuestro, cuáles son nuestros afanes, cuál la gloria que ellos buscan y qué logros nos atañen; que vengan, miren y vean; y que una vez visto todo cuanto no debe olvidarse cierren la puerta del mundo y tiren luego la llave.


domingo, 20 de marzo de 2011

Sin título

Se oyó un golpe y miré por la ventana. Telefoneé al 112 y en menos quizás de cinco minutos llegaron dos ambulancias y varios coches de policía. En apenas unos instantes le habían quitado el casco y pude ver con los prismáticos cómo le daban masaje cardiaco. Mientras tanto llegó una tercera ambulancia de la que sacaron diferentes objetos; uno de ellos una tienda de campaña que desplegaron con rapidez y desplazaron, una vez montada, sobre el hombre y los sanitarios que lo atendían, otro era un foco muy potente.

Pude ver con los prismáticos el interior de la tienda, que ahora era como una habitación bien iluminada donde los sanitarios —uno de los chalecos, de una señora, llevaba la palabra “médico” — continuaban con sus tareas de reanimación.

Hubo un momento en que sólo veía las espaldas de ellos y luego ya vi al hombre, tumbado, boca arriba; llevaba pantalones vaqueros y de cintura para arriba lo habían desnudado. En el pecho se veía algo que parecían pegatinas, de color blanco, de las que salían unos cables y pensé “un electrocardiograma”.

El hombre seguía inmóvil.

Los sanitarios habían dejado de moverse con la celeridad de unos momentos antes. Vi entonces que desplegaban una tela de color dorado, brillante y muy flexible que me recordó un traje de lamé, uno de esos vestidos que se ponen las señoras para acudir a una fiesta, y que desde los pies lo iban extendiendo sobre el cuerpo del hombre.

Pensé “si no le tapan la cara es que está vivo”. Pero sí le taparon la cara.

Luego vi cómo la médico rellenaba unos papeles sobre el capó de uno de los coches de policía mientras otras personas apagaban el foco, recogían todos los enseres que habían utilizado, y plegaban de nuevo la tienda.

Minutos después llegó otro coche de policía con el rótulo “investigación de accidentes” y los hombres que bajaron de él hicieron fotos, a la moto, y al casco; e inspeccionaron la moto por todas partes con linternas; y con una rueda que giraba en el extremo de un mango largo como un bastón siguieron lo que imaginé las huellas de la moto hasta el bordillo.

Se habían ido marchando las ambulancias y algunos coches de policía. Sólo quedaba uno, o dos, y una de las ambulancias y la médico, y el coche de la investigación de accidentes; y el envoltorio de color dorado y brillante. Aquello como una sábana de material flexible permitía adivinar la figura, la cabeza del hombre, un poco girada a la derecha, y los hombros, y el tronco y las piernas un poco separadas tal y como estaban cuando pensé “un electrocardiograma”.

Un rato después llegó en un coche negro, con chofer y sin rótulo, un señor de pelo canoso que se acercó al cuerpo, y uno de los policías levantó la tela dorada para que le viese la cara. Habló poco con los policías y la médico, y se marchó en seguida.

Luego se marcharon todos los coches de policía, menos el de investigación de accidentes.

Los conductores que pasaban frenaban, un poco, atraída posiblemente su atención por el envoltorio dorado.

Llegó luego una grúa que se llevó la moto y el caso; los empleados los colocaron sobre la grúa con gestos en nada diferentes a los que hubiesen hecho si la moto estuviera sólo mal aparcada, o abandonada.

Ya sólo quedaban en el lugar el coche de investigación de accidentes y el cuerpo del motorista.

Llegó al fin un furgón negro, o azul muy oscuro, con el rótulo “empresa mixta de servicios funerarios”. Paró justo donde me impedía ver cómo recogían al hombre, pero cuando lo colocaban dentro del furgón con una camilla lo que lo envolvía ya era blanco, normal, y el cuerpo  sujeto con correas parecía bastante más menudo que cuando estuvo en el suelo con la tela dorada.

Se marcharon todos. Todo cuanto quedó, en el suelo, donde había estado el cuerpo, era un envoltorio de papel albal, corriente, de color plata, del tamaño de un bolso de viaje; y un trozo de lienzo blanco.

Vino finalmente un camión con el rótulo “medio ambiente”, como los de la basura pero rojo y blanco en lugar de verde y blanco. Y los hombres recogieron  el envoltorio y el lienzo, y barrieron, y echaron agua a presión con una manguera, y se marcharon.

En apenas tres o cuatro horas todo recuperó el aspecto cotidiano.

Los jóvenes que ya empezaban a salir del Neils (o como se llame ahora) hablaban y reían mientras buscaban taxis, como todos los fines de semana. Los conductores circulaban ya sin frenar porque ya no había nada.

Cuando me levanté el cielo era muy azul. Y un sol esplendido iluminaba la mañana ya casi primaveral del sábado; y acariciaba, con perfecta inocencia, el lugar donde el hombre había muerto.





Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.