martes, 26 de octubre de 2010

A los sauces llorones no les gusta la pimienta en grano

A los sauces llorones no les gusta la pimienta en grano menos que los despertadores digitales o los bailes de salón no porque los afiladores de puntas para lapiceros tengan la fea costumbre de criticar a las lenguas de fuego pregonando que aun no disponiendo de razones ni propias, ni de peso, ni sociales ni trigonométricas para estrechar lazos de amistad con sus homónimas ― ni de la antigua Atenas ni del bastante más moderno Lacio ― se muestren sí no menos proclives a renegar tanto de los cocodrilos y sus lágrimas como de las cántigas de Alfonso X el Sabio o las declinaciones de las otras que, inclinadas a experimentar un cierto alivio cuando por imperativos o futuros perfectos de verbos intransitivos regulares no han de comparecer ante los tribunales se saben más acuciadas, sin embargo, por la necesidad de conjugar su afición por los salmonetes y las carpas que por su querencia por las colchas de seda sino porque, como inquietas o medio amedrentadas frente a la incomprensible falta de operatividad de los pañuelos que llevan, tan precavidos ellos, escondidos en sus bocamangas, los obligan a sentirse aquejados de una risa nerviosa que no les permite concentrarse en guardar la compostura que sus continentes, tan severos, parecen estar exigiendo a grandes voces y a cada instante.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.