lunes, 27 de septiembre de 2010

Puntos

Hay gentes dinámicas, vitales, activas, de temperamento práctico que defienden que hay que saber aprovechar el tiempo, y que no se debe dejar para mañana lo que pueda hacerse hoy. Otras, gentes también, de temperamento tal vez no menos versado pero sí en otras lides o menos laboriosas abogan por la conveniencia de pararse, encender un cigarrillo y reflexionar serenamente antes de aprestarse a la acción; las hay también, sin dejar por ello de ser gentes ― e, incluso, duchas o avezadas en conocimientos relativos a materias de lo más extraordinario o variopinto o, una vez puestos a enumerar, peregrino ― aunque muy raras, que preconizan la excelencia de ponderar, buscar el punto de equilibrio en que converjan actitudes frente a la vida tan enfrentadas, o el de ebullición de tal o de cual líquido, o el de partida de un determinado planteamiento, o el de mira de un rifle, o el de fuga en una perspectiva, o el crítico que en una sustancia determinan su punto de temperatura y de presión a su vez críticos, o el de caramelo en un almíbar o el de inflexión que va a cambiar en una curva el sentido de su curvatura, dependiendo, en cualquiera de los casos, de que las mencionadas personas se dediquen ya sea por obligación como si lo fuera por devoción a la filosofía, o a la química, o a la metafísica, o a la industria armamentística, o a la arquitectura o a la alquimia o algo que pueda parecérsele o, utilizando como final el de caramelo de entre los citados puntos, a la repostería.

¿Están las unas y las otras y las terceras tomando en consideración todas las particularidades que convendría tener en cuenta antes de adscribirse a cualquiera de las posturas contempladas?

Las primeras ― que por su aplicación han merecido la dignidad de ir en cabeza ― responderán de inmediato, sin perder un minuto en reflexionar caso de que sean fieles a sí mismas, que sí o que no.

Las segundas ― que por su propia naturaleza eludirán el acudir a capitanear la terna sin habérselo pensado no ya dos sino tres o cuatro o equis veces ― tardarán en pronunciarse a menos que, traicionándose vilmente arremetiendo contra sus propios postulados, reflexionen a gran velocidad.

Las terceras ― tan ocupadas como deben de estar, enfrascadas en la localización de puntos tan desperdigados por tan extensa profusión de disciplinas ― llegaran, en buena lógica, sin prisa ni pausa y sin acaloros porque ya total para qué se van a sofocar a menos que, en su minuciosa y pormenorizada búsqueda de puntos, hayan ido a dar ― aunque es poco probable porque se rumorea aun entre los experimentados que es algo así como encontrar una aguja en un pajar ― con el de Gräfenberg, en cuyo caso…

Pero no es este un punto del que no nos vayamos a ocupar en las presentes líneas más que muy de pasada y de la forma tan escueta en que más arriba se lo menciona y tan sólo al objeto de que el lector, cuéntese entre qué importa cuál de los pensables o impensables grupos de posibles gentes, no se sienta frustrado, aquejado por la desazón de haber perdido el tiempo para, al final, nada…

Algo que ― muy representativo, por otra parte, de qué sucede en torno al mencionado punto y toda la parafernalia que conlleva en la vida denominada tan a la ligera real ― estará confiriendo a este modesto escrito el de fuga o encuentro en que las gentes, sin distinción de raza ni de color ni de instrucción o de extracción, convergirán.
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Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.