martes, 19 de octubre de 2010

Terapia ocupacional

Sabía poder asegurar llegado el caso y sin apenas inmutarse que había intentado recordar a veces cuánto tiempo hacía que había dejado de añorar los tiempos en que tuvo una bicicleta azul con la que pedaleaba cada día, en las mañanas de verano, junto al río; pero que ahora, tanto tiempo después, la sensación que lo embargaba era la de que todas aquellas veces abandonó el intento por razones que, mirando hacia atrás, se le antojaban peregrinas o meras excusas para no aplicarse, para no poner en la tarea que se asignaba voluntariamente todo el empeño que hubiera sido necesario para lograr el éxito.

Sabía también que siempre que se hacía este tipo de trampas trataba, inmediatamente y sin dejar por ello de atender a lo que estuviese ocupándolo en cada momento, de forzar su memoria hasta evocar aquella tarde de invierno en que escuchó cómo las campanas de la iglesia tocaban a duelo, o el olor de las glicinias color malva en los jarrones que adornaban las consolas colocadas en los extremos de la galería acristalada que daba sobre el parque, o las caras de los desconocidos pegadas al cristal de la confitería o de la agencia de viajes con las manos haciendo pantalla para ver mejor las palmeras y los cocoteros o, y esto también podía saber intentar recordarlo aunque sospechando que inmutándose ya un poco ― siempre y cuando, naturalmente, que llegara el caso ―, la cantidad de mecheros inservibles que se almacenaban en el cajón de las cucharas.

Sabía que podría ofrecer una cierta dificultad en cambio ― y esto sí que lo ponía un poco nervioso ― el sentirse en la certeza de estar capacitado para precisar, aunque esperase con la ayuda de ese Dios en el que conservaba un remoto barrunto de no haber dejado nunca de confiar que el caso jamás se presentara, en qué baldosa exacta del cuarto grande, el que estaba siempre vacío a mano derecha al fondo del pasillo al que nada más podía accederse por la estrecha escalera sin barandilla que arrancaba desde el lateral izquierdo del vestíbulo, quedó la pequeña hendidura desportillada que causó el pisapapeles de alabastro aquella tarde de un mes de octubre en que se le cayó de las manos.

Sabía que se habría dejado cortar un brazo, aunque no creía que fuese de veras sino nada más por aquella manía de exagerar, aseverando que el impacto había sido muy al borde, muy cerca de la esquina que quedaba más alejada y a mano derecha si él se colocaba enfrente, justo enfrente, del interruptor de la luz que no merecía la pena ni tocar porque la bombilla llevaba, ya por entonces, tres años y dos meses fundida; y que entonces, si bien erguido bajaba con disimulo la mirada, ahí estaba la baldosa, con su pequeña herida; pero que ahora, desde aquí, cuando si alguien se la mostrase separada de todo lo demás o como un objeto cualquiera aislado de qué lo rodeó algún día no albergaría la sombra de una duda de poder afirmar “esa es”, no le sería posible ― aunque por fortuna de esto también era aun con una cierta vaguedad consciente por completo de que trataría de subsanarlo tan pronto se presentara la ocasión propicia ―, sin embargo, concretar su ubicación en el lugar de origen ni como punto referencial a la hora de reconocer a cualquiera de las demás baldosas que la rodeaban.

Sabía que quiso saber llegados a este punto ― y también curiosamente que aquí, atenazado por el temor de que si no se concentraba se podría como le había ocurrido con tanta frecuencia hacer una pregunta acerca de algo que no le importase en absoluto para encontrarse luego con cualquier respuesta que no iba a interesarle ni tendría idea de dónde colocar ni a qué aplicarla, sí que abandonaba lo que estuviese haciendo ― haber procurado recordar si conocía algún truco para demorarse en tratar de averiguar si existiría alguna trampa con la que poder cubrir el engorroso expediente.

Sabía, por último ― y aquí y por fin ya se tranquilizaba y podía sin más problema saber continuar con lo que en cada momento estuviera teniéndolo ocupado ―, que no, que a pesar de todos sus desvelos y afanes no había logrado saber que jamás había hecho el menor intento por recordar si conocía algún truco mediante el cual fuera posible el posponer el intento de desentrañar el enigma de si existiría alguna treta para cubrir el expediente tan engorroso de tener que saber a cada momento y puntualmente si quería o no quería saber recordar algo con absoluta precisión alguna vez.

Y sabía también que ahora que ya sabía que sí, que ahora que ya sabía que jamás había sabido intentar recordar no saber nada, justo ahora era ese instante ― y lo sabía, sin haber logrado jamás aprender a olvidarlo ― odioso y puntual, ese maldito instante que se repetía sistemática e inexorablemente todos los días a la misma hora y en el minuto exacto en que terminaba con aquello, justo aquello y ninguna otra de entre centenares de miles de cosas, que estuviera en cada momento teniéndolo ocupado.
Safe Creative #1012308164819

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.