domingo, 3 de octubre de 2010

Mis ojos los vieron

Eran muchos, y eran grandes, y altivos y muy soberbios agitándose sin prisa ni piedad ni sentimiento; de culpa, ni de vergüenza, ni de ninguna otra cosa de las que pueda decirse son cosas de esas que pasan, cosas de esas que se dicen, cosas que luego se cuentan o se cantan o se escriben; cosas que dejan sus huellas a la vera del camino, desasidas, olvidadas, que no quieren muchas cosas arrastrar ya de por vida, de por muerte de su risa, de su esperanzado alcance de anheladas maravillas, verse presas en las huellas que permanecerán ínclitas.

Eran mudos y eran torvos y eran mórbidos de abrojos; y estacaban de agrimentos el crujir de caramillos fruticosos y estrafélicos que acundaban primulosos, en su verdor pubescente, relatiendo o estolando de jamentos los andares de andrajosos estiletes desfilando en formaciones de informes flagidos vientres inmunes a los lamentos agudos de sus tañeres, promesas de en otras partes otros ritos y otras gentes.

Eran muchos, y eran tristes, y eran mudos, y eran negros; deslizándose despacio a través del campo seco quebrando las pocas ramas que no había quebrado el tiempo y dejando tras su paso tan sólo un olor a olvido ahogándose en el silencio de una noche sin estrellas que iluminaran los viejos rincones del alma oscura que los miraba sin verlos.





Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.