miércoles, 10 de noviembre de 2010

Durante siete semanas y media el caballero se esforzó


porque pretendía ser el número catorce de un exiguo reino de quince súbditos pero, al amanecer del primer día de la segunda mitad de la octava semana de durísimo entrenamiento, el caballero despertó aquejado de un fortísimo dolor de testículos que, además, estaban muy inflamados.

Habían sido semanas agotadoras, extenuantes, que el caballero había soportado con entereza y de buen grado con la ilusión de llegar, algún día, a ser uno de los pares del reino.

Había, a lo largo de aquel tiempo que imaginó habría de recordar luego como una pesadilla — pero una pesadilla, le decía una voz interior dándole ánimos, “que habrá merecido la pena” —, sufrido nada menos que media docena de derrotas; pero había perseverado. Impasible e impertérrito había continuado acudiendo puntualmente a los entrenamientos, y a las eliminatorias, viendo sin dejarse ganar por la desesperación cómo siempre eran otros los que se graduaban; otros que eran para colmo más pequeños y hasta, uno de ellos, el número dos en concreto, no un par como todos los demás, sólo par y sin mácula sino (o al menos eso se rumoreaba) un poco  primo…

En cambio, él, él que no era ninguna nulidad, él que no era ningún imbécil… ¿Por qué tenía que pasarle algo tan humillante precisamente a él?

Agarró el teléfono, llamó al campo de entrenamiento y pidió hablar con el instructor.

– No voy a entrenar — Le dijo, escueto, esforzándose por contener las lágrimas.

– ¿Cómo que no vas a entrenar? — el instructor —. A cuatro días escasos del examen el señorito dice que no entrena ¿Y se puede saber por qué?

– Porque no puedo.

– Ah, no puedes — el instructor era un tipo algo rudo, pero le tenía aprecio —; pues que sepas que es tu última oportunidad de ser, fíjate bien, el mayor de los pares  del reino — y, tras una breve pausa — ¿O es que no te das cuenta?

– Sí, me doy cuenta.

– Te das cuenta, ¿te das cuenta de lo que eso, justo ahora que te enfrentas al esfuerzo final, significa?

– Me doy cuenta, pero…

–Te das cuenta pero — bramó el instructor —, te das cuenta pero… ¿Qué coño de “pero”? ¿Por qué carajo no tienes que venir a entrenar?

El dolor, que por unos instantes parecía haber remitido, arreció de nuevo; se hizo tan fuerte que el caballero, apretando las mandíbulas para no gritar, pudo tan sólo balbucir  "porque se me han hinchado los huevos".

Caballero a la Jineta

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.