martes, 28 de septiembre de 2010

Qué aborrezco (2)

De entre las viejas siento especial antipatía por las que se cuidan. No las que se pintan las uñas de los pies y los labios, y se calzan tacones mientras el cuerpo aguante aunque tengan que ayudarse de un bastón para ir tirando. No. Las viejas que detesto son las que viven pendientes de su rodaja de merluza y de su colección de pastillas. Las que se levantan por la mañana tempranito para dedicar todo el día a sí mismas, y a sus necesidades, y a limpiar el polvo de su casa; y a irse luego al mercado a adquirir la merluza, o una verdurita, y cocinarla luego en la soledad de su cocina y fregar luego el plato; y dar una cabezadita frente al televisor. Y llegada la hora de la cena sin haber desempeñado más cometido que conversar con alguna amiga tan necia como ella se preparan su tortillita, y vuelven a tomar sus medicinas; y otra vez a la televisión y a dormir luego, que hay que descansar, y levantarse pronto, porque hay que ver cuánto hay que hacer en una casa, ¿verdad?

De entre los jóvenes, mis preferidos para ser detestados son los que miran a los menos jóvenes sin ni siquiera saber, o querer saber que los están viendo; como temerosos de verse en el espejo en el que antes o después – y quién sabe si no todavía más decrépitos o insufribles – se terminarán por ver.

Bueno, en realidad no son esos los jóvenes que más detesto; aborrezco mucho más a los que maltratan a los animales.

Tanto en hombres como en mujeres, jóvenes o viejos, me parecen odiosos los que quieren mucho a su gato o a su perro o a su periquito; pero detestan a cualquier otro perro o a otro periquito y saben, sin embargo, que hay a dos pasos de su casa un hatajo de gatos callejeros y hambrientos por cuyo lado pasan sin inmutarse.

Y la gente que dice que le gusta mucho leer y sólo lee novelones infumables, best sellers de ochocientas páginas que cuentan chismorreos de amoríos y aventuras y batallas. Y la que dice que le gusta mucho la música y la tal música resulta ser canciones insustanciales de cualquier niñato o niñata; o no tan niñato o niñata y sí nada más un presuntuoso/a quien se le llena la boca hablando de “mi último trabajo”, cuatro frases estúpidas repetidas agitando la melena y moviendo el culo.

Y es que me dan cien patadas también los que hablan de sí mismos, y de sus obras. El que tenga que pintar que pinte, y el que tenga que cantar que cante, y el que tenga que componer componga y el que tenga que declamar declame. Y que se callen. Y el hablar de sus obras y el juzgarlas que se lo dejen a los críticos y a los que acudan a escucharlas, leerlas o mirarlas.

Y otras cien o doscientas los que escriben libros de autoayuda, y los que los leen.

Y los ecologistas y los que abogan por las “energías alternativas”.

Y la gente que hace yoga “porque relaja mucho”. Manía que tiene el personal por andar relajado, como medio zombi sin sentir ni padecer ni pensar ni discurrir ni cuestionarse ni… O por adelgazar o que mejore la tirantez de sus cervicales. Y a quienes lo hacen para “aprender a ser buenos”, y a los que quieren ser buenos para acceder a una “otra vida” satisfactoria o, por lo menos, no volver a “reencarnarse” en este mundo. Parece que si tragas mucha quina y te las tragas dicho en términos vulgares “dobladas” pero sin rechistar tienes bastante asegurado el no reencarnarte.

Me dan grima también los que no quieren morirse pero se pasan la vida quejándose de todo.

Miro también con recelo a los que dan consejos “tú, lo que tienes que hacer es”. Y a los que – “las”, porque es una característica que se da más en mujeres ― dicen “yo es que soy muy despistada”; suelen ser unas cotillas que Dios o tu buena fortuna te libren de caer en sus garras.

Tengo un asco horroroso a los etarras, y a los terroristas en general. Y a los que dicen que hay que dialogar y reinsertarlos. Y que hay que perdonarlos.
Y a los hipócritas, y a los falsos, y a los desleales, y a los nacionalistas, y a los chupones.

Y a los que se les llena la boca defendiendo que hay que ser solidario, pero se les olvida cuando la tal solidaridad no va a beneficiarlos.

Y a los que dicen que ellos no odian a nadie.
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Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.