sábado, 16 de octubre de 2010

Porque se decía de ella que era

Porque se decía de ella que era, como tantas otras de entre las de su clan una señora en toda la extensión de la palabra que abarcaba desde las puntas de los pies a la cabeza se rumoreaba que era ella, a menos nada más y por supuesto de que se la mirase de frente o de medio perfil, una estrafalaria pobre mujer desprovista de espalda.

Porque se decía que era esta suya ― y de las otras tantas de entre las de su clan ― una cualidad un tanto excéntrica que la privaba de bajar la guardia y dejar de mirar aunque fuera nada más de tarde en tarde cara a cara y lo mismo sin reparar en mientes a amigos, enemigos, adversarios y toda una variedad de personajes con los que ― decíase ― uniérala o no lazo de afecto o de desamor o de una total desapasionada indiferencia habría de mantener un estar que no indujera a presumir que careciese de entereza para rendir a cada cual su justa alerta cuya ausencia resultaba una rareza.

Porque alerta a los rigores del halago ― se decía ―, alerta a las raigambres del descrédito, alerta a la tiránica inclemencia de velar por los bienes aunque fueran muebles o raíces o hasta inmuebles, alerta a los intempestivos reveses del destino, alerta al sinsabor de desamores, alerta a las adversidades de la suerte hubiese – ella y tantas otras de entre las de su clan ― podido vivir la muy tonta y tan contenta.

Porque era, decíase, como tantas de entre las de su clan una mujer de esas que nunca mienten, una mujer de esas que nunca adulan, una mujer de esas que nunca inclinan a su favor la balanza en que se mecen el bien de amor y el mal de la muy huidiza exultación caprichosa de los ires y venires de los azares y ardores de la vida.

Porque se decía que era, como tantas de entre las de su clan cual queda dicho, una mujer de esas que nunca cambiaría el trueque de la necesidad en virtud fingida por la permuta de la tenacidad en contumacia ni el sabio desterrar del necio error por el torpe dar a la murmuración calurosa acogida.

Porque se decía, por resumir, que era como tantas otras de entre las de su clan una mujer que nunca alcanzaría las cimas del poder ni de la fama y siempre hasta su fin soportaría la ausencia pavorosa de onerosos requiebros, parabienes, cortesías de reconocida reputación que tanto gustan a tantas otras de otros tantos clanes más afines, proclives y capaces y entregadas a dar a la felicidad la espalda, era ― se murmuraba ― una mujer de las que no existían.

A ver si no es gracioso

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.