miércoles, 29 de septiembre de 2010

A Maria José Peláez

Es usted tan amable, responde a mi protesta que reconozco un poco ácida en términos tan correctos, que me animo a dirigirme nuevamente a usted; en primer lugar para darle las gracias por haberme respondido y, en segundo lugar, para hacerle una pequeña consideración – muy subjetiva, desde luego – referente a la publicidad en radio, en general, y en esradio en particular porque es la emisora que escucho casi de continuo y en la que confío, y la que quisiera que escuchara mucha gente para andar menos aborregada.
La consideración consiste, y digamos que “casi me duele” tanto en su programa como en el de Federico, o el de Luis, o en el de Cesar, en que habiendo dejado la publicidad de ser como fue antaño, al haber pasado prácticamente a integrarse en el contexto de la programación que cada producto patrocina, resulta a veces un poquito frustrante que sin solución de continuidad y en boca de la misma persona que está conduciendo el programa, en tono no menos veraz o convincente del utilizado en tertulias o en debates en torno a temas de gran interés, le “canten” a una, sin solución de continuidad, las bondades de tal o cual pastilla para la memoria, o para adelgazar, o le cuenten las grandes ventajas que conlleva el domiciliar la nómina en tal o cual entidad bancaria, o la inviten – en mitad para más inri a veces de una muy sesuda disertación sobre la crisis ― a acudir presurosa a un determinado establecimiento a proveerse de vestidos, o perfumes, o sartenes, o ha embarcarse en un crucero.
Esto mismo, aunque más escueto – y en términos menos cuidados, del estilo más un poco parecido al empleado en el primer correo que envié a usted – se lo escribí hace tiempo, también por correo electrónico, a Federico.
No me respondió y entiendo que, habida cuenta de que la radio necesita la publicidad para mantenerse, poquito hay que se pueda responder.
Usted lo ha hecho, y eso me ha animado a extenderme un en el tema porque – reconózcalo, por favor, conmigo, aunque no me lo diga ― una publicidad expuesta y planteada y “vendida” en tan buenos términos y en voces de profesionales que saben manejar la voz imprimiéndole tantas inflexiones y matices como serían de desear en algunos actores cuando declaman el monólogo de Segismundo o el de Hamlet, puede, si me apura, dejar de parecer publicidad y pasar a convertirse en aseveraciones que por un lado entran en conflicto, chocan de frente con la verosimilitud de quien las dice y, por otro lado ― y aunque pueda parecer contradictorio ― invisten al producto anunciado de unas cualidades que, aunque todos sepamos que toda publicidad tiene un poco o un mucho de engañosa, alcanzan a parecer posibles.
Y eso no es justo.
Le agradezco el haberme leído; y le pido perdón por ser a usted a quien le he colocado mi filípica.
Reciba mi afectuoso saludo.



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Normativa para la correcta exhibición de determinados productos

Los paquetes de filtros de cigarrillos nunca se ponen en los escaparates de los establecimientos concertados de antemano con los distribuidores de alas para sombrero porque, y debería resultar obvio, se considera competencia desleal. Se exhiben empero ― y en ese irreprochable derroche de orden no siempre decreciente pero sin lugar a dudas alfabético que suele abarcar ( hace ya por lo menos cuatro siglos y sin tener en cuenta ,vaya ello por delante, las esquinas ni los ángulos muertos) desde un poco más allá de la línea divisoria que separa las tierras erizadas de burbujas para gaseosa de los señores de las comarcas del norte hasta un poco más acá del trazo que pone coto a los eriales de las provincias sembradas de ojales para corpiño de las señoras dominantes del sur y se prolongará (si es que terminan de una maldita vez por tener razón los agoreros) unos treinta o cuarenta lustros más de lo que perduraron los efectos (tan devastadores) del tratado de no agresión entre los defensores de la luz cenital y los valedores de las sombras chinescas ― junto a los cubiletes para dado de parchís o, sin el menor sonrojo, bajo los embozos de los fuegos de artificio y otros lugares públicos.

Ante este orden tan paranínfico de cosas los electores más pobres de espíritu, los portadores de la parte menos aguerrida de los ánimos festivos, los que han así las cosas de demandar ayuda a los más corpulentos ― de los que ha de inferirse andan mejor alimentados ― para llevar la cruz del tener que les guste o les disguste comprenderlo, se tronchan de la risa auspiciando que el panorama no es en absoluto alentador.

Paralelamente los bien nutridos, los que no gozan de grandes caudales pero sí de una cierta independencia, se deshacen sin ayuda de nadie de sus propios atavismos o en lágrimas (o en elogios, dependiendo del carácter) obedeciendo al pronóstico de que esto no puede ya por mucho que se quiera durar mucho.

Las clases medias o acomodadas en precario equilibrio y como que de muy mala manera pero instaladas ― aun con enormes recelos y sin derecho para mayor escarnio a asiento de ventanilla ni reserva pero irresolutas, incapaces de saberse decidir por adscribirse al bando de los ayudantes o al de los contritos― en el abarrotado territorio conocido por el vulgo que lo sufre a ratos y lo vive a veces como de nadie no hallan, entre sus desiguales pertenencias y culpas expiables, el elemento de juicio salomónico que les brindaría, si es que en un descuido de los guardianes de la ley pudieran canjearlo por un lote de infundios sin contrastar pero surtidos, la posibilidad de desplegar las habilidades necesarias para proclamar que ellos, ellos precisamente y a diferencia del hatajo de cernícalos que los mantiene maniatados, venían abogando ya desde el principio de los tiempos por que, zarandajas aparte y olvidando rencillas, se votase de una vez por todas a favor de que el único de los ordenes merecedor y digno de gozar de un puesto preeminente en la historia, cuando la hubiere, tenía que ser el de batalla.
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Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.