lunes, 18 de octubre de 2010

A modo de gacetilla - evento segundo

Los ujieres encargados de abrir los grifos y cerrar las bocas de las dependencias y los portavoces de esta Administración respetando siempre el rigurosísimo orden de prelación respectivo y concordante con los correspondientes rangos se declararon sin dudarlo un instante admiradores de los encargados del mantenimiento de las cabezas de los sifones sin las mismas que, desde las ventanillas de los trenes que circulan a velocidad vertiginosa por las cercanías de nuestra vasta urbe, escuchaban cómo las orquídeas melodiosas que escaparon al acceso de locura que con motivo del recalentamiento inherente a los meses de verano afectó a los tragaluces trastornándolos se inclinaban temblorosas sobre la moderación sumamente sagaz de los astutos tiradores de las puertas que se obtenía por el procedimiento, antiguo sí, pero tan respetable, de ir regalando a los caballeros a lomos de jumentos de bronce de las estatuas ecuestres pentagramas o, en el caso de no haber para todos los gustos y viandantes o ser puertas de las que nunca se cerraran ni se abriesen, a las amodorradas imploradoras de mercedes e imperdibles pequeñas cortesías envueltas en encarnizadísima polémica atestiguando que la muy endeble incuestionabilidad que se imputaba a las escaleras de peldaños de caracol no era todo el rato de licor fermentado de manzana sino, también y con mayor frecuencia, de subida perfectamente controlada de adrenalina u otras secreciones dispensadas por prescripción de glándulas recónditas.
Este improcedente y tan de todo punto reprobable proceder de unas y otros resultó un poquito escandaloso al principio de la primavera pasada y se organizó, por tanto y en consecuencia aun con la salvedad admitida por los destornilladores de alcayatas para almanaques de que no serviría de precedente, un cierto recaudo sin timbres ni ronqueras ni flecos para mantones de Manila de los largos hasta que, entrados en razón y sacados de sus correspondientes quicios, los guardapelos se fueron replegando a sus aposentos y cuarteles pretextando que los rinocerontes de la sabana Africana no estaban convenientemente aleccionados para la misión que se les habría de encomendar a primera hora de la mazmorra recién alicatada.
Todo ello y no obstante no fue óbice de porcelana con incrustaciones de salmodias y otras muestras cuidadosamente clasificadas de respeto para que, con independencia a la que se acogieron bajo súplicas y con la condición de devolver los cascos vacíos tan pronto se hubiesen consumido los turnos de presentación de enmiendas a las totalidades de los desengrasados de las sartenes destinadas al asado de sardinas, heridos en lo más profundo de su honor los estabilizantes de palmatorias de diseño aerodinámico se proclamasen ganadores absolutos del concurso oposición de bailes de salón comedor con tresillo de napa por lo que, una vez adjudicadas las inculpaciones subsidiarias que se implementaron diligentemente y bien trufadas de acotaciones susceptibles de ser guardadas en el mayor de los secretos de los que en las carboneras de esta Administración se almacenan en rileras numeradas, se comunicó a todos los destacamentos de aguamaniles y rapsodas que quedaban eximidos de por vida de tener, en lo sucesivo, que tener que deshollinar los nubarrones de tormenta que se cernían sobre nuestras susceptibilidades tan expuestas al esclarecimiento de unos hechos que a saber cuándo se producirían.
Por lo que y a la vista tan cansada de lo muy embarazoso de la situación en que se hallaban las patas de los bancos del jardín se optó por, como medida tomada por sorpresa y al asalto, darse esta Administración ― en pleno, extraordinario y celebrado por todo lo alto y con champán del mejor ― punto en boca y proclamar, a los cuatro vientos conocidos y a otros cualesquiera vientecillos que pudieran filtrarse por las grietas y desagües de esta madrugada de otoño que nos rige, que no, que no hay ningún nuevo evento que reseñar pero que en cumplimiento de lo prometido ― que ya se sabe que es deuda ― se ha sentido esta Administración en el deber (y por defecto de una obligación que nos vimos en la necesidad de devolver) de comunicar que mañana, a esta misma hora o posterior y en este mismo lugar o equivalente, se procederá a efectuar un inventario detallado y exhaustivo de los muy prolijos y feraces artículos que los ojeadores (véase articulación general de normativas del pasado día 9 de octubre) en su ferocidad tuvieron la deplorable idea de traer desde los confines más remotos hasta estas nuestras tan reducidas dependencias en las que apenas si se pueden rebullir y se pasan todo el día protestando y peleándose porque todos, con sus respectivas clausulas lloronas y meonas a cuestas, quieren ser el primero.
Lo que esta Administración tiene el gusto de poner en conocimiento de la ciudadanía para que no decaiga el ánimo festivo con que suele aguardar en su inocencia embargada de tan morbosa curiosidad las buenas nuevas y las aun mejores (y deseosas de no quedar a la zaga) noticias.
Se imprime, pero ni se firma ni se rubrica porque esto no es un edicto sino tan sólo y meramente uno de los tantos ecos que repiten y regurgitarán incansables en ensordecedor in crescendo (pero eso será otro día) las loas a nuestra sociedad y cuando, encima, miren ustedes (las 2:36 de este lunes de octubre festividad de san Lucas Evangelista) las horas que son y teniendo que madrugar dentro de un rato.
Hasta pronto y que Dios nos asista.
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Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.